Lunes, 20 de agosto de 2018

En ocasiones uno debe atenerse a la historia y su mundo físico, para dejar por un tiempo las razones metafísicas. Sabemos por las Escrituras que Adán pecó y por su pecado de desobediencia entró al mundo el castigo para la humanidad. Eso es un hecho bíblico para nosotros los que buscamos conocer lo que la Biblia anuncia al respecto. El infierno es el sitio donde irán todos aquellos que siguen contaminados por el pecado de su primer padre, y por los suyos propios, y no han logrado la justificación ante Dios.

Muchas personas refutan la idea del infierno por parte de un Dios magnánimo que se define como amor. Sin embargo, la santidad divina exige un castigo perfecto, adecuado a la ofensa contra el Señor Santo que ha creado el universo. Por eso en la Biblia se ha escrito que la paga del pecado es la muerte, que más le vale al hombre entrar al reino de los cielos siendo cojo, mudo, tuerto o manco que estando plenamente sano ser echado al infierno de fuego, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue. Esa breve descripción fue dada por Jesucristo, el Hijo de Dios que es amor. No podemos imaginar en forma real lo tortuoso que significaría ir a ese destino final, porque en esta vida tenemos posibilidades para aliviar el dolor. Pero el infierno es una realidad bíblica y Jesucristo fue uno de los que más habló al respecto.

Esto debería llevar a creer en la seriedad del asunto, en especial por parte de todos aquellos que reclaman para sí mismos el hecho de ser creyentes en el nombre de Jesús. Si él es el Hijo de Dios, sabemos que no miente; más bien ha sido dicho que los mentirosos serán lanzados a ese infierno de fuego descrito por Jesús. Pero no solamente se ha hecho referencia a los pecados monstruosos del ser humano, los asesinatos, las ofensas sexuales (todo tipo de fornicación, lascivia y adulterio), sino también se ha dicho que aquellos que exhiben su propia justicia para relacionarse con Dios serán tenidos por indignos del reino de los cielos. Y todo aquel que no va a ese reino irá sin duda al infierno eterno.

Algunos recibirán mayor condenación, en especial aquellos que oyeron el mensaje de salvación y se negaron a escuchar el evangelio de la verdad. El estándar de justicia del Dios de la Biblia es demasiado elevado para que algún ser humano pueda alcanzarlo por mérito propio. Ni siquiera los más religiosos o celosos de Dios pueden acercarse a ese estándar, ya que al desconocer la justicia propuesta por Dios se continúa siendo partícipe de la ira divina. Jesucristo ha venido a ser esa justicia de Dios, nuestra Pascua. El ignorar y despreciar esa justicia implica condenación eterna, y no hay tal cosa como un Dios arrepentido del castigo propuesto desde la eternidad, ya que Dios no cambia ni tiene sombra de variación.

Los que hemos sido redimidos también fuimos sometidos a la ira de Dios, lo mismo que el resto de la humanidad. En otro tiempo todos nosotros vivimos entre ellos en las pasiones de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos de ira, como los demás (Efesios 2:3). Hay un fuego consumidor que no se extingue, preparado para el diablo y sus ángeles, al que son echados por igual todos aquellos que conjuntan pecado y no han sido lavados del mismo. Los pecadores en Sion tienen temor; el estremecimiento se ha apoderado de los impíos. ¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? (Isaías 33:14).

El fuego del infierno es eterno, horrible, es también un horno (Mateo 13:42). Ha sido denominado como las tinieblas de afuera, el lugar del lloro y el crujir de dientes (Mateo 22:13), adonde irán los hipócritas, los homicidas, los hechiceros, los sodomitas, los fornicarios, los adúlteros, los que roban y hurtan, y un gran etcétera de personas que viven y practican la mentira. Dios tiene poder de quitar la vida y después puede también echar en el infierno a la persona, por ello ésta es una razón para temerle y para no hacer mal. Y poco vale que la persona haya sido engañada por predicadores de la religión espúrea, ya que Jesús dijo que los escribas y fariseos iban por el mundo en busca de un prosélito y lo hacían doblemente merecedor del infierno.

La Biblia no habla de la relación del infierno con los inmorales solamente, también relaciona con el castigo eterno a todos aquellos que han muerto en sus delitos y pecados. Por supuesto, si la humanidad entera fue puesta bajo la ira de Dios, y si Dios maldice al impío, toda la humanidad debería perecer en el infierno. Pero los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz con el llamamiento eficaz de la palabra divina, por medio del nacimiento de lo alto, hemos escapado también de ese tormento eterno. He allí la relación del infierno con la gracia de Dios. Por gracia hemos sido salvos, no por obras para que nadie se gloríe, sino porque Dios mostró su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nuestros pecados.

El justo puso su vida por los injustos y se constituyó en la justicia de su pueblo. Esa fue la misión del Mesías en esta tierra, el ser la expiación por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El árbol malo no podrá producir jamás fruto bueno, pero el árbol bueno no dará nunca mal fruto. El fruto de que hablara Jesús es lo que confiesan los labios de acuerdo a lo que está en el corazón: el evangelio que crees es el fruto que confiesas y eso revela lo que uno es. Pero aunque un árbol malo se esforzara por dar buen fruto sería todo en vano; es decir, una persona que permanece muerta en sus delitos y pecados, que sigue bajo la ira de Dios, bajo la maldición del pecado, no puede bajo ningún trabajo propio o de su prójimo ser declarado justo delante del Dios Santo.

Muchos judíos de la época de Pablo eran hombres celosos de Dios y a pesar de ello estaban perdidos. Eran merecedores del infierno eterno, pese a que no eran perversos sodomitas, ni asesinos a sueldo, ni fornicarios lascivos. Su problema radicaba en que no conocían la justicia de Dios que era Jesucristo y por esa razón colocaban su propia justicia entre Dios y ellos. Dado que la salvación no es por obras sino de pura gracia, la justicia propia no sirve de nada. Esto nos lleva a reconocer cuán perdido está cada habitante del planeta si no es asistido por la justicia de Dios que es Jesucristo. El que está en la carne sigue dando fruto de muerte por medio de las pasiones del pecado. Aunque Saulo de Tarso era un guardador de la ley de Moisés y un hombre de exigida moral, con un conocimiento impecable del Antiguo Testamento, estaba todavía muerto en sus delitos y pecados. Solamente cuando el Señor lo llamó y él llegó a conocer quién era ese Señor fue salvo. Por esa conversión Saulo fue transformado en el apóstol que conocemos bajo el nombre de Pablo, porque llegó a ser una nueva criatura.

La gracia según la Biblia tiene la connotación de ser aceptado sin que se tenga merecimiento alguno. Eso sería un acto de la pura benevolencia del que nos acepta, del que nos hizo aceptos en el Amado. Recordemos que cuando la tierra estuvo enteramente corrompida Noé halló gracia ante los ojos de Jehová; no se dice que Noé era un hombre bueno y Dios no lo condenó, sino que halló gracia ante sus ojos (Génesis 6:8). Entre dos seres distintos donde uno es poderoso y el otro es débil, la gracia es lo que acerca como un acto de misericordia.

Si la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia fue dada por medio de Jesucristo. Pablo escribió la palabra gracia unas 105 veces de las 130 ocasiones en que aparece en el Nuevo Testamento. Eso denota la gran relevancia que le daba al sentido de ese vocablo, la acción que Dios realizó al salvar a los viles pecadores por medio de la sangre de su Hijo. Dice Pablo que la fe, la gracia y la salvación son un don de Dios (Efesios 2:6), un regalo que no merecemos pero que nos es dado con el llamamiento eficaz del Espíritu por medio del evangelio anunciado. Por eso también la Escritura dice que si oímos hoy la voz de Dios no endurezcamos nuestros corazones. La sabiduría carnal va de la mano con la jactancia de las obras, señala el camino opuesto a la gracia divina. No es por obras, asegura Pablo, para que nadie se gloríe; es Dios quien tiene misericordia de quien quiere tenerla. Pero también Pablo agrega que Dios endurece a quien quiere endurecer.

Pero esa imposibilidad que se le presenta al hombre muerto en sus delitos viene a ser la fortaleza de Dios: lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. De allí que la síntesis de la Biblia nos dice que la salvación es obra de Dios y que su iniciativa no puede surgir del hombre que yace putrefacto por su muerte en el pecado.  Juan nos habla del Verbo que fue hecho carne y que habitó entre nosotros, el cual estaba lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14). El mensaje del Nuevo Testamento es que por medio de Jesucristo Dios extiende su salvación al hombre caído, aquel cuyo nombre ha sido escrito en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. No es de todos la fe, la fe es un don de Dios; hay mucha gente que ha sido puesta para que tropiece en esa roca que es Cristo, así como los réprobos en cuanto a fe caminan hacia su propia destrucción. Pero para los que el Padre ha elegido desde el principio, la gracia soberana es la única garantía de salvación. Esa gracia tiene nombre, es Jesucristo la justicia de Dios. Por esa razón también sabemos que todas las cosas trabajan para bien de aquellos que son llamados conforme al propósito de Dios, que cuando somos débiles entonces somos fuertes en el Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:22
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