Jueves, 16 de agosto de 2018

La Biblia asegura que Dios controla cada simple detalle de cada cosa que acontece en su universo creado (Job 23:13-14; Salmo 115:3; 135:5-7; Proverbios 16:33; 21:1; Isaías 45: 6-7). Pero Dios no determina algo en base a una reacción sobre el objeto creado sino antes de la misma creación del objeto (Isaías 42:9; 46:9-10; Mateo 25:34; Hechos 13:48; 17:26; Romanos 8:29; 1 Corintios 2:7; Efesios 1:4-5, 11; 3:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 1:9; Tito 1:2; 1 Pedro 1:20; Apocalipsis 13:8). La crucifixión de Jesucristo también fue decretada: (Lucas 22:22; Hechos 2:23; 4: 27-28).

Dado que el conocimiento de Dios es infinito y nunca cambia, desde la eternidad hubo conocido cada cosa en forma perfecta. Y no se trata de que Dios hizo las cosas de su creación y luego aprendió a conocer lo que había hecho, sino que por su conocimiento fueron hechas todas las cosas. Y ese conocimiento implicaba por fuerza una predeterminación, un mecanismo por el cual se desarrollarían y tendrían su comportamiento de acuerdo al escenario igualmente pensado por el Creador.  Así, por ejemplo, los gemelos Jacob y Esaú habitaron la misma matriz en igual tiempo, se alimentaron de la misma sangre, se educaron bajo los mismos parámetros del hogar, pero su fin fue diverso en amplio grado. Y todo porque fue pensado de esa manera (Génesis 25:28; Romanos 9:11-13; Hebreos 12:15-17; Malaquías 1:2,4).

Los planes de Dios son en realidad un solo plan, algo fijado desde la eternidad pero visto por nosotros en tanto criaturas finitas como decretos que se suceden unos después de otros. La Biblia usa muchos términos para ilustrar lo que Dios ha ordenado que acontezca: decreto, propósito, consejo, preordinación, gran placer de su voluntad, conocimiento previo. Algunos de los decretos divinos los hemos visto cumplirse en la historia de las profecías, si bien otros tendrán lugar y forma en el tiempo fijado para ellos. La iglesia fue también un misterio escondido dado a conocer por los apóstoles y por Jesucristo. La buena noticia es la promesa de salvación basada en la sangre de Jesucristo, así como en la imputación de su justicia sobre nosotros. La sangre fue el precio pagado por el Hijo, la justicia fue la contraprestación recibida a favor nuestro.

Los que no creen en la doctrina del evangelio yacen muertos en sus delitos y pecados. La Biblia nos dice que en el principio Dios creó los cielos y la tierra; ese es el punto de partida de todo cuanto nos circunda: Dios y su acto de creación. También nos dice que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (un decreto desde los siglos) para ser manifestado en el tiempo designado para ello. El objeto de la venida de ese Cordero fue la ofrenda por las culpas de su pueblo, con el propósito de salvarlo para siempre. Esa es una promesa hecha para el hombre desde el Génesis cuando se le habló de la simiente que vendría de la mujer, la cual heriría en la cabeza a la simiente de la serpiente y a la serpiente misma. Pero para que esa promesa se cumpliera hacía falta que todas las cosas creadas estuvieran sujetas a la voluntad del Creador, y  no pudo ser de otra manera porque el mundo torcería el designio divino si tuviese autonomía. Dios tuvo, tiene y tendrá siempre el poder para hacer que lo prometido haya tenido y tenga por siempre su cabal cumplimiento, de lo contrario no sería Todopoderoso (Deuteronomio 7:8-10; Josué 21:44-45; 23:14; Salmo 89:24-37; Isaías 45:23; 46:9-11; 54:9-10; Romanos 15:8-9; 2 Pedro 3:9-13; Hebreos 6:13:20).

Esos textos mencionados muestran la soberanía absoluta de Dios, la razón por la cual es capaz de mantener fielmente todas sus promesas en su debido cumplimiento. No hay un átomo del universo que le sea independiente, que no esté bajo el designio de lo que quiso hacer con él. De otra forma, si hubiese algo creado que estuviera fuera de su control absoluto, ¿cómo se cumplirían sus promesas y profecías?  Imaginemos que Pilatos hubiese estado fuera del control de Dios, de seguro hubiese hecho algo más que lavarse las manos para no condenar al Hijo de Dios. Si Judas hubiese estado a su libre arbitrio, hubiese traicionado al Señor antes de tiempo, lo hubiese asesinado si hubiese deseado. Si los que buscaban piedras para matar al Hijo de Dios hubiesen sido dejados a su libre arbedrío, Jesús no hubiese muerto en la cruz y no hubiese habido expiación por los pecados de su pueblo. Eso hubiese ocurrido si tan solo dos personas o un grupo extra de personas hubiese estado fuera del control de Dios.Para poder creer el evangelio de salvación es necesario creer que Dios es soberano, porque si no se cree así es porque se piensa que Dios es incapaz de cumplir sus promesas y se carecería de fe en Él.

Estamos seguros de que el decreto de Dios es el propósito que Él tiene en relación a las cosas que acontecerán. Su mente es infinita, por lo tanto lo que deseó aconteció en un acto puro, sin que cambie en lo más mínimo: Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras (Hechos 15:18); Pablo nos habla del propósito eterno que realizó Dios Padre en Cristo (Efesios 3:11). Los que piensan que la Biblia no menciona la palabra decreto deberían ver el Salmo 2:7: Yo declararé el decreto: Jehová me ha dicho... Pero ya hemos mencionado que se puede hablar bajo la misma idea con frases distintas: determinación eterna, determinado consejo y providencia, voluntad, todo lo cual incide también con el concepto de predestinación en las Escrituras (Efesios 3:11;  Hechos 2:23; Romanos 8:29). Fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, fuimos predestinados en amor, se nos dio a conocer su voluntad en la cual hubo el plan para el cumplimiento de los tiempos, predestinados también según el propósito del que realiza todas las cosas conforme al consejo de su voluntad (Efesios 1: 4-11).

Todo cuanto acontece en la dimensión del tiempo fue predeterminado antes del comienzo del tiempo. Como decía Agustín de Hipona, Dios creó los cielos y la tierra no en el tiempo sino con tiempo; por esta razón Dios no está contaminado con la línea del pasado, presente y futuro, sino que en Él todo es un Sí y un Amén, y por eso estamos ya sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Nuestras circunstancias han sido también fijadas de antemano, nacimiento y muerte, los pormenores de la historia humana, las naciones que se levantarían sobre otras más débiles, las leyes que tendrían cada una de ellas, el cambio de las edades, la redención y la condenación eterna.  Ni un pájaro cae a tierra sin que Dios lo decida  y aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mateo 10: 29-30).

Mientras los existencialistas ateos hablan de la inmensa cantidad de formas inútiles de vida (Cf. Jean Paul Sartre), el salmista canta cuán numerosas son las obras de Jehová, todas ellas están hechas con sabiduría, diciéndonos que la tierra está llena de las criaturas del Señor (Salmo 104:24). Aunque estamos en el tiempo y lo que vemos se da en forma de una sintaxis que exige un antes y un después, los decretos de Dios no son dictados dentro de la esfera del tiempo. Para el teísmo abierto Dios puede decretar algo en el tiempo porque intentaría corregir el curso del universo y de la conducta humana; para sus seguidores Dios no conoce ampliamente el futuro sino que juega con posibilidades. Para este tipo de creyentes del evangelio extraño una combinación de circunstancias cambia el consejo de Dios y lo lleva a tomar nuevas decisiones. Con tal dios no hay garantía ninguna de la redención eficaz otorgada por el Hijo a los escogidos del Padre.

En otros términos, el teísmo abierto y todos los que siguen enseñanzas similares conciben a un Dios que no es del todo Omnisciente.  Y es bueno decirlo una vez más, que los que argumentan que Dios ve en el tiempo los corazones de los hombres, para indagar si hay gente con buena voluntad ante su palabra y así poder salvarlos, están negando la Omnisciencia de Dios. El conocimiento del Señor no se basa en lo que indaga y descubre sino en lo que él hizo desde los siglos. No hay decretos temporales en un Dios de entendimiento infinito.

Por esa razón Dios reclama para Sí mismo la condenación de Esaú, acontecida desde la eternidad y bajo su propio designio (antes de que hiciera bien o mal). Dios no le tiene miedo a los teólogos que lo acusan de ser un monstruo o alguien peor que un diablo (Cf. John Wesley), y no se inmuta frente a los predicadores que abominan el poner la sangre del alma de Esaú a los pies del Todopoderoso (Cf. Spurgeon). Dios no teme que le digan que es injusto por causa de que Esaú no pudo resistirse a la voluntad divina (por lo cual vendió su primogenitura). Dios jamás ha dicho ni sugerido que su odio por Esaú fue porque sabía que iba a vender la primogenitura, ya que como se ha afirmado Dios ha planificado todo de antemano. A Esaú odió desde siempre, como odió a Judas Iscariote y al Faraón de Egipto; asimismo ha odiado a todos los réprobos en cuanto a fe. Ese Dios de las Escrituras es desconocido por los estudiosos de las Escrituras, como una paradoja en sus vidas. Lo mismo les aconteció a los fariseos del judaísmo, que teniendo los manuscritos bíblicos desconocían los tiempos en que el Mesías estaba en medio de ellos.

Cuando unas personas le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban (dada la enseñanza que recibían del Señor en relación a las riquezas y el reino de Dios), él les respondió que lo que era imposible para los hombres solo era posible para Dios (Lucas 18:27).   La salvación pertenece al Señor; no es de todos la fe y ésta es un don (regalo) de Dios. La predestinación es un hecho bíblico pero no se nos ordena averiguar primero si estamos predestinados para salir a creer, se nos exhorta a arrepentirnos y a creer en el evangelio. El que invoque el nombre del Señor será salvo, pero esa invocación no es en un nombre vacío de referente, es más bien un llamado a la Persona que hizo el trabajo ordenado por Dios en favor de su pueblo. La Biblia nos dice que para invocar hace falta creer y para creer hace falta oír la palabra de Cristo. Este es el evangelio que predicamos, un mensaje que incluye todo el consejo de Dios. El que cree es porque ha sido transformado en su corazón y su entendimiento ha sido renovado; por esa razón no habrá ningún creyente que reclame para sí mismo aunque sea una ínfima parte en el regalo de la gracia salvadora.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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