Martes, 31 de julio de 2018

Es cierto que en el libro del Apocalipsis se pueden leer las palabras del Señor diciendo que el que quiera venga y  beba gratuitamente del agua de la vida, pero ese querer no puede ser atribuido a la naturaleza caída del hombre. Más bien Jesús ha dicho antes que la gente no quería ir a él para tener vida, lo cual sugiere que el querer como el hacer dependen de la buena voluntad del Padre. Se ha dicho que el hombre no regenerado tiene libre albedrío solamente para hacer el mal, ya que no hay quien haga el bien, ni quien desee invocar al verdadero Dios. Pero la Biblia tampoco asegura que la libertad la tiene el impío para hacer tanto mal como desee.

Dios no perdió su autoridad con la caída de Adán, sino que el primer hombre debía caer para que se manifestara el segundo Adán, el Hijo que llevaría toda la gloria de la redención. Se ha escrito que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, como bien señalara Pedro, lo cual sugiere que su preparación ocurrió antes de que Adán fuese creado. De allí que la salvación de los hombres ha corrido por cuenta del Dios viviente, sin que mediara ninguna causa humana. La predestinación se hizo desde antes de que el hombre hiciera bien o mal (de acuerdo a lo escrito en Romanos nueve), para que el propósito de ella recayera según el Elector y no en los elegidos. Por ello la salvación no es por obras, para que nadie se gloríe, sino de gracia absoluta.

Ciertamente el hombre ha caído en Adán y su voluntad se encuentra esclava al pecado. No podemos suponer ni por un momento que el hombre se ha independizado de su Creador y que por ello es libre para hacer siempre el mal. Una cosa es que su naturaleza esclava lo lleve a pecar pero otra distinta es que sea libre para hacer el mal que desee. Acá también se debe valorar la voluntad divina, ya que si el hombre fuese libre para dañar tanto como se le ocurriese Dios no tendría control absoluto sobre la creación y sus planes podrían haberse visto afectados. Lo que la Biblia enseña es que Dios endurece y obliga al hombre inicuo a hacer aquello que le resulte en beneficio de sus planes eternos.

Así fueron levantados Faraón, Judas Iscariote, Caín y todos los réprobos en cuanto a fe. La lógica bíblica nos enseña que el hacha no puede jamás mover la mano que la levanta, de manera que se moverá de acuerdo a la acción que sobre ella se ejerza. El hacha tiene una naturaleza de hacha, de herramienta de corte, no de pincel de un artista. Por eso servirá para picar la madera, para derrumbar árboles pero de acuerdo al uso que le dé el que la domina. Así también es la naturaleza  humana caída, tiene una tendencia natural para hacer el mal pero se inclinará a realizar aquello para lo que se ha formado. Es Dios quien gobierna el corazón del rey a todo lo que desee, inclinando su voluntad sumisa al arbitrio divino. No hay ni la más mínima sombra de resistencia al mandato del Señor.

Tal es el caso revelado en la Escritura, donde se ha dicho que nadie puede resistir a la voluntad de Dios (Romanos 9). Es importante notar que esa referencia se da en el contexto de la condenación de Esaú antes de que hiciese bien o mal; el objetor bíblico reconoce que no hay voluntad humana que pueda resistir la absoluta voluntad divina. Es por ello que acusa al Creador de injusto, ya que Esaú no pudo hacer más que vender su primogenitura porque ese fue el plan del Hacedor de todo. Bien, es curioso que hace 2000 años el objetor bíblico levantado en Romanos haga esta observación de la no resistencia a la voluntad de Dios; hoy día el hombre proclama su libre albedrío para decir que puede resistir al Espíritu Santo. No saben lo que dicen, pues cuando la Biblia refiere a esa resistencia lo hace desde la perspectiva del llamado general de Dios y nunca al llamado particular y eficaz del Espíritu.

Dios nunca ha tratado en vano sino que más bien ha hecho todo lo que ha querido (Salmo 115:3). Pero el hecho de que el hombre no pueda resistir a la voluntad de Dios no lo hace irresponsable. Más bien tiene que rendir cuentas a la alta Autoridad divina de todo cuanto hace. Responsabilidad implica dependencia y Dios no responde ante el hombre sino el hombre ante Dios. Por eso es justo que Dios castigue al hombre si le ha dado instrucciones de hacer y no hacer, más allá de que  Él haya determinado lo que harán los seres humanos. Dios es Creador y el Legislador Moral de todo cuanto ha hecho, de manera que ante Él tenemos que responder. De lo contrario serían irresponsables de  todo lo que hicieron Herodes, Poncio Pilatos, el Sanedrín, Judas Iscariote y tantos otros. Nadie objeta la ley de la gravedad, ya que las personas la entienden como una ley natural; sin embargo, muchos objetan la ley ética del Creador. Si Él ha determinado que una acción particular es inmoral e indebida, eso debe entenderse como algo que no podemos juzgar con nuestra naturaleza limitada. No podemos ver más lejos de lo que se nos ha revelado, no podemos escrutar la insondable grandeza de la sabiduría del Señor. Pero ese Dios puede irrumpir contra sus leyes naturales sin ningún problema, por lo cual hizo que Lázaro volviera a la vida desde la muerte. Y es que Dios no se sujeta ante nada de lo que ha hecho, es el hombre como criatura limitada quien debe sujeción no sólo a las leyes naturales sino a la ética divina.

Dios no ha quedado frustrado en ningún momento de la historia humana, ni antes de ella; de la misma manera no quedará frustrado después de la historia de la humanidad. Y es que sus decretos son absolutos e infalibles. Ni siquiera Adán tuvo libre albedrío para decidir no pecar, ya que si tal cosa hubiese acontecido hubiese quedado en duda y en ridículo el plan del Todopoderoso de enviar al Cordero por los pecados de su pueblo, Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado. En verdad Adán pecó en apariencia de manera libre en relación a sí mismo pero pecó de manera necesaria o atada en relación a Dios. El asunto es que la libertad humana pudiera ser vista como una cualidad inobjetable de la humanidad, pero es antes que nada una ilusión si se mira en relación al Soberano Dios.

En otros términos, pudo acontecer que Dios haya decretado que Adán pecara voluntariamente. Pero decir eso no es más que un argumento que batalla por la idea de algo perdido, por el mito de la religión humana. El libre albedrío no es sino una ilusión en la mente rebelde contra su Creador, es la presuposición de que el ser humano se ha independizado de quien lo ha creado, y es la ilusión de que en realidad llegó a ser como un dios. Lo que importa en nuestro razonar es lo que dicen las Escrituras al respecto, y lo que ellas señalan no es otra cosa que el hombre es una criatura vendida al pecado. Fue Dios quien dispuso esa condición en el hombre, de otra forma no hubiese aparecido Cristo en la historia humana como Redentor.

Por otro lado, Dios reclama para Sí mismo el haber hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4); Él ha dicho que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, habiéndolo ordenado para perdición eterna. A Él no le preocupa lo que el hombre caído pueda aducir en su contra, acusándolo de injusto; antes, Él le devuelve la pregunta al ser humano cuando le dice ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero. Parece ser que el orgullo humano se resquebraja cuando se le dice una y otra vez que él no tiene ninguna libertad de decisión, pero que no obstante él sigue siendo responsable de sus actos. Es curioso que en la legislación humana también se dé el caso de la responsabilidad muy a pesar de la ausencia de libertad. Una persona que nazca en una nación con una deuda externa impagable no podrá alegar a su favor el hecho de que él nació esclavo a esa deuda y que nunca tuvo la libertad de no asumirla. Él sabe que sobre sus hombros pesa esa carga que no adquirió por voluntad propia. Cuánto más no pesará el hecho de que Dios haya cargado sobre los hombres el pecado de Adán.

Jesús dijo que muchos no querían ir a él pero que todo lo que el Padre le daba vendría sin duda alguna hacia él. Agregó que todos los que son enviados por el Padre serán recibidos y jamás serán echados fuera. Pero la invitación del evangelio es general, ya que se nos encomendó a ir por todo el mundo y predicar ese anuncio. Dios le dijo a Abraham que sacrificara a su hijo pero no le reveló lo que Él había determinado acerca de ese sacrificio: que no ocurriría. Solamente en el momento oportuno Dios le manifestó a su siervo que detuviera su mano y que no sacrificara a Isaac. De la misma forma se predica el evangelio ante todos los que se puede predicar pero creerán aquellos que Dios ha ordenado para vida eterna. Los demás son responsables de haber rechazado el mensaje que escucharon, o de haber indagado acerca del Dios que conocieron a través de la creación.

Los Diez Mandamientos son preceptos de hacer y no hacer, válidos para toda la humanidad. Aparte de esos mandatos hay decretos que competen a la voluntad de Dios, algunos de los cuales son revelados y otros están todavía escondidos. El que Dios mande en todo tiempo a que crean en Él y se arrepientan no garantiza que eso se haga, ya que es un precepto o un mandato. Pero el que Dios salve a todos los que ordenó para vida eterna obedece a un decreto personal que Él conoce y se propuso desde la eternidad. Nosotros no sabemos quiénes son los escogidos de Dios hasta que llegan a creer y muestran sus frutos, pero anunciamos a todos el evangelio para que crean los que Dios haya escrito en el libro de la vida del Cordero. Los que sean endurecidos recibirán la condenación destinada para tal fin, pero su deber sigue siendo el creer.

Esta es la profundidad y la riqueza de la sabiduría de Dios; ¿quién la puede entender y escudriñar? Nos conviene amistarnos con Él para tener paz y para que nos venga bien. El pueblo de Dios se le ofrecerá voluntariamente en el día de Su poder. Ese es el día en que el amor y la vida serán infundadas en las almas que redime el Señor, el tiempo de la conversión. Ese es el día de luz cuando ocurre la regeneración, el nuevo nacimiento, cuando se quita el corazón de piedra y se coloca uno de carne, junto a un espíritu nuevo que se goce en los mandatos del Señor. Y el pueblo que es enviado a Cristo por el Padre pasará de un estado natural de rebeldía al estado de deseo de ser salvo. Es la voluntad del hombre la que estará dispuesta cuando la voluntad puntual de Dios así lo determine: ni antes, ni después, sino en el día del poder de Dios, el día en que Dios regenera a su elegido y lo llama de las tinieblas a la luz.

Y el Espíritu que se nos ha dado como garantía de nuestra redención final habita en nosotros, recordándonos las palabras del Señor, sintiéndose triste cuando pecamos, ayudándonos en nuestras oraciones, interpretando la mente de Dios. En realidad, nosotros llegamos a ser el templo del Dios viviente. Vivamos de acuerdo a esa realidad para que nuestro hombre viejo sea herido en nosotros y no satisfagamos las obras de la carne.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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