Mi?rcoles, 11 de julio de 2018

Pese a que muchas corrientes teológicas sostienen que la caída de Adán no hizo al hombre totalmente incapaz para acudir a Dios, la Biblia asegura que la humanidad entera murió en sus delitos y pecados. Los que tuercen las Escrituras dicen que el hombre quedó afectado por la desobediencia de Adán, pero que lo que tiene es dificultad y no imposibilidad de acudir a su Creador. Con esta manera de pensar surgió Pelagio en el siglo V de nuestra era, con la tesis de que ni siquiera Jesucristo era necesario para que el hombre volviera a su estatus de comunión con Dios. Pese a haber sido declarado hereje en aquella época, el monje Pelagio vuelve a la iglesia oficial y propaga su tesis del libero arbitrio (libre albedrío), reconociendo que el hombre tiene la necesidad de Jesucristo pero que conserva todavía un poco de capacidad para elegir el bien o el mal, el cielo o el infierno.

Ya Isaías había dicho siglos atrás que todos nosotros somos como trapos de mujer menstruosa en cuanto a rectitud y justicia (Isaías 64:6-7); Jesucristo ratificaba aquella declaración al afirmar que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere a la fuerza (Juan 6:44). Es claro por estos dos textos que el pelagianismo (doctrina derivada de lo expuesto por Pelagio) está en clara rebeldía contra la palabra divina, si bien hay cientos de versículos que declaran al hombre como un ser incompetente para siquiera desear lo bueno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno. Pero de inmediato la mente que odia a Dios sale a la palestra con el argumento de que muchos lo buscan; sin embargo, si el hombre busca a la Divinidad también la desconoce. Por este motivo no acierta en encontrar al verdadero Dios sino que más bien tuerce un poco la Escritura para forjar un ídolo y confeccionar un dios a su medida.

Es muy sencillo, el que está de acuerdo con la mente carnal se interesa por las cosas de la carne, mas el que actúa de acuerdo a los asuntos del Espíritu se ocupa de Él. Y es que la mente carnal está en clara enemistad con la mente del Espíritu, por lo tanto el hombre carnal tiene un fin de muerte eterna, mientras que el hombre que se ocupa del Espíritu recibe vida y paz. La mente carnal está en continua enemistad para con Dios (Romanos 8:5-8) y el hombre en su estado natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, sino que le parecen locura, por cuanto no las entiende.

Se desprende de los versos expuestos y por el resto de la Escritura que el hombre no posee ningún libre albedrío, más bien la criatura jamás será independiente de su Creador. Incluso Lucifer, quien es llamado el diablo o Satanás, la serpiente antigua, será atormentado día y noche en presencia del Cordero inmolado. David escribió respecto a la libertad humana diciendo: ¿Adónde huiré de tu presencia? El hombre por naturaleza está corrompido y él, sumado a otros semejantes, construye la sociedad que lo incita a continuar en su corrupción.

Como una consecuencia natural de la inhabilidad humana, el Espíritu de Dios tiene que despertar de la muerte a los elegidos del Padre. Al darle vida le otorga la fe y el arrepentimiento a cada alma que ha hecho nacer de nuevo.  La Biblia nos asegura que en el día del poder de Dios la criatura despertada por el Espíritu Santo queda habilitada para querer los mandatos divinos; nos agrega que un espíritu nuevo es colocado dentro de nosotros, además de que nos quita el Señor el corazón de piedra propio de los hombres muertos en sus delitos y pecados (Ezequiel 36: 26-27). Asimismo, añade la Escritura, que Dios pondría su Espíritu dentro de nosotros para que andemos en sus estatutos, guardemos sus preceptos y los pongamos por obra. 

Debemos recordar las palabras de Jesús en Getsemaní, la noche antes de morir en la cruz: el Señor oraba al Padre con vehemencia y agradecía por todos aquellos que le habían sido dados, y por todos los que creerían por la palabra de ellos; dijo igualmente que no rogaba por el mundo. De esta forma, Juan 17:9 nos muestra que una gran multitud de personas permanecerá por siempre con el corazón de piedra, en la continuidad de la ignorancia del evangelio y bajo una creencia que no es conforme a ciencia. Es decir, muchos seguirán sus caminos bajo la pretensión de sus propias justicias, sin llegar a asimilar lo que es la justicia de Dios, Jesucristo. Por lo tanto, no hay tal cosa como un Espíritu Santo que desea regenerar a una persona y una criatura que se lo impide, por cuanto no hay tal cosa como un ser humano que sea más poderoso que Dios. No es el hombre quien está en el trono del Todopoderoso ni quien tuerce los planes divinos, es Dios quien ha hecho a la criatura conforme a todo lo que ha querido, haciendo a unos para gloria y misericordia y a otros para ira y exhibición de su justicia.

Jesús insistió en el poder absoluto del Padre; él dijo que todo lo que el Padre le daba iría a él, y el que vaya a él no lo echará fuera (Juan 6:37). Agregó que sus ovejas oirían su voz y lo seguirían, por cuanto él las conoce (tiene comunión con ellas). Por esa razón les dará vida eterna y no perecerán jamás. Ninguna persona, ni potestad espiritual podrá en alguna medida arrebatarlas de su mano ni de las manos de su Padre (Juan 10:27-29). Esta seguridad es absoluta para el creyente, para el que ha sido llamado de las tinieblas a la luz, para el que ha nacido de nuevo por obra del Espíritu de Dios.

Con semejante declaración del Señor no podemos decir que Jesucristo murió por cada persona en particular, sin excepción, ya que si así fuese habría muerto por todos aquellos que son parte del mundo por el cual no rogó. Además, todo ese mundo yacerá finalmente en el infierno de fuego, de manera que sería como pisotear la sangre del Hijo afirmar que Jesús murió para salvar a todo el mundo, sin excepción. Recordemos Mateo 1:21, texto que recoge la declaración del ángel en la visión de José, a quien se le decía que debía colocarle al niño el nombre Jesús -Jehová salva- porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. La salvación es exclusiva para los elegidos del Padre, no para el mundo dejado de lado en la elección para vida eterna.

Es cierto que esto molesta a algunos (y no a pocos) por cuanto tienen el alegato universalista, cuando al declarar otro evangelio pretenden asegurarnos que si Dios no le da la oportunidad a todos por igual sería un Dios injusto. Además, señalan ellos, el hombre no tendría libertad y sin ella no sería responsable de sus actos. Bien, eso es una gran mentira por cuanto ninguna criatura será libre de su Creador; además, Dios ha afirmado que ha creado vasos para deshonra, que ha odiado a Esaú aún desde antes de que fuese concebido o de que hiciese bien o mal. De esta forma demuestra que todo lo que acontece es su obra, que incluso el malo ha sido hecho porque así lo ha querido. ¿No está Dios en los cielos y todo lo que quiso ha hecho? (Salmo 115:3).

El anuncio del evangelio tiene como propósito doble el ser el instrumento de salvación de los elegidos del Padre, aunque conlleva el endurecimiento de algunos. No todos son llamados, por cuanto no todos oyen el mensaje, pero de los muchos llamados solo hay unos cuantos escogidos. La religión forjada por el otro evangelio anuncia la inclusión de toda la humanidad en el llamado del Padre, como si pretendiera liberar a Dios del agravio supuesto por el humanismo acerca de que haya dejado a muchos por fuera. Pero el Dios de la Biblia no pide defensa, más bien alega que Él hace el bien y hace el mal; Amós, uno de sus profetas, escribió: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). Pero los falsos maestros parecen no haber entendido que la expiación de Jesucristo en la cruz es el centro del evangelio. Este estado de perversión doctrinal ha sido alcanzado por la enseñanza de los falsos maestros salidos de los centros de formación teológica. Es lamentable ver como se pierden todos aquellos que oyen las palabras engañadoras de los lobos de turno, los que destruyen el rebaño y arrebatan a las presas destinadas para eso mismo. 

El creyente conoce que la salvación está condicionada solamente por el trabajo de Cristo. Es la obra del Señor en la cruz la que marca la diferencia entre vida y muerte, entre salvado y perdido. El trabajo de Jesucristo ha asegurado la redención de todos aquellos que representó en la cruz del Calvario, no del mundo por el cual no rogó. Ni Judas, ni Faraón, ni Esaú, ni miles de millones que yacen en el infierno, ni los que yacerán allí en el futuro, podrán reclamar la muerte de Jesús como su garantía. El Señor no miente, de manera que no les dio redención alguna a los que destinó desde antes para perdición eterna. Y aunque a muchos esto les parezca injusto y se unan con el objetor de Pablo (Romanos 9), Dios sigue dando la misma respuesta escrita en la Biblia: ¿Quién eres tú para que alterques con tu Creador? Tú no eres más que una olla de barro en las manos del alfarero, quien tiene la potestad de hacer un vaso para honra y otro para destrucción. Dios es el que decide tener misericordia para con los que desea manifestarles su amor eterno, pero decide igualmente endurecer a quienes ha querido endurecer, esto es, a los que ha odiado desde siempre como a Esaú.

La expiación implica reconciliación, de manera que si Cristo murió por toda la humanidad sin excepción, toda la humanidad ha sido reconciliada con Dios. Resultaría un absurdo que después de haber reconciliado a todos mantuviera su enemistad con los que son condenados. Pero a ese tipo de falacia conduce el engaño de los falsos maestros y pastores que propagan la tesis de la expiación universal. No en vano nos fue dicho que huyamos de Babilonia, que no le digamos bienvenidos a los que no traen la doctrina de Jesucristo, para que no seamos partícipes de sus plagas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:13
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