Martes, 19 de junio de 2018

Nosotros celebramos la muerte de Cristo, porque la cruz ha llegado a ser el símbolo de la victoria. Hay un conflicto entre Dios y el hombre, conflicto que hubo entre Dios y Lucifer. Pero el resultado final es que Dios se acercó al hombre para ofrecerle a la humanidad la redención, si bien a Satanás y a sus ángeles caídos los dejó sin ninguna posibilidad de salvación. Aquel conflicto es el dolor del mundo por causa del Adversario; sin embargo, ¿por qué Dios no prometió la redención de cada miembro de la raza humana? Esa pregunta es una constante en todos los que objetan la soberanía divina, pero es válida como interrogante de cualquier creyente que desea ver la respuesta dada por el Espíritu Santo en la Escritura.

Lucifer quiso ser semejante al Altísimo, craso error para una criatura que no se acopla a su rol natural. La criatura no puede igualar a su Creador, pero en Lucifer su hambre por la alabanza que deseaba recibir le carcomía el alma. Sabemos que aún para eso fue creado, como lo dice el libro de Proverbios en el capítulo 16 verso 4: Yo hice al malo para el día malo. Pero más allá de que Dios reclame para Sí mismo todo acto de creación en su universo, más allá de que sus profetas nos hayan dicho que Jehová hace el bien y hace el mal, que crea la luz y las tinieblas, la paz y la adversidad, nos interesa el escenario histórico presentado en el Génesis y en el resto de la Escritura.

Sabemos que hay un plano físico, recogido por el espacio-tiempo, pero también hay un plano que va más allá de ese terreno (llamado metafísico) y que recoge la intención y los decretos de Dios. Nosotros, sometidos al espacio-tiempo, nos conformamos de momento con  el plano histórico narrativo de la Biblia. Después de la caída del hombre Dios hace una pregunta recogida en el capítulo 3 del libro de Génesis: ¿Dónde estás tú? Sabemos que por su omnisciencia no tenía necesidad de preguntar para llegar a saber, pero es una pregunta retórica que señala el extravío del hombre. Adán andaba escondido entre los árboles, tapando su desnudez y temeroso por su pecado. Dios, en cambio, siempre está donde tiene que estar; por su carácter de Omnipresente está en todos lados y no necesita trasladarse para averiguar lo que sucede.

Esa interrogante hecha al hombre nos deja ver el plano histórico de Dios que descubre el escondite humano pero que quiere restablecer la comunión. Adán había roto su relación con el Creador pero ahora es abordado por Él y le es demandado exponer su situación. El primer hombre sobre la tierra tuvo miedo de su desnudez y por eso se había escondido; el Señor le repregunta diciéndole si sería por causa de haber comido del fruto prohibido. El se escudó en su mujer acusándola de inmediato: la mujer que me diste por compañera... Al interrogar a Eva ella respondió acusando a la serpiente y de inmediato Dios detuvo el interrogatorio; Jehová no quería oír la excusa de la serpiente, simplemente la maldijo y declaró su proto-evangelio. Jehová anunció la buena noticia para los que serían en la posteridad el conjunto de su pueblo:  Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón.

El Creador usó la maldición a la serpiente para hacer la primera pintura del anuncio de salvación, habló de la enemistad entre las dos simientes, o entre las dos posteridades. La serpiente antigua, el dragón o Satanás habría de herir en el talón a la simiente prometida a la mujer, el Hijo de Dios. A cambio, Jesucristo destruiría a la serpiente pisándole su cabeza. Dos heridas mortales por causa del pecado de Adán en el Edén, la muerte del Hijo pero la destrucción absoluta del dragón. Lo que se desprende de esta lectura del Génesis 3 es que el Cordero de Dios habría de asumir la liberación del hombre atrapado en su pecado, habría de hacer posible la restauración de la relación rota entre el hombre y Dios. Pero, aunque allí no se haya anunciado todo el mensaje de la buena nueva, los profetas comenzaron a hablar de su Redentor que vivía y que se habría de levantar de entre los muertos. Esa es la victoria que exhibió Jesucristo al resucitar del sepulcro, mas para el diablo no hubo esperanza alguna. El sería destruido en dos tiempos: con la cruz cuando recibiría el golpe en la cabeza y más tarde cuando sea lanzado definitivamente al lago de tormento eterno.

Por esta razón la Escritura nos dice que resistamos al diablo porque de seguro huirá de nosotros; el Acusador de los hermanos ha sido vencido y aunque todavía molesta podemos resistirlo. Su furia es muy grande, sea por el poco tiempo que le queda o sea porque sabe que para él no hubo tal promesa. La promesa de redención fue hecha al hombre solamente, no a los ángeles caídos ni a su líder Lucifer. Por eso nos acusa de nuestros pecados cotidianos, aunque nosotros tenemos para nuestro beneficio a Jesucristo el Justo que nos representa como nuestro abogado intercesor. El Juez Justo que ha de juzgar a toda la tierra entiende que hubo una absolución judicial hecha en aquella cruz donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. Ya nadie nos podrá condenar.

Del estado de inocencia del cual cayó Adán pasamos todos al estado de condenación; pero el segundo Adán, esto es, Cristo, nos trasladó al estado de justificación. Si bien no seremos jamás inocentes por segunda vez (solamente lo fuimos en Adán, como cabeza federal), ahora seremos justificados perpetuamente. De la misma forma hemos escapado de la condenación venidera en que nos encontrábamos, por causa de la misericordia y la gracia divina mostrada para con el pueblo escogido en Jesucristo. El Señor consumó su trabajo en la cruz en una forma perfecta, por lo tanto no hay tarea que completar de parte nuestra. Simplemente el Señor conoce a los que son suyos y los llama en el tiempo del poder de Dios, una vez que hayamos sido enseñados por el Padre para poder acudir hacia el Hijo.

Y a nosotros se nos ha hecho la promesa de ser semejantes al Hijo Redentor, en humildad y mansedumbre. Pero el relato bíblico continúa más allá del Génesis y por él sabemos que Lucifer quiso exaltarse como Dios. El quería ser semejante al Altísimo para ser independiente del Creador, en cambio nosotros que estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, bajo el peso de la condenación divina, seremos semejantes al Hijo de Dios. Ese es otro duro golpe para Satanás, sabemos que su iniciativa de ser igual al Altísimo fue castigada eternamente, si bien la misericordia divina para con el hombre se extiende a tal grado en que seremos semejantes al Hijo.

El hombre fue creado a la imagen y semejanza de Dios; Satanás lo sabía y por eso en su plan macabro pensó en destruir esa imagen atacando a Adán. De esa forma pensaría que Dios se vería en la obligación de destruir finalmente a su criatura imagen y semejanza Suya y perdería una batalla importante en el reino de los cielos. Pero lo que no sabía Lucifer era que ese era el plan de Dios, preparado desde antes de la fundación del mundo. Adán tenía que pecar para que se manifestara la gloria del Hijo Redentor, el Cordero de Dios preparado también desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Es por esa razón que Jehová reclama que hizo al malo para el día malo, que Él ha hecho el bien y el mal, habiendo creado la luz y las tinieblas.

La inteligencia de Satanás no es más que un actante semiótico que permite cumplir el rol asignado en silencio por el Creador. Le fue dada astucia a Lucifer para que actuara de acuerdo a lo que Dios tenía en mente. De allí la pregunta del objetor de las Escrituras, ¿por qué, pues, Dios inculpa? ¿Si nadie ha podido resistir a su voluntad? El libro de Job ilustra con creces lo que decimos acá, que es Dios mismo quien induce a Satanás para que considere a su siervo Job. Las profecías bíblicas referentes al Hijo Redentor declaran el plan de Dios con actos pecaminosos de los hombres, para que azotaran, vejaran, ultrajaran y asesinaran en el madero al Cordero Inocente que redimiría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Cómo podía Dios darle esa gloria al Hijo si Adán no hubiese caído en el Edén? ¿Cómo anunciaría su evangelio de salvación por medio de la disputa entre las dos simientes si el diablo no hubiese sido creado? Pero Dios hizo al malo para el día malo, es soberano y nadie puede ser su consejero ni reclamarle por qué razón ha actuado de una u otra manera.

Y la muerte vino por causa de Adán, porque aunque vivió muchos años devino en un difunto andante por sus delitos y pecados, si bien al final de sus días se cumpliría el castigo de la muerte física con la que también fue amenazado. Dios manifestó su repudio por el pecado de muchas maneras; recordemos el diluvio universal con el que destruyó la tierra con sus habitantes, salvando solamente a Noé y a sus acompañantes en el arca. Pensemos por un momento en Sodoma y Gomorra, ciudades destruidas por causa de sus abominables pecados: soberbia, abundancia de pan y que no tuvieron misericordia para con el prójimo, además de sus pecados de lujuria y lascivia bien notorios. Muchos pueblos fueron raídos por causa de su servicio a los ídolos, utilizando para ello el oficio de su pueblo nacional escogido Israel. También envía destrucción masiva de vez en cuando a los moradores de la tierra, para que reflexionemos acerca de su ira por el pecado.

El libro del Apocalipsis ilustra la actitud hostil del alma irredenta. Después de una serie de castigos se dice allí que la gente se irritaba más contra Dios y no se arrepentía de sus pecados, en especial del sacrificio hecho a los demonios a través de sus idolatrías. El triunfo aparente es de Satanás, por lo cual el Creador tiene que mostrar su justicia y su ira contra los que actúan a favor del pecado. Satanás ha hecho que la criatura le rinda tributo a la criatura antes que al Creador. Su afán y perseverancia en robarle la gloria a Dios lo ha llevado a la locura y al síndrome de deficiencia mental cuando quiso probar al Hijo de Dios pidiéndole que lo adorara. Como si el Creador Jesucristo se hubiese atrevido a rendir tributo de alabanza a una criatura. Pero el pecado embrutece y recordamos lo que la Escritura enseña, que el hombre ha llegado a tener su entendimiento entenebrecido por causa del pecado; por esta razón le es enviado desde el cielo mismo un espíritu de estupor (una mentira engañosa) para que la crean todos aquellos que no aman la verdad.

Concluimos diciendo que es grande la condenación pero que la redención es maravillosa en los elegidos. Como dijera Pablo a los Efesios: en Él asimismo tuvimos suerte. Esa suerte que se traduce también como herencia, porque desde nuestra perspectiva humana ha llegado a ser una gran suerte y herencia el que Dios se haya fijado en nosotros para extender perpetuamente su misericordia y amor por causa de Su Hijo. La victoria de Jesucristo sobre Satanás es ahora un hecho público y notorio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:17
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