Lunes, 18 de junio de 2018

El hijo pródigo es una parábola que exalta al que está escondido en Cristo y habla mal del que permanece atrapado en la ley. A pesar de su vida pecaminosa nunca perdió aquel hombre envilecido por el pecado su relación con el Padre. En cambio, su hermano en casa se aferraba a su estricta buena conducta para con el padre. Hoy día muchas personas que se llaman creyentes en el evangelio se refugian en las normas religiosas antes que en Jesucristo.

Ellos mismos se hacen supervisores (obispos) de sus hermanos, pero sus vidas están llenas de las pasiones vergonzosas que aprenden por los medios sociales a los que se apegan con la historia de hacer vida común con sus prójimos. El Señor nos recuerda sacar primero la viga de nuestros ojos para poder ver bien el ojo ajeno y sacar la brizna de paja que pueda haber en él. El bien y la misericordia parecen perdidos en los que están refugiados bajo la ley de Moisés, o bajo la normativa religiosa de sus actas de fe, en los consejos de aquellos que descansan en la repetición de costumbres antes que en la gracia de Dios.

El tener la vida escondida en Cristo supone tener la mente en las cosas del cielo (en las cosas de arriba) y no en las terrenales (las del mundo). Si la doctrina del llamado creyente no está conforme a las Escrituras, si el llamado cristiano no vive en la doctrina de Cristo, la Biblia lo señala como alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por lo tanto tampoco tendrá el Espíritu como garantía de su redención. Pero hay quienes confunden esconderse en Cristo con estar refugiados en los rituales de la religión a la que pertenecen. Hay multitud de llamados creyentes que anteponen su denominación antes que el hecho de ser cristianos. Se llaman presbiterianos, bautistas, pentecostales, libres, no denominacionales, pero no han entendido el sentido del evangelio ni mucho menos las enseñanzas de Jesucristo.

Ellos piensan que Jesucristo vino a esta tierra a traernos un código de ética, un manual de moral y buenas costumbres. Se ocupan de leer los evangelios para sacar deducciones apresuradas acerca de cómo debemos vivir la vida cristiana. Más allá de que eso pueda parecer deducible de una simple lectura de la Escritura, el Señor vino a salvar a su pueblo de sus pecados. No vino a ser posible la salvación para todo aquel que así lo desee, no vino a poner su vida por todos los pecados de todos los hombres de la tierra. La misión y por lo tanto la obra de Jesucristo no es otra que la redención de su pueblo, de acuerdo con las Escrituras. Pero así como el pueblo de Israel se jactaba de ser discípulo de Moisés, descendiente de Abraham, de tener el libro de la ley, de ser portador de los mandatos, del arca de la alianza, de hacer los sacrificios por el pecado, estos autodenominados creyentes se ufanan de sus manuales de ética, de sus predicadores que domingo a domingo los arengan para seguir afianzados (atados) a sus denominaciones.

De vez en cuando hacen encuentros para recordarse unos a otros que son hermanos, que pertenecen a un mismo redil, con un mismo pastor, pero desconocen las enseñanzas elementales del Señor al que dicen seguir. ¿No fue Jesús quien dijo que sus ovejas no seguirían más al extraño porque desconocen su voz? Entonces, ¿cómo es que estos llamados creyentes se van tras doctrinas de demonios que los enseñan a torcer las Escrituras para su propia perdición?

La vida santa es una vida escondida en la gracia de Cristo, una vida de fe en él y de comunión con quien ha sacado el alma de las tinieblas a la luz. Es una vida de justificación que jamás pierde la identidad de hijo frente al Padre, de oveja frente al Pastor. La vida escondida en Cristo es la que aborrece al mundo porque entiende que cualquier relación de amistad con él la hace enemiga de Dios. Esa vida escondida en Cristo está libre de los lamentos comunes de los que no tienen esperanza, sin que se haga eco de los que son aborrecidos (odiados) eternamente por el Creador. Estar escondido en Cristo implica conocer su doctrina porque el Padre es el que enseña para que se vaya hacia el Hijo, por lo tanto no hay ignorancia en relación a la vida y a la obra de Cristo en ninguna persona que está refugiada en el Señor.

Tenemos el derecho otorgado por el Padre de buscar la alegría eterna, la cual nos ha sido dada en Cristo. Esta dicha permanente nos pertenece, pero el mundo intenta arrebatárnosla al atraer nuestra atención hacia su dolor, hacia su lamento, hacia su maldición natural que carga en los lomos de cada uno de sus moradores. Es tan grande la blasfemia de los sumergidos en el mundo que han llegado a crear un slogan repetido por millares de personas. A la pregunta de cómo se encuentra usted hoy responden: a la buena de Dios. Como si esa expresión significara que se anda a la deriva, esperando las miserias cotidianas que la gente pueda arrojarles como ofrendas. Estoy a la buena de Dios ha venido a ser una frase fosilizada en los corazones de muchos que se dicen creyentes, y quieren significar con ello que están abandonados pero que reciben las miserias que les arrojan. No es la misma expresión del hijo pródigo de la parábola del Señor, porque aquel ser humano siempre se consideró hijo del Padre. El decía, ¿cuántos jornaleros hay en la casa de mi Padre que se alimentan bien? Esa reflexión pasaba por su mente mientras estaba en las barracas de los cerdos, animales inmundos para su cultura y por demás hediondos en sus chiqueros.

Cuando aquel hijo se levantó para ir hacia su Padre supo que llegaría humillado pero que sería recibido. En realidad él estaba escondido en esa relación, por esa razón se atrevió a reclamar su herencia con anticipación, a dilapidarla, pero después su nostalgia lo llevó a volver. Jesús es nuestro Mediador y en él está escondida la vida espiritual de sus santos. Ah, pero este estar escondido en las manos del Salvador implica ser desconocidos por el mundo. Es como si estuviésemos también escondidos para el mundo, como si fuésemos no reconocidos por los que están alejados de Dios. Las doctrinas del evangelio son el maná que Jesucristo predicó, que Jesucristo otorgó a sus seguidores, la verdadera comida del cielo. Ese alimento implicaba su cuerpo y su sangre, pero los seguidores de la religión de su época se escandalizaron de aquellas palabras y se retiraron con murmuraciones. Estaban ofendidos porque el Señor les decía que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevase. Y es que eso es lo que enseñaba el Antiguo Testamento, que seríamos enseñados por Dios para tener amor por sus mandatos en el día de su poder.

Ciertamente debemos tener cuidado de no ser rebeldes para con Dios, haciendo morir lo terrenal en nosotros. ¿Y qué es eso que la Biblia denomina terrenal? La fornicación, la impureza, las bajas pasiones, los malos deseos, la avaricia (que es idolatría) o que es lo mismo que el amor al dinero. Porque por estas cosas puede venir la ira de Dios sobre los que son rebeldes, cuando somos castigados en virtud del amor de Dios, por causa de estar escondidos en sus manos y en las del Hijo. Nuestra rebeldía que nace de la vieja naturaleza escondida en Adán puede hacernos padecer mucho malestar: por un lado el Espíritu se contrista en nuestros corazones y nosotros llegamos a estar tristes por la victoria del pecado, pero por otra parte el Padre Celestial puede causarnos mucho dolor destruyendo lo más preciado que tengamos.

No es vano el mandato del apóstol, el de hacer morir lo terrenal en nuestros miembros. Esa es nuestra tarea, nuestro trabajo como testimonio de lo que somos. No que hagamos esto para alcanzar la salvación, pues ella no se logra por obras a fin de que nadie se gloríe, pero sí por causa de que ya fuimos redimidos. Somos testigos de la gracia de Dios por lo tanto debemos matar, asesinar, molestar hasta el cansancio esas pasiones desordenadas que todavía se anclan al alma. ¡Oh la carne, la que nos hace miserables! Ella nos causa problemas tan inmensos como si estuviésemos mezclados con el mundo.

En Dios vivimos, nos movemos y somos; Él es quien produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad; el que comenzó la buena obra en nosotros la terminará hasta el final. Estas son promesas valerosas, pero no garantizan la muerte de lo terrenal en nosotros. Recordemos que podemos llegar a sentirnos miserables (como Pablo lo dijo de sí mismo en Romanos 7), o podemos estar sometidos a pasiones vergonzosas (como habla Santiago). La razón de estos pecados bochornosos cometidos por muchos creyentes descansa en Adán, en ese germen federal que no ha muerto sino que morirá una vez que seamos librados definitivamente de este cuerpo de muerte. Pero se nos ha dicho una y otra vez que debemos hacer morir esas obras de la carne, que esa es nuestra tarea (yo diría que conjuntamente con el Espíritu que nos ayuda día a día). Pero por mucha ayuda que nos dé el Espíritu de Dios hay ciertos trabajos que tenemos que hacerlos nosotros, como un testimonio de quienes somos.

O somos a la imagen del que nos redimió o nos convertimos en imagen de Satanás. Tal vez el mundo ha destruido su propia imagen y semejanza con el Creador para trocarla en imagen y señal de pertenencia al principado de las tinieblas. Pero el creyente es castigado por el Padre para borrar dicha imagen en sus miembros, para que sea anulada toda influencia de lo terrenal en nosotros. Sin embargo, hay quienes aprenden solo por la experiencia, si bien también hay muchos que aprenden por la inducción y deducción, sin que tengan que sufrir la amargura del experimento. O aprendemos obediencia por las buenas o la aprenderemos por las malas; esa parece ser la conclusión derivada de las Escrituras. Más nos vale ser inteligentes y ganarle al pecado y al príncipe de las potestades del aire en sus artimañas del error. Esto será posible si nos apegamos a la palabra revelada, a sus consejos y a la práctica de una vida piadosa como nos conviene. Evitémonos el trauma de vivir en las pocilgas que fueron el dormitorio temporal del hijo pródigo de la parábola del Señor.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:19
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios