Domingo, 17 de junio de 2018

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Muchas personas sostienen que no puede haber redención sin bautismo. El hecho de que en la Biblia se ordena bautizar a los creyentes no hace del acto bautismal una condición para la redención. Un ejemplo de lo que decimos está expuesto en la vida y muerte del ladrón de la cruz. Ese hombre llegó a ser un creyente por operación del nuevo nacimiento dado por el Espíritu de Dios, pero no se bautizó. Sin embargo, el Señor le dijo que ese mismo día estaría con él en el Paraíso.

Bien, tampoco es una norma el no bautizarse, si tomamos en cuenta las circunstancias de vida y muerte tan particulares de aquel ladrón. Es deber de cada creyente dar ese paso público donde se manifiesta a un colectivo de hermanos su vocación de servicio y obediencia al Señor. El bautismo es un símbolo de muerte y resurrección, pero como tal no es ni la muerte ni la resurrección. Al igual que el pan y el vino representan la carne y la sangre del Señor, no lo son de hecho sino apenas una representación simbólica de su sufrimiento expiatorio por su pueblo.

Lo que más preocupa en el bautismo es su conexión innecesaria con la salvación del hombre. Desde hace muchos siglos la iglesia oficial se destacó por vincular el mandato del bautismo con la posibilidad de la redención, por cuya razón se bautizaba a los infantes, no fuese a ocurrirles una muerte prematura sin ser bautizados. Ya en el siglo V Agustín de Hipona era representante de tal doctrina por demás herética; muchos de sus seguidores se adhirieron a semejante pensamiento y relacionaron la dimensión de la redención con la vasta humanidad pero sujetaron su eficacia solamente en los que eran bautizados, así como en los que cumplían otros requisitos. En síntesis, la redención pasó a ser de pura gracia a un trabajo conjunto (sinergístico) entre Dios y el hombre.

Se ha dicho que el trabajo del Señor en la cruz fue inmenso y que una gota de su sangre vale tanto como cualquier alma humana; de manera que su esfuerzo fue hecho extensivo a toda la humanidad, si bien su alcance final se muestra eficaz en los que lo aceptan. Otros van un poco más lejos y sostienen que aquellos que lo aceptan son los elegidos, pero que en definitiva el Señor murió por todos, sin excepción, debido al valor implícito de su sangre.

En el siglo V llegaron a decir que ningún ser humano puede alcanzar la vida eterna sin el sacramento del bautismo, de manera que el que no es crucificado en Cristo (símbolo del bautismo) no puede ser salvado por esa cruz. De la misma forma no puede ser miembro del cuerpo de Cristo el que no ha sido pasado por agua y por el Espíritu Santo. Se añadía que como el Señor tomó la naturaleza humana, y dado que todos los hombres estuvieron perdidos en Adán, el Señor murió eficazmente por los que se aprovecharon de su beneficio a través del bautismo, si bien su muerte hubiese sido suficiente para todos en general.

Pero en la economía de Dios no podemos ver desperdicio alguno. La precisión de sus profecías así lo demuestra, la exactitud de todo lo creado lo señala. Aunque hay abundancia de frutos en su obra natural -los árboles con sus semillas, por ejemplo-, el Señor no hizo del aceituno las uvas. Sin haber confusión no hubo tampoco desorden; sin haber desperdicio no hubo malversación. El sacrificio del Mesías en la cruz fue muy específico, de hecho su oración hecha la víspera de su muerte así lo demuestra. El oró solamente por los que el Padre le había dado y le daría a través de la palabra de sus discípulos, pero dejó por fuera al mundo; en realidad dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) y mal pudiera el Dios de la economía suprema desperdiciar esfuerzos de salvación en aquellos que morirían sin su gracia eterna.

Podemos decir sin que suene a blasfemia que el trabajo de Jesús en la cruz fue perfecto (Tetélestai, fue su palabra dicha para expresar que estaba concluido su trabajo y que acabó perfectamente su obra en el madero). Pero el vocablo perfecto significa que fue suficiente, que fue exacto, que como el material de la obra de un escultor no presenta ni más ni menos masilla, como la tela del pintor tampoco admite más o menos color que el necesario pigmento para que la obra resulte maravillosa. El Señor no sufrió por los pecados de Judas Iscariote, ni por los de Faraón, ni por las vilezas de los habitantes de Sodoma y Gomorra o por las fechorías de los que sucumbieron ante el diluvio universal. El Señor no sufrió ni un instante por los moradores de la tierra a cuyos corazones el Dios del cielo ordenó que le dieran el gobierno y el poder a la bestia, y que exclamaran ¿quién como la bestia? El sufrimiento del Señor fue perfecto, de manera que no hubo carencia de esfuerzo alguno como tampoco desperdicio de trabajo.

Pero hay quienes se adhieren al hecho del gran valor de la sangre de Cristo y añaden que fue el precio pagado por todos nosotros (toda la humanidad, sin excepción). Que su valor es tal que hubiese sido suficiente para toda la raza humana, de manera que colocan al Padre celestial en el sitial de no querer pagar lo que de sobra el Hijo pagó en la cruz. Tal disparidad no se enseña en la Escritura, sino más bien se nos educa en la coordinación del Trino Dios en materia de redención como en cualquier otro asunto que les concierne.

La expresión te doy gracias por los que me diste, porque tuyos eran, es una aceptación del límite de su trabajo. Representa el mismo conjunto señalado por el ángel a José en su visión, el pueblo que Jesús salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). Los que no son tocados por la redención están bajo el conjunto mundo expresado por Jesús en su oración recogida por Juan; jamás se podrá decir que el Señor murió por ese conjunto de irredentos pero que no quiso salvarlos finalmente; o que queriendo salvarlos murió por ellos pero ellos no se dispusieron finalmente, o no tuvieron la suerte de que se les predicara el evangelio. Eso sería desperdicio en la economía de la redención.

Asegurar que el Señor redimió a todo el mundo en la cruz, pero que cada quien se apartó por su camino y muchos despreciaron su esfuerzo especial de redención, significaría que su trabajo fue en vano, que el infierno es el monumento a su fracaso, que él fue un mentiroso cuando dijo Tetélestai (consumado es) si en realidad no consumó nada. Eso equivaldría a la gran mentira repetida por la serpiente antigua, que el Señor hizo su parte pero que ahora le toca a usted hacer la suya, que la salvación fue un trabajo potencial que cada quien tiene que actualizar para que se demuestre su eficacia. Sería como decir que el Señor no salvó a nadie en particular, que agradeció en vano al Padre por los que le había dado (si en realidad no le dio a nadie en específico); que mintió al decir que no rogaba por el mundo cuando ese mundo se quiere salvar a sí mismo tomando provecho de su esfuerzo general por todos en la cruz.

La copa de inmortalidad provista por el poder de Dios para curar nuestra debilidad mortal restauraría la salud de toda la humanidad, si tan solo el hombre la bebiera. Esa era una frase común del siglo V, la cual vive hoy día en medio de los que pregonan la mentira del libre albedrío. El destronar al Dios soberano parece ser la contrapartida de la libertad humana, como si el hombre pudiera beber la copa de la inmortalidad si tan solo lo quisiere. Pero la Escritura afirma que no depende del que quiere ni del que corre, si bien ha dicho en otro contexto que nadie quiere (no hay quien busque a Dios, no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno), por lo cual nadie corre. Si bien Jesús tomó completamente la naturaleza humana, su muerte y su resurrección afectó solamente a los hijos que Dios le dio (Hebreos 2:13-14). Y a todos los que redimió los toca con su redención final, los glorifica de la misma forma en que los conoció desde antes de la fundación del mundo, de la misma manera en que los predestinó, así como también los llamó y los justificó.

No hay intersección de conjuntos en la economía de la redención, no hay mundos cruzados; los mismos elegidos por el Padre para vida eterna son los que Él le dio al Hijo para que los representara en la cruz. Por ellos y solo por ellos el Señor rogó la noche previa a su crucifixión, en aquella oración en la cual dejó por fuera al mundo por el que no rogó. Hoy día sigue intercediendo por los suyos y no por el mundo, de manera que su redención perfecta no presenta ningún indicio de desperdicio, fue exacta y su precio justo por todos y solamente por aquellos que redimió. Añadir potencialidad a su esfuerzo es valorar erróneamente el propósito y alcance del Padre, del Hijo y del Espíritu en la comisión de la redención del hombre. Implicaría suponer discordancia en un sobreprecio no exigido, en un derroche de esfuerzo del Hijo no aprovechado por el Padre ni por el Espíritu en la redención humana. Sería como derramar un río de sangre sacrosanta que recorriendo el mundo termina en las fauces del abismo donde habita Satanás.

Ni el bautismo, ni ningún otro sacramento habilita a la persona para ser redimida. La sangre de Cristo es suficiente en los que él representó en la cruz y por los cuales fue derramada. Potencialmente no quedó nadie por fuera, así como actualmente tampoco quedó nadie excluido. El Señor sigue añadiendo a la iglesia todos los que habrán de ser salvos (ni uno más y ni uno menos), que son los mismos por los cuales sufrió en la cruz. No puede haber una salvación potencial extensiva a toda la humanidad pero actualizada solamente en algunos. La economía de la redención no lo permite, el trabajo consumado en la cruz no lo acepta. Cualquier camino contrario a lo expresado a partir de la Escritura es de interpretación privada, conducente a perdición y una herejía más que combatir.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:50
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