Lunes, 23 de abril de 2018

La seguridad del creyente es enorme en cuanto a su futuro. No tiene por qué preocuparse, no necesita la angustia como ropaje ni al psiquiatra como su consolador. Simplemente entiende que espera en el Señor que ha prometido una cantidad de cosas que le solventarán cualquiera sea su situación. Al momento pudiera ser que no comprenda la necesidad de pasar por el valle de sombras pero después mirará hacia atrás y verá el camino por donde lo ha traído el Señor.

Todas las cosas trabajan conjuntamente para bien a los que a Dios aman, dice el texto griego: συνργω (sunergo), trabajar conjuntamente. El texto aclara: esto es, a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El propósito de Dios es doble, por un lado toca lo relacionado a nuestras necesidades que va a satisfacer pero por otra parte Dios busca su propia gloria. La respuesta nuestra después que Dios ha procurado aquello de lo que carecemos es el agradecimiento y la alabanza por la soberanía divina. El Dios de la providencia será digno de todo loor por el alma satisfecha en sus necesidades por el Todopoderoso.

Dios conoció a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, es decir, lo amó desde siempre. Su propósito en la eternidad era establecerse un pueblo como objeto de su amor. No de su odio, ya que para la demostración de su ira también dejó de lado al pueblo no elegido para su amor. La razón de ese plan yace en su voluntad suprema, soberana, inescrutable. Solamente conocemos lo que nos ha revelado pero es suficiente para comprender los lineamientos generales de su propósito. Su gloria se despliega ante toda su creación, desde el siglo y hasta el siglo. Así como Adán conoció otra vez a Eva su mujer y tuvieron otro hijo, así como José llevaba a María su mujer sobre el asno y no la conoció hasta que dio a luz al niño, de la misma manera Dios nos conoció por medio de su amor.

Nunca os conocí, dirá el Señor a muchos que en el día final le dirán que ellos echaron fuera demonios en su nombre e hicieron milagros y señales. No se trata de que el Señor no haya conocido intelectualmente o de manera cognoscitiva a estas personas, pues el texto demuestra que si les dice esa frase es porque sabía quiénes eran. Pero acá el verbo conocer significa tener comunión íntima con alguien, de manera que Dios no conoció a esos réprobos en cuanto a fe. Como tampoco conoció a Esaú a quien odió antes de que fuera engendrado, el cual representa a todos los réprobos creados como vasos de ira.

Pero a los que antes conoció los predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo. Eso es demasiado grande, ser como Cristo, a su imagen, semejantes al Cordero sin pecado que murió por su pueblo. Parte del propósito de Dios es que seamos como su Hijo, sus hermanos menores producto de la adopción que como a hijos se nos ha prometido. Esta predestinación no pudo quedar en el vacío o en una espera indeterminada sino que se hizo efectiva por un llamamiento eficaz. Y se nos llamó porque también se nos justificó en la cruz, de manera que también fuimos glorificados.

Todo esto se nos ha dado no porque lo merezcamos como paga sino porque Dios quiso mostrarnos su amor. De gracia hemos recibido y no por las obras; el plan de Dios es que seamos salvos en Cristo Jesús, por su sangre, por lo cual también nos llamó con llamamiento santo, habiéndonos predestinado de acuerdo a su amor eterno. No hizo esto con Esaú sino con Jacob, el representante o modelo de los elegidos para redención. El plan de Dios implica que todo se trata de Él y no de nosotros, solamente por el propósito del llamamiento hemos sido redimidos. No que hubiera algo noble o diferente en nosotros, no que hubiésemos insistido cuando al igual que los demás éramos por naturaleza hijos de la ira. Tampoco porque fuimos más inteligentes o más interesados que otros, ya que todos estuvimos igualmente muertos en nuestros delitos y pecados. No había ni un solo justo en la tierra que buscara al verdadero Dios, de manera que no podemos incluirnos en una lista hipotética e inexistente.

El llamamiento de Dios se hizo porque ese fue su propósito eterno, así como Jesucristo fue preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo pero manifestado en el tiempo oportuno por causa de nosotros. Y si todas las cosas ayudan a bien, se implican las cosas buenas y las cosas malas. Aún al malo hizo Dios para el día malo, de manera que, cuantas malas acciones muestren los hombres y los demonios, todo ello contribuirá para nuestro beneficio. Jehová tiene provisión para cada asunto y la caída de Adán no fue una sorpresa para Él. Adán tenía que pecar porque de otra forma el Cordero de Dios no se hubiera manifestado para recibir la gloria como Redentor. Con eso en mente, de acuerdo a las Escrituras, lo bueno y lo malo ha sido preparado por Dios como soberano gobernante de su creación. Diablos y heréticos, falsos maestros, perseguidores de los santos, catástrofes naturales, pobreza extrema, hambres y terremotos, todo ha sido preparado por Dios para nuestro bien. ¿Cómo puede ayudar eso para nuestro beneficio? Dios en su providencia controla cada evento que nos acontece y nos conduce con su Espíritu a toda verdad. Aún en nuestras oraciones no sabemos pedir como conviene pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles.

La predicación del evangelio es la gran providencia de Dios para sus elegidos, por medio de la cual se anuncia la majestuosa soberanía divina con el propósito de que alcancemos la redención en Cristo Jesús. No hay otro medio ni mecanismo en el cual podamos ser salvos, sino a través del Hijo que se inmoló por causa de su pueblo. La abundancia del pecado y la caída estrepitosa del hombre en la suciedad hicieron imperativa la necesidad de un Salvador. Sin embargo, la providencia divina en este sentido se ha hecho presente para las personas que Dios ha amado desde siempre y no para los que él ha odiado desde siempre.

Si alguno ve injusticia en Dios entonces debe preguntarse cuál es su rol en este despliegue del poder divino. Porque los que tenemos el Espíritu de Cristo no objetamos al Padre en lo que hace; de manera que si alguno objeta se opone al Espíritu Santo y no tiene comunión ni con el Padre ni con el Hijo. Por otro lado, la Escritura no se tarda en preguntar: ¿Quién eres tú para que alterques con tu Creador? La olla de barro no puede argumentar contra su alfarero para reclamarle las razones de haberla hecho como objeto de deshonra. De nuevo el objetor se pregunta: ¿Hay injusticia en Dios? Pero la Escritura responde: En ninguna manera, pues Dios dijo a Moisés que tendría misericordia de quien Él tuviere misericordia y endurecería a quien Él quisiera endurecer.

A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. Pero no toda la humanidad ama a Dios, ya que Él tiene muchos detractores, personas que también lo odian con toda su fuerza, o quienes diciéndose que lo aman detestan sus palabras y las tuercen. Pero la regeneración que hace Dios cambiándonos el corazón de piedra por uno de carne, dándonos un espíritu nuevo que provoca amar sus estatutos, hace que también lo amemos. Y si lo amamos es porque Él nos amó primero; simplemente el hombre natural no puede soportar el brillo de la luz del Ser Supremo, por lo tanto odia lo que no puede discernir.

De las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la compañía de los malhechores a la comunión con Cristo, ese ha sido el llamado eficaz que hemos tenido. El propósito de Dios se ha visto en el cambio que se ha operado en nuestro ser, no en que seamos buenas personas frente a los de mal testimonio, sino que hemos sido transformados hacia la vida. Si estuvimos muertos en delitos y pecados ahora se nos ha dado vida eterna, si estuvimos ciegos ahora vemos, si antes odiábamos su palabra en estos momentos la amamos. Lo que no podíamos discernir con nuestra mente natural ahora lo comprendemos porque tenemos la mente de Cristo.

Y ninguno más ha sido llamado sino solamente aquellos en los que Dios tiene su propósito. Nos referimos al llamamiento eficaz, no al externo que puede escuchar cualquiera de la boca de un predicador. Nos referimos al llamado que Dios hace a cada uno de sus elegidos cuando llega el momento oportuno en que somos llevados de las tinieblas a la luz. Al ser enseñados por Dios vamos hacia el Hijo y él no nos echa fuera. Esa enseñanza incluye la comprensión de la vida y de la obra de Jesucristo, el entendimiento de acuerdo a las Escrituras de que Jesús murió por su pueblo, que no rogó por el mundo, que nadie puede ir a él si el Padre no lo envía. Incluye también el hecho de que nadie puede ir a él si no es parte de sus ovejas, que ha sido por gracia absoluta y nunca por ninguna obra por más ínfima que pretendamos aportar de manera escondida.

Esa enseñanza de la doctrina de Cristo nos hace comprender el significado de aquella acción cuando muchos de sus discípulos se alejaron del Señor con murmuraciones, diciendo que su palabra era dura de oír. El contexto de la murmuración mostraba que estaban molestos porque el Señor les había dicho que nadie podía ir a él si el Padre no lo llevare a la fuerza. La enseñanza del Padre implica que aceptamos todas sus proposiciones sin polémica, sin objeción, con agradecimiento porque sabemos que de no haber sido de esa forma nadie sería salvo.

Estamos seguros de que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados de acuerdo al propósito de Dios que amamos.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 

 

 

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:44
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios