Jueves, 19 de abril de 2018

Varios ángeles volaban en medio del cielo y tenían el evangelio eterno para predicarlo a los que habitaban en la tierra: a toda nación, raza, lengua y pueblo. Pero de su grito se oía el mandato de temer a Dios y darle gloria, porque la hora de su juicio acababa de llegar. Sabemos que el libro de Apocalipsis encierra una serie de situaciones catastróficas para el planeta y todas ellas provienen de la voluntad de Dios, pero con todo el castigo por las abominaciones de la tierra la gente no se arrepentía de sus pecados. De hecho, no abandonaban la obra de sus manos, sus ídolos, por medio de los cuales adoraban a los demonios con sus imágenes de oro, plata, bronce y piedra así como madera, ídolos que no pueden ver, ni oír, ni caminar (Apocalipsis 9: 19-20).

Los ángeles tenían esa misión y debían cumplirla oportunamente. Llama la atención que ese evangelio no es otro que el de Jesucristo y estaba cargado de juicios. Ellos exhortaban a tenerle temor a  Dios, algo que se ha perdido hoy día más que antes. El ángel advertía que la adoración a la bestia y a su imagen recibiría una recompensa eterna: el vino del furor de Dios se vertería en la copa de su ira y con ello se atormentaría con fuego y azufre delante de los santos ángeles y delante del Cordero (Apocalipsis 14: 9-10).

Si consideramos que Jesucristo fue uno de los que más habló del infierno, entenderemos que este evangelio apocalíptico no es otro sino el mismo del Señor. El humo del tormento de la gente condenada será para siempre jamás, sin descanso de día ni de noche. Este último grito del evangelio se narra en el capítulo 14  del libro de Apocalipsis, mientras en el capítulo 9 se dice que a  pesar de la variedad de plagas venidas sobre los que moran en la tierra ni  aún  así se arrepentían. Más odio y reproche surgían contra el Dios del cielo por causa del castigo sobre las malas acciones de los hombres: Los hombres fueron quemados con el intenso calor y blasfemaron el nombre del Dios que tiene autoridad sobre estas plagas, pero no se arrepintieron para darle gloria ...   y blasfemaron al Dios del cielo por sus dolores y sus llagas, pero no se arrepintieron de sus obras  (Apocalipsis 16:9  y 12).

El evangelio insiste  en  un llamado a  creer  en el verdadero Dios y Juan el Bautista predicaba arrepentimiento y un llamado a creer en el evangelio. La  metanoia (palabra griega  para arrepentimiento) invita a hacer un cambio de mentalidad. En nuestro caso  implica cambiar la perspectiva que tenemos de Dios por cuanto hemos aprendido erróneamente de los falsos maestros y de las falsas doctrinas. Un dios que no puede salvar porque es impotente y dependiente de la voluntad humana no nos puede liberar de las plagas que se vienen y del infierno eterno. La mentira del evangelio extraño habla sobre un dios inexistente, por lo tanto uno que no puede salvar a nadie.

La gente ha pensado que el infierno es algo simbólico, una parábola o una anécdota divina. Por la falta de temor a Dios se han multiplicado los homicidios, las hechicerías, la inmoralidad sexual, los robos y cualquier otra manifestación de las obras de la carne. Muchos prefieren creer en un ídolo que simboliza su libre interpretación de lo que debe ser Dios. A pesar de que el Dios de la Biblia prohibió expresamente hacerse imágenes para adorarlas o para venerarlas, los falsos creyentes sugieren que no las adoran sino que son un recordatorio de lo que adoran (en su supuesto, al verdadero Dios). Pero eso es violación expresa de lo que se ha ordenado, como si un esposo guardara una foto de su antigua novia y tuviera que contemplarla con el alegato de que de esa forma ama mejor a su mujer.

La manera de perseverar en la verdad consiste también en guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Pero sabemos que los que perseveramos hasta el fin lo hacemos porque hemos sido preservados hasta el fin. El Señor conoce a los que son suyos, a los que escogió el Padre y a los que representó en la cruz. De hecho él dijo que había elegido a todos los apóstoles pero que uno de ellos era diablo; es decir, aún el malo que Dios hizo para el día malo es utilizado para cumplir los propósitos del Todopoderoso. Pero el pueblo de Dios ha sido escogido para ser santo en Cristo, conforme a su imagen, para no tener ningún tipo de condenación. No fuimos puestos para ira sino para misericordia.

Esa elección sucedió antes de la fundación del mundo (aún antes de que fuera creado el hombre). Es cierto que si Dios ha escogido a unos para salvación el medio para alcanzarlos ha sido la predicación del evangelio. Esa es la premisa general expuesta por Pablo: ¿Cómo invocarán a aquél de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? De manera que los que reciben el evangelio y permanecen en el evangelio son de Dios. La transformación que sufrimos es más que social y moral; ciertamente, el que hurtaba ya no hurta más, el que pleiteaba ya se ha pacificado, el adúltero ha dejado su vicio. Pero esos signos son muy buenos para vivir en sociedad armónicamente, sin embargo el fruto del buen árbol es su marca. En el caso de los creyentes, de la abundancia de su corazón confiesan el evangelio que han creído. En este sentido no puede existir confusión respecto al código moral o ético de las personas y a una confesión de otro evangelio.

Las caídas pecaminosas de los creyentes no lo espantan del fundamento; pero la confesión de seguir al extraño es un signo inequívoco de que no se pertenece al redil de las ovejas del Buen Pastor. De manera que el cambio en el creyente se da en varios sentidos, siendo el moral el más visible para su entorno social. Pero hay que observar su teología: dime qué evangelio confiesas y te diré que maestro tienes. El que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, muy sencillo; el que le dice bienvenido a quien no trae la doctrina del Señor compartirá las plagas que el otro carga.

En su enseñanza sobre el Buen Pastor el Señor nos dice que sus ovejas lo siguen a él y no seguirán al extraño. No nos dijo que seguiríamos al extraño a veces y que después nos volveríamos a él; no, más bien nos señaló que huiríamos del extraño porque no conocemos su voz (Juan 10:1-5). Con esta doctrina del Señor sabemos que es imposible para un creyente verdadero confesar un evangelio diferente, seguir al falso maestro o proclamar un mensaje de interpretación privada. Y es que el evangelio falso no redime a nadie ni ha podido salvar a ninguna persona.

¿Qué pasa con la gente que aprende Biblia en una iglesia sinagoga de Satanás? Pablo también aprendió Biblia (el Antiguo Testamento) a los pies de Gamaliel, el gran maestro de la ley. Sin embargo, el apóstol nos dijo que tenía todo por basura por amor a Jesucristo. A él no le sirvió de nada el evangelio de Gamaliel, si bien aprovechó el saber leer y el conocer el Antiguo Testamento. Una vez que creyó en Cristo (cuando el Señor lo derrumbó del caballo) dejó a los maestros de la ley a un lado, dejó la doctrina de demonios que seguía -aunque fuese por engaño- y se dedicó a seguir al Señor hasta el final de sus días. No hubo un Pablo que se volvió Saulo, sino un Saulo que se tornó en Pablo.

Y cuando en las sinagogas no querían escuchar más al apóstol tuvo que reunirse en las casas de los creyentes, como también hicieron los demás apóstoles. Así nació la iglesia, la ekkesía, el llamado hacia afuera. Es un llamado a salir de sus casas para congregarse, pero es también un llamado para salir del mundo. κκλησία proviene del prefijo ek (fuera) y del verbo Kaleo que significa llamar; si bien podía referir a las asambleas homéricas, o a una reunión de ciudadanos para dilucidar un asunto político. Pablo emplea el término a nivel eclesiástico como es concebido hoy día (1 Corintios 11:22; Romanos 16:4), mientras que el único escritor de los evangelios que lo utiliza es Mateo (capítulo 16: 18). En la Septuaginta (versión griega del Antiguo Testamento, hecha antes de Cristo), el término es usado para denotar la congregación Judía. Pero en casi el resto de los libros del Nuevo Testamento sus escritores hacen mención de este vocablo.

Si uno se da un paseo por las Bienaventuranzas de Jesús puede constatar las veces que se refirió al infierno de fuego solamente en ese renglón. Pero no cesaba el Señor de referir al infierno como un sitio de tormento del que no se puede escapar; su advertencia contra los fariseos hace gala de ese concepto tan despreciado hoy día.  A nadie le gusta hablar del infierno porque recibe una marca de atraso cultural, por lo cual se prefiere usar el eufemismo de estar apartado de Dios por siempre. Pero, ¿será eso cierto? Más bien lo que uno ve en el libro de Apocalipsis es que el tormento eterno se hace en presencia del Cordero, de manera que ¿cómo escapar del Omnipotente?

Es mejor pasar la eternidad del lado de la comunión con el Señor y no del rechazo bajo su ira. El infierno fue y es una parte importante dentro del evangelio de Cristo, retomado en el último libro de la Biblia como anuncio final para advertir a los habitantes de la tierra que es mejor reconocer por buena vía la gloria de Dios. La predicación del evangelio no se puede separar de la connotación del castigo eterno del que Dios solamente puede librar; tampoco se puede desligar de la predestinación de los santos. De nuevo, esa predicación es el medio por el cual son alcanzados los elegidos del Padre; no se trata de quedarnos callados y con los brazos cruzados porque ya todo ha sido ordenado desde los siglos. Más bien decimos que la predicación del evangelio de Cristo también ha sido ordenada desde antes de la fundación del mundo para que en el tiempo oportuno dé su fruto correcto. Una cosa no quita la otra, la gracia no elimina la responsabilidad humana, el evangelio gratuito no impide que nos ocupemos de nuestra salvación con temor y temblor. El que Dios se haya reservado un pueblo para Sí no hace nulo el consejo del anuncio: arrepentíos y creed en el evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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