Mi?rcoles, 18 de abril de 2018

Muchos se preguntan a veces si ellos son de los elegidos por Dios para salvación. La respuesta está en la Biblia cuando dice: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. Muy bien, en apariencia es fácil la interpretación del mensaje, pero de todas formas conviene aclarar las aristas. Si usted llega a creer el anuncio del evangelio entonces se entiende que ha comprendido quién es ese Jesús en el que ha creído. Conocer acerca de la persona del Hijo de Dios implica también indagar en la obra que hizo.

Pero la persona y la obra de Jesucristo convergen en su doctrina. Era necesario que el Cordero de Dios fuese sin mancha alguna, sin pecado de ningún tipo. Por esa razón Jesús llegó a cumplir toda la ley mientras estuvo entre los hombres; de igual forma se ofreció como sacrificio único por todos los pecados de todo su pueblo. En consecuencia, el Hijo de Dios liberó de la cautividad a todos los esclavos del pecado que eran a su vez ovejas de su prado. En realidad él lo aseguró, al decirnos que ponía su vida por sus ovejas, que los que no creían en él no lo hacían porque no eran parte de sus ovejas. Dijo, además, que no rogaba por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado (y por los que creerían por la palabra de ellos).

Si Jesús no murió por el mundo por el que no rogó, se entiende que su expiación no alcanzó a los que forman parte de ese conglomerado, que Caín, Faraón, Judas, así como los demás réprobos en cuanto a fe, no fueron incluidos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo. Se entiende igualmente que es cierto lo que el Espíritu le reveló a Pablo respecto a Esaú odiado por Dios desde antes de su concepción. Asimismo se comprende que Jacob fue amado desde el mismo momento en que su hermano gemelo fue aborrecido.

El que ha creído en Jesucristo entiende su palabra por la sencilla razón de que ha sido enseñado por el Padre para poder ir al Hijo. En realidad Jesús declaró que nadie podía ir a él si el Padre no lo trajere, pero el que a él fuere (o fuere llevado por el Padre) no lo echará fuera. Cuando Jesucristo aseveró que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, dijo igualmente que esas ovejas que le eran propias no se irían nunca tras el extraño. Más bien, esas ovejas que le pertenecen desconocen la voz del extraño (del falso profeta, del falso maestro que pregona un evangelio diferente).

De manera que si usted es uno de los elegidos por Dios para vida eterna habrá creído en Jesucristo; pero de igual forma conocerá su doctrina y habitará en esa enseñanza completa dada por el Maestro; además, no le da la bienvenida a ninguna persona que no traiga la misma enseñanza que expuso el Señor. Por lo tanto, creer en Jesús implica conocer quién es él, saber qué fue lo que enseñó, estar seguro de lo que vino a hacer en esta tierra sin llegar a pisotear su sangre. Creer en el Señor Jesucristo para salvación implica no dejarse engañar por el extraño porque ha sido bien enseñado por el Padre y porque tiene al Espíritu Santo como garantía de esa salvación.

Esa garantía supone que se es guiado a toda verdad porque al mismo tiempo el Espíritu nos ayuda en nuestras oraciones en tanto conoce la mente del Señor. El Espíritu es uno con el Padre y con el Hijo y jamás estará en contradicción ni con la Escritura que inspiró ni con la voluntad de elección y de redención. Los tres miembros de la Trinidad Divina tienen su parte en el proceso y acto de la salvación. El que el Espíritu nos conduzca a toda verdad nos asegura que jamás estaremos sin brújula en este mundo de confusión y dolor.

Saber que uno es de los elegidos del Padre es muy sencillo, simplemente hay que creer en el Hijo para ser salvo. Recordemos que la salvación, la fe y la gracia son todos un regalo de Dios. No se nos pide nada a cambio de esa redención, simplemente se nos anuncia que fuimos comprados con sangre y por esa razón fuimos reconciliados con Dios. Ya nunca más Él se acordará de nuestros pecados, más bien se nos ha declarado que esas culpas y manchas están en el fondo del mar. ¿Quién puede encontrarlas?

El Acusador de los hermanos se encarga de señalarnos ante nuestra conciencia y ante el Padre mismo, pero tenemos un abogado: Jesucristo el Justo. Tenemos consuelo en las Escrituras al contemplar una gran variedad de personajes que siendo redimidos cometieron terribles errores pero fueron perdonados. Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo, pero no condenará a ninguno de los que eligió pues Cristo es el murió por nosotros y resucitó para estar a la diestra del Padre intercediendo por su pueblo.

La doctrina de la predestinación nos da mucha paz por cuanto es una enseñanza de Jesucristo que expone la proposición más lógica del Logos eterno e inmutable, del que vino a humanarse para entregar su vida en rescate por muchos. Tenemos la certeza de que nadie nos podrá arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre. En el número de los escogidos no se puede añadir uno más pero tampoco se puede quitar siquiera una persona. Como dice la Escritura: Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Cuando Jesús exponía parte de esta doctrina profirió una oración de aceptación: Te alabo Padre porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las revelaste a los niños...Así Padre, porque así te agradó.

Dado que la Biblia no nos sugiere que indaguemos primero si somos o no somos elegidos para salvación, debemos atenernos a su proposición general: Arrepentíos y creed en el evangelio. Ese es el llamado a toda persona que oiga este mensaje, si bien son los escogidos los que acudirán con alegría al mensaje del que pregona esta palabra.

Claro está, los elegidos perseveran hasta el final, pero saben ellos que si lo hacen es porque el Padre los ha preservado también hasta el final. Nada podemos hacer por nuestra propia voluntad o con nuestra fuerza; más bien debemos dar gracias a Dios porque siempre que caemos somos levantados por el Señor que sostiene nuestra mano. Si nos apoyásemos en nuestras obras estaríamos decepcionados, si dependiera de nuestra voluntad estaríamos renuentes a seguir al Buen Pastor. Pero se nos ha dado un corazón de carne en lugar del de piedra, con un espíritu nuevo que ama el mandato divino. Nuestra lucha cotidiana no es contra sangre y carne, sino contra las potestades de maldad que gobiernan en las regiones celestes. Por eso hacemos el mal que no queremos y dejamos de hacer el bien que procuramos.

Nos vamos dando cuenta de que los elegidos para salvación estamos hechos de la misma masa de barro que los réprobos en cuanto a fe, que la única diferencia entre cielo e infierno la establece Jesucristo como propiciación por los pecados de su pueblo. En este sentido rechazamos el otro evangelio, el que el extraño propone en muy variadas formas; ese evangelio diferente es contrario al que pregonaron los apóstoles, el Señor mismo y los demás escritores de la Biblia. Lo que no concuerda con el texto dentro de su contexto puede llamarse un pretexto del falso maestro.

Los elegidos del Padre aman estudiar las Escrituras porque les parece que en ellas está la vida eterna; de igual manera la escudriñan porque ellas son las que hablan de Jesucristo. Sin lugar a dudas podemos afirmar que la palabra de Dios es todo el día nuestra meditación, sin que nos agote ni nos fastidie. Simplemente el gozo del Señor viene a ser nuestra fortaleza. Conocer que se es uno de los elegidos es fácil, por cuanto el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. El que señala a Dios de injusto es un objetor que debe recordar que no es más que un vaso de barro forjado por las manos del Creador. No se puede gloriar el hacha contra el que la carga, ni el báculo contra la mano que lo mueve. ¿Quién es el que pleitea con el Creador? Como si la olla de barro pudiera reclamarle a su alfarero la razón por la cual la ha hecho para un determinado fin.

La ofrenda de Caín recordaba la obra de sus manos, la ofrenda de Abel señalaba al Cordero de la expiación. Son concepciones teológicas muy distintas que tienen destinos diferentes: lo que nos queda a los elegidos de Dios es agradecer por esa expiación eficaz, absoluta, por todos los que el Padre señaló. A ellos representó Jesús en el madero, como representaban también los sacrificios oficiados por los sacerdotes del Antiguo Testamento. Jamás esos sacrificios apuntaban a las otras naciones, las cuales fueron ignoradas por Dios en esta materia de salvación. La extensión de la redención de Jesucristo abarca la universalidad de los que representó en la cruz, pero nunca pretende incluir al mundo por el cual no rogó.

La pregunta inicial es también la final: ¿Es usted uno de los elegidos?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:58
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