Lunes, 16 de abril de 2018

Muchos hablan del libre albedrío humano pero muy pocos se ocupan de la libertad de Dios. Este tema toca la médula de la soberanía, sea ésta de los hombres o sea ésta del Creador. Una sola entidad es soberana, o lo es la divina o lo es la humana; no hay tal cosa como soberanía compartida. La ilusión de compartir la soberanía se vincula a la definición obtenida por el Derecho Internacional, ya que las naciones son todas soberanas hasta donde comienza la soberanía del otro país. Pero el traslado de la imagen de un terreno a otro implica una falacia por confusión del contexto. El Dios de la Biblia nos ha demostrado a través de los escritores bíblicos que solamente Él es soberano. Tenemos a la pareja Isaac e Ismael, ambos hijos de Abraham; sabemos que la promesa del Señor para con el patriarca padre de la fe fue que tendría un hijo y en él sería llamada descendencia. La promesa nos es dada a nosotros en la simiente que vendría de Isaac, por lo cual somos llamados el remanente escogido, objetos de la gracia absoluta del Todopoderoso. No los hijos de la carne son los hijos de Dios sino los hijos de la promesa; Isaac fue el hijo que tuvo Sara, y cuando se desposó con Rebeca y tuvieron los gemelos le fue dicho a la mujer que el mayor serviría al menor. Pero justo es también recordar que esos niños no habían hecho bien o mal y el dictamen sobre ellos se hizo por causa única del Elector, por propósito no de las obras sino del que llama (Romanos 9: 12). Ciertamente, Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre. El de la esclava nació según la carne, mas el de la libre según la promesa (Gálatas 4:23). Agar (la esclava) es el pacto para esclavitud, y su hijo Ismael representa el conjunto de réprobos en cuanto a fe. En cambio, Sara es la mujer libre, que evoca a la Jerusalén celestial, el pacto con los hijos de la promesa. En aquel tiempo (el de Sara y Agar) sus dos hijos estaban en disputa, en especial porque el que fue engendrado según la carne se burlaba del otro, persiguiendo al que había nacido según el Espíritu (Gálatas 4: 29). ¿No es lo mismo ahora? ¿Acaso los hijos de la obscuridad no persiguen a los hijos de la luz? En realidad, los réprobos en cuanto a fe tienen muchas funciones en esta creación de Dios. En primer lugar persiguen a los hijos de la promesa, abatiéndolos, fastidiándoles su alegría de ser elegidos. Asimismo, su hostigamiento induce a los creyentes a buscar más refugio en el Dios de Abraham para evitar el escarnio y la molestia. Por otro lado, los réprobos en cuanto a fe en tanto vasos de ira, están colocados para que Dios exhiba su poder y para que se proclame el nombre de Dios en toda la tierra. Además, el contraste entre el esclavo y el libre hace apreciar con más fuerza la libertad que tenemos en Cristo Jesús. Otra pareja de oposición que demuestra la libertad de Dios en cuanto hace la conforman los hermanos gemelos Jacob y Esaú; el primero es el menor pero vino a ser el amado por Dios, mientras el segundo (el mayor) fue odiado por Dios. Ambas cosas (odio y amor) acontecieron antes de ser concebidos, antes de que ellos hicieran bien o mal. Una vez más la Escritura insiste contra las obras y a favor de la gracia absoluta y soberana de Dios. Pero el amor de Dios se manifiesta en los vasos de misericordia que había preparado de antemano para gloria (Romanos 9: 23), lo cual contrasta en grado sumo con el odio demostrado para con Esaú. Gran desafío hace el Espíritu Santo al inspirar a Pablo para que escribiera las palabras de gran reto contra la humanidad: ¿Y qué hay si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira que han sido preparados para destrucción? ¿Y qué hay si él hizo esto, para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia que había preparado de antemano para gloria...? (Romanos 9: 22-23). Siempre se alega que hay injusticia en Dios por no haber amado a Esaú, por haberlo odiado aún antes de que fuera concebido. Así como el hijo de la esclava molestaba al hijo de la promesa, hoy día los que pertenecen al conjunto de Esaú atormentan a los elegidos de Dios diciéndoles que el Señor es injusto. La ira del réprobo se demuestra de muchas maneras, en especial contra la iglesia de Cristo. Intentan colarse en sus filas y desde bien adentro toman los púlpitos para enseñar la torcida doctrina de la salvación por obras. Claro está, ante la alta evidencia bíblica en contra de lo que enseñan asumen públicamente que la salvación es de gracia y por gracia, pero al final de todo reconocen que el hombre sigue teniendo libertad para tomar la decisión por Jesucristo. De esta forma dibujan un Jesús que sufre todavía por los malhechores, que pareciera estar colgado del madero a la espera de un alma que le tienda su mano. Ellos dicen que Dios se despoja de su soberanía por un instante ante cada ser humano, para que éste no se sienta violentado en su libertad suprema. De esta forma el hombre le coloca a la gracia de Dios un poco de su propia fe, de su propia decisión, de su propia lucidez. Pero la Escritura nos ha enseñado de muchas formas; sabemos que Abraham estaba ya viejo y Sara tenía la matriz seca, habiendo intentado una y otra vez que la promesa de Dios se cumpliera. Incluso la brillante idea de Sara de tener un hijo en Agar no sirvió para su propósito, sino para el de Dios. Y es que el Señor quiso demostrar a través de la experiencia de esa anciana pareja que su promesa no requiere ningún esfuerzo de parte nuestra, que por mucho que hagamos para que una persona sea salva el resultado será inútil. Solamente cuando llega el tiempo de Dios la promesa aparece para su cumplimiento. Los esfuerzos carnales de Sara y Abraham para dar cumplimiento a la promesa de Dios de que tendrían un hijo nos sirven para reconocer que es inútil nuestro intento. De hecho, una vez más el Espíritu inspiró a Pablo para recordarle lo dicho a Moisés, que Dios tendrá misericordia de quien quiera tenerla y se compadecerá de quien así lo desee. Pero que igualmente endurecerá a aquellos que quiere endurecer. ¿Y quiénes somos nosotros para contrariar y altercar contra el Creador? Somos ollas de barro en manos del alfarero. Una tercera pareja que ilustra la libertad de Dios en lo que hace es la de Moisés y el Faraón de Egipto. Dios llamó a Moisés y le dijo que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a Israel de su territorio, pero que de todas formas él debía recibir el mensaje de parte del Señor de dejar ir libre a su pueblo. Esto recuerda mucho a Jesús hablando en parábolas para que no lo entendieran y no se arrepintieran y tuviera él que salvarlos. De una forma u otra Dios le dice al Faraón de Egipto que lo había levantado para mostrar en él el poder divino y para que el nombre del Señor fuese proclamado. Es el mismo Dios soberano que actuó sobre el rey de Asiria, el mismo que operó en la voluntad de Ciro, el que hizo incluso al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Y ese Moisés que se antepone al Faraón fue el mismo que le pidió a Dios el favor de ver su gloria. La respuesta de la gloria de Dios no fue otra que la de que Él haría pasar toda Su bondad delante de él, y que proclamaría el nombre de Jehová delante de su siervo Moisés. Pero no fue solo eso, sino que Dios añadió: Tendré misericordia del que tendré misericordia y me compadeceré del que me compadeceré (Éxodo 33:19). Esa misericordia se extiende a cada uno de los que Él ha reservado para salvación a través de Jesucristo, por la gloria de su gracia. Esa misma gloria pasa por nuestra faz, la gloria de Jesucristo enviado a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). En resumen, tres parejas en oposición que exhiben tanto el poder de Dios para condenar como la gloria del Creador para salvar. Ismael, Esaú y Faraón son ejemplo de la reprobación de Dios, aún desde antes de la fundación del mundo. Isaac, Jacob y Moisés son el prototipo de los regenerados, de los que el Padre envía a Jesucristo para que los redima, por cuanto el Hijo murió por todos los elegidos del Padre, por todo su pueblo. Muchos todavía se preguntan, ¿En qué nos ha amado el Señor? ¿Acaso Esaú no era hermano de Jacob y también tuvo que ser amado por cuanto Dios es amor? Pero Dios responde que en efecto amó a Jacob y odió a Esaú, que los montes de este último los convirtió en desolación y su posesión fue dada a los chacales del desierto. Y si Edom dijere que volverá a edificar las ruinas, Jehová le replica que Él destruirá de nuevo. Por cuanto el territorio de Edom (o de Esaú) es territorio de impiedad, pueblo contra el cual Jehová se ha airado para siempre (Malaquías 1: 1-4). Dios está airado todos los días contra el impío, pero los falsos maestros levantan nuevos edificios para adorar a un dios que no puede salvar. Ellos construyen vidas nuevas, sometidos a regímenes de moralidad y ética, copiando textos de la Escritura y pegándolos fuera de contexto, para demostrar que Jehová está equivocado al haberlos destruido. El Señor fue muy claro al decirle a Malaquías que Él destruiría de nuevo si Edom construyere a partir de sus ruinas. Su propósito es absoluto, determinado, sin que nadie pueda lograr cambiarlo. Él dijo y acontecerá sin lugar a dudas. Pero para los que hemos sido llamados, para los que hemos creído en el Dios soberano que hace como quiere, la buena noticia es que nadie nos podrá separar de su amor eterno que nos prolonga su misericordia. Todas las cosas nos ayudarán a bien porque hemos sido llamados conforme a su propósito. Hemos creído el verdadero evangelio que pregona todo el consejo de Dios, sabiendo que el evangelio del extraño no puede salvar ni a una sola alma. Huid de Babilonia, es el decir del Señor, no participéis de sus plagas y arrepentíos de su mala conciencia respecto a quien es el Señor. Creed en el evangelio y proclamad que solamente el Dios de la Biblia puede salvar, porque ciertamente Dios es libre de hacer lo que quiera.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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