Mi?rcoles, 11 de abril de 2018

Fuimos reconciliados con Dios de parte del Hijo, cuando en un madero tuvo que padecer el castigo atroz que el Padre ordenó. Fueron los hombres y mujeres de su tiempo quienes le injuriaron y gritaron ante Pilatos para que le crucificaran; fue Satanás quien ganó los corazones de aquella gente para que hicieran con su maldad las cosas terribles que el Señor tuvo que experimentar en su cuerpo y en su alma. Pero fue Dios quien decretó desde antes de la fundación del mundo que todo aquello aconteciera, de acuerdo a su sabiduría eterna y según  el propósito de su voluntad.

El Padre también lo abandonó en la cruz y el Hijo tuvo que preguntar por qué lo había dejado a un lado. No hay otra respuesta sino que Jesús fue hecho pecado y cargó con todos los errores o pecados de todo su pueblo. Esa fue la manera en que expió la culpa de sus ovejas, derramando su sangre como una ofrenda que pagaba por completo la compra de los suyos. A partir de ese instante fuimos reconciliados los elegidos desde antes de la fundación del mundo, si bien es en el momento de nuestro llamamiento eficaz cuando experimentamos esa reconciliación.

Somos llamados a ser santos por cuanto Dios es santo. La santificación es la separación del mundo. Recordemos que ese mundo por el cual Jesús no rogó es parte del principado de Satanás y nosotros todavía estamos en ese terreno. Pero hemos sido llamados a ser la sal y la luz de la tierra, somos cartas abiertas leídas por todas las personas que nos conocen. El enemigo de las almas está pendiente para acusarnos (es llamado el Acusador de los hermanos, en el libro de Apocalipsis), pero tenemos un abogado para con el Padre.

Ni los idólatras, ni los homosexuales, ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los mentirosos, ni los homicidas, ni los borrachos y un gran etcétera heredarán el reino de los cielos. Sin embargo, Pablo dice que muchos de nosotros practicamos en un tiempo estas cosas, pero se nos advierte que no seamos engañados creyendo que por estar en la gracia podemos tener licencia para tales hechos punitivos por Dios. El mundo ha predicado una relatividad del pecado, dando a entender que lo que antes era considerado pecaminoso por la penumbra cultural del momento ahora es permitido. Muchos creen que para poder estar en consonancia con la cultura del presente se puede practicar tales hechos auspiciados y estimulados por muchos medios de comunicación.

Pero toda esa cantidad de pecados son considerados injusticias ante Dios. No debemos engañarnos al caer en prácticas de esa lista que se extiende: tampoco heredarán el reino de Dios los ladrones, los avaros, los estafadores, los hechiceros, los calumniadores, los incrédulos, los abominables, entre otros (1 Corintios 6:9-11; Apocalipsis 22:15; Efesios 5:5). A pesar de esos pecados, los redimidos han sido lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de Dios.

Hay heréticos, apóstatas, perseguidores de la iglesia, los que son voraces en lascivia, los que se gozan de la mentira y rechazan la verdad. Estos son personajes que comparten el carácter de anticristo, sea porque los falsos maestros dicen que vienen en lugar de Cristo o como los que se oponen directamente a él. Hay también los que se dedican a la mentira, al chisme pernicioso, pero en especial a la mentira doctrinal. Estos son los que tuercen las palabras de la Escritura y se entregan a su interpretación privada.

Lo importante para el creyente es que aunque cayere muchas veces en el pecado será levantado, en razón de que ya ha sido lavado con la sangre de Cristo. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Pablo y Juan advierten a la iglesia que esos pecados no pueden ser cometidos por la asamblea del Señor, que son una vergüenza y mancha en las reuniones, ya que la práctica de los mismos es un claro indicio de no haber sido redimido. Acá se cumple lo que Juan también dijo, que salieron de nosotros pero no eran de nosotros.

La remisión de pecados supone que el redimido estuvo contaminado en su más profunda raíz, por cuanto ha sido concebido en pecado y formado en iniquidad. De lo impuro no puede jamás salir algo puro, por lo cual se hizo necesario que alguien completamente limpio de toda culpa, sin pecado alguno, se hiciese pecado por causa de los elegidos. Pero el corazón continúa pecando, y el ser humano contamina su mente y su conciencia al servicio del pecado, incluso el cuerpo se presta para la ocasión de caer. Pablo sabía el conflicto que en su alma había porque a pesar de su conversión y de que era un apóstol del Señor hacía el mal que no quería hacer; tampoco podía hacer siempre el bien que deseaba. Vaya conflicto el del creyente, una batalla interna, pero con feliz resultado en virtud de la claridad teológica que tengamos.

Al saber que la salvación es por gracia (pero no por una gracia otorgada en ficción, como algunos suponen), que es actual y real y no potencial, comprendemos que Dios nos amó a pesar de nuestros pecados. Cuando nos perdonó en Cristo no sólo perdonó los pecados pasados sino los presentes y los del día de mañana. Eso es asombroso y es también la única forma de poder consumar nuestra salvación. Si dependiera de nosotros la perseverancia, sin que hubiera preservación en las manos del Señor y del Padre eterno, nadie sería salvo. Somos llamados a perseverar porque estamos preservados en Cristo, como Pablo lo enseñó en su carta a los Romanos capítulo 7: él daba gracias a Dios por Jesucristo el único que podía librarlo de ese cuerpo de muerte.

Si la ley ordenaba asuntos del hacer y del no hacer, proponiendo la conducta ideal delante del Creador, el evangelio no se queda atrás. También ordena cosas del hacer y del dejar de hacer. La Biblia nos exhorta a dejar las cosas viejas de antes, las malas costumbres, las erróneas conductas; el que hurtaba ya no hurte más, dice el apóstol Pablo. La inmensa cantidad de pecados que a veces cometemos nos recuerda el malestar que supone andar sumergido en las pocilgas. Como el hijo pródigo junto a los cerdos recordamos el largo camino de regreso a la casa del Padre. Pero es mejor obedecer que pecar, pues en la obediencia hay la recompensa inmediata de la paz mental, de la alegría del espíritu humano. En cambio, el cristiano que peca debe saber que no ha de practicar el pecado sino que tiene que acudir de inmediato a su abogado intercesor, a Jesucristo el Justo.

El resumen de lo dicho consiste en que la reconciliación y la santificación van de la mano. Ambas cosas ha hecho el Señor para nosotros, pero se nos manda a seguir siendo santos, a santificarnos más (que no es otra cosa sino separarnos más del mundo y sus atractivos deleitosos). Una de las formas más eficaces para alcanzar esa separación consiste en la oración y el estudio de las Escrituras. Hemos de orar para no entrar en tentación, hemos de vigilar porque no sabemos cuándo viene el tropiezo.

Decíamos que si la ley ordenaba lo imposible para cumplir lo hizo en la forma en que un maestro guía a su alumno. En realidad la ley fue el Ayo que nos llevó a Cristo; por ella sabemos que es imposible para el ser humano alcanzar el perdón por asuntos del hacer y no hacer. Solamente los sacrificios hechos en función del Mesías que habría de venir lograba el perdón de los penitentes de otrora. Hoy día, con el evangelio también se agigantan los asuntos del hacer y no hacer, pero de igual forma el evangelio nos lleva a Cristo como el Mesías que vino y se ofreció de una vez y para siempre como rescate por el pecado y por los pecadores que conforman su pueblo.

No es vana la admonición que se nos ha hecho de andar en la pureza de la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Pero el que se nos haya dicho que nos ocupemos de nuestra salvación con temor y temblor no implica que vayamos a perder algo que el Padre nos ha regalado. Simplemente es el recordatorio del valor de esa salvación, la sangre derramada por Jesucristo con tanto sufrimiento en el madero. Eso no puede ser pisoteado, mucho menos subestimado por un hijo de Dios. Al contrario, cuando se nos dice que nos ocupemos de esa salvación se nos recuerda igualmente esa larga lista de pecados que el creyente no ha de practicar. Y si alguno hubiere pecado, tenemos abogado para con el Padre, como lo afirmó Juan en una de sus cartas.

Ese es un recordatorio para nosotros, para mantenernos en la santificación, porque no creemos que por nuestras fuerzas alcancemos mérito alguno como para no caer nunca en pecado. Más bien decimos junto con Pablo que agradecemos a Dios por Jesucristo quien nos librará definitivamente de este cuerpo de muerte.

Nuestra santificación en el Espíritu yace en el principio de que se nos ha dado vida en nuestras almas. La luz del entendimiento que nos declara la faz de Jesucristo, junto a la implantación de la gracia soberana, nos preparan para vivir el día a día; aunque no siendo perfectos aún en nuestra historia y mundo de pecado, sabemos que Cristo empezó una obra en nosotros que la perfeccionará hasta el final. Hemos sido justificados por la justicia de Cristo, lavados por su sangre y santificados por el Espíritu de Dios, una garantía de salvación eterna que nos devuelve el gozo de la redención.

Conviene, pues, mirar la lista de las cosas que Dios abomina, para sentir temor reverente y ocuparnos una vez más de nuestra salvación con mucho entusiasmo. Recordemos también que tenemos dos intercesores poderosos: 1) el Hijo ante el Padre, como nuestro abogado; 2) el Espíritu Santo en nuestros corazones traduciendo la mente del Señor para nosotros y ayudándonos con nuestras súplicas. De esa forma saldremos victoriosos frente a la lista interminable de las obras de la carne.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:43
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