Mi?rcoles, 04 de abril de 2018

En el encuentro entre Jesús y Nicodemo el Señor le dijo que era necesario nacer de lo alto. Siempre se ha traducido como nacer de nuevo pero más allá del tecnicismo lingüístico se entiende el sentido de la frase. Lo interesante es que el Señor no le sugirió a Nicodemo que procurara nacer de nuevo, no le dijo que debería intentar hacer ciertas cosas, de acuerdo al mandato de la ley de Moisés. Sabemos que Nicodemo era uno de los doctores de la Ley y que estaba acostumbrando a cosas de hacer y de no hacer.

La ley en general ordena la conducta del hombre en sociedad; la ley de Moisés hablaba también de la conducta del hombre ante Dios. Pero eso de hacer y dejar de hacer era una costumbre entre los maestros de la ley de Moisés, por lo que si Jesús hubiese querido atrapar la atención del doctor Nicodemo le hubiera dicho que trabajara para lograr el nuevo nacimiento. Más bien lo que le dijo es que el que no naciere de lo alto no podía ver el reino de Dios.

Ese reino tan esperado por los judíos, por el pueblo de Israel en general, de acuerdo a lo que por la cultura educativa ellos habían aprendido, necesitaba un recaudo no adquirido por voluntad humana. Pero uno conoce que Abraham (aún antes de la ley) fue justificado por la fe en el Mesías prometido (porque a través de Isaac, su hijo, vendría la promesa de salvación). ¿Cuál promesa? Aquella del Génesis 3:15, por la simiente de la mujer que le daría en la cabeza a la serpiente. Todos los santos del Antiguo Testamento no tuvieron otra justificación sino la de creer en esa promesa; todos los sacrificios hechos por los sacerdotes de la época eran apenas una sombra de lo que habría de venir: el Cristo como Cordero de Dios, inmolado por los pecados de su pueblo.

Los judíos buscaban un Mesías judío y Jesús cumplía con esa condición de la profecía. Era por vía humana descendiente de David, aunque también era su Señor por vía divina. Es la elección de la gracia lo que lo hace a uno miembro del reino de Dios, no lo es el hecho de ser doctor de la ley. Y Nicodemo no sabía eso, muy a pesar de que el Antiguo Testamento también lo había enseñado (Ezequiel 36: 25-27). La idea del nuevo nacimiento no era novedosa. Eso se desprende de la pregunta de Jesús a Nicodemo: ¿Eres tú maestro de la ley y no sabes esto? Un maestro de la ley acostumbrado a la lectura y estudios de sus textos debe conocer lo que se exponía en el Antiguo Testamento.

Ezequiel había declarado que Dios quitaría el corazón de piedra y lo cambiaría por uno de carne, que además nos daría un espíritu nuevo (todo eso es nacimiento de lo alto, por cuanto lo hace Dios directamente). Así como el Creador sopló aliento de vida en su modelo de arcilla para darle espíritu de humano, también nos da el nuevo nacimiento dándonos su Espíritu a los que Él ha elegido para tal fin. Es lo que escribe el salmista (Salmo 110:3) referente a la voluntad del pueblo de Dios en relación al día del poder del Señor (del nacimiento de lo alto). 

En el Antiguo Testamento hablaban de la circuncisión del corazón hecho por el Señor (Deuteronomio 30:6); pero también se decía que cada quien dentro de la congregación de Israel estaba en el deber de circuncidar su corazón, como un compromiso sincero ante el Dios de la redención (Jeremías 4:4). Este texto refiere al compromiso de la buena conducta para evitar la furia de Dios. A los no circuncidados en su corazón Dios los consideraba extraños en su congregación y les impedía que entraran en su santuario (Ezequiel 44:9). Pero el contexto nos demuestra que era imposible para el hombre cumplir ese mandato.

Se llegó a comparar a Judá con naciones incircuncisas como Egipto y Edón, Amón y Moab, con el agravante de que la casa de Israel era también incircuncisa en el corazón (como las otras naciones: Jeremías 9:26). La costumbre bajo la ley de Moisés era dar mandatos y ordenanzas al pueblo, para que hiciera y dejara de hacer. Así se le dijo a la nación de Israel que se circuncidara el corazón, más allá de que no pudieran hacerlo. Recordemos que nadie fue salvo bajo la ley, sino todos los salvados lo fueron bajo la gracia (aún en el Antiguo Testamento); así parece enseñarlo Pablo en su carta a los Romanos. Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo que era necesario nacer de lo alto, pero que eso no dependía de voluntad humana (ni de padre ni de madre) sino sólo de Dios.

A pesar de la gran referencia en los textos del Antiguo Testamento, Nicodemo ignoraba lo del nuevo nacimiento. Era un maestro de la ley sumido en la formalidad de la misma pero negaba su espíritu. El espíritu de la ley de Moisés apuntaba hacia el Mesías que habría de venir, el mismo que en ese momento estaba frente al hombre de la ley. El entendía a medias, suponía que Jesús era uno de los profetas enviados por Dios debido a sus grandes maravillas operadas, pero él era solamente otro doctor de la ley que no había nacido de lo alto. Su confusión era enorme.

Los creyentes hemos sido circuncidados en Cristo, con una circuncisión no hecha con manos, al despojarnos del cuerpo pecaminoso carnal mediante la circuncisión que viene de Cristo (Colosenses 2:11). Los gentiles nunca fueron obligados a circuncidarse en la carne, pero los israelitas sí lo fueron. Esa obligación los ataba a toda la ley de Moisés, mas por no poderla cumplir totalmente eran responsables de toda ella. Nadie fue perfecto sino solamente Jesucristo quien pudo cumplirla a cabalidad. El Cordero sin pecado fue hecho pecado por causa de su pueblo. Nosotros como miembros de su iglesia somos circuncidados en el corazón, si bien no necesitamos la circuncisión de la carne.

Esta circuncisión se ha hecho una vez que el Espíritu de Dios nos ha tomado y ha quitado el corazón de piedra perverso en gran manera. Nuestra dureza como de roca sólida fue quitada y removida (por lo cual ahora aborrecemos el pecado en toda su dimensión), pero esa operación no fue realizada por ángeles del cielo, ni por medios humanos, sino por Dios directamente. Sabemos lo que la ley ordena, y les fue ordenado a los israelitas que se circuncidaran el corazón y no solamente su prepucio (Deuteronomio 10:16). Sin embargo, nadie pudo cumplir la ley y a pesar de ese mandato lo que hubo fue frustración en abundancia por causa del pecado. Con todo, la misericordia de Dios prometió para su pueblo la circuncisión del corazón (Deuteronomio 30:6). Lo que fue un mandato que nadie pudo cumplir por habilidad propia se convirtió en una promesa por el Dios viviente que ama con amor eterno a su pueblo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:29
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