Martes, 03 de abril de 2018

Uno de los grandes miedos del pueblo de Israel cuando escapó de Egipto fue morir en el desierto. Los milagros vividos por la mano de Moisés y operados por el Dios de su liberación parecieron  borrarse por efecto del sol y del calor. Rápidamente el pueblo volvía su mirada al sitio de esclavitud; la gran masa de esclavos liberados pensó que en Egipto se comía de gratis. Estaban acostumbrados al maltrato del Faraón y sus allegados pero tanto anhelaban volver que la memoria se llenó de los melones, de los ajos y otras suculentas comidas que allá ingerían.

Lo cierto era que no toleraban el mandato de Moisés; eran unos desesperados que mientras su líder estuvo hablando con Dios hicieron un becerro de oro. Fue un duro trabajo el de sus líderes para poderlos orientar a través de los cuarenta años en que estuvieron en el desierto donde definitivamente temían morir. Porque los que entraron a la tierra prometida fueron sus hijos y no fue esa generación cautiva al pecado, por lo cual Egipto representa en la Escritura la esclavitud del mundo, el atractivo de su fuerza y majestad terrestre, el disparate de la adoración a cuanta criatura creían que era Dios.

Sin duda Dios tenía un propósito en todo este tránsito y siglos más tarde revela parte de su intención a través del apóstol Pablo: En Isaac sería llamada descendencia. No todo Israel es salva, ni por ser ellos israelitas eran tenidos en cuenta, sino que en Isaac continuaría la promesa del Génesis 3:15. El Mesías que tendría que venir lo haría por la línea de Isaac y todos los que sacrificaban en relación a la ley de Moisés, siempre que lo hicieran con la mirada puesta en el que habría de venir, era redimido. Porque aquellos sacrificios eran apenas una sombra de lo que ocurriría después, hasta que Jesucristo se ofreció como Cordero sin mancha por el pecado de su pueblo elegido.

Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia. Abraham no hizo ninguna obra para agradar a Dios sino que aquello que realizó fue agradable al Señor porque él había creído en la promesa que Dios le había hecho. Pero no podemos negar jamás que Abraham fue escogido por Dios para hacerle tal promesa. No vino esa promesa por la línea del Faraón, ni por la línea de los pueblos y naciones que había entonces. Más bien Dios había reservado al Faraón para endurecerle el corazón y mostrar la gloria de su  ira a través de los siglos en toda la tierra.

Vemos entonces que hay dos líneas paralelas designadas por el Creador desde la eternidad. Por una línea podemos ver el cúmulo de réprobos en cuanto a fe, los que siempre negarán al Dios viviente, los que se acercan a un dios que no puede salvar, los que tienen como locura la palabra divina. Por la otra línea vemos a los elegidos para salvación, los que a pesar de estar en el mundo, metidos incluso en Babilonia, son llamados eficazmente para redención y para huir de donde están. Tal vez las ovejas del Señor se encuentran mezcladas con las cabras, hasta que el Buen Pastor las llama por su nombre; es entonces cuando ellas comienzan a seguir al Buen Pastor y a huir del extraño.

Por esa razón se predica el evangelio a toda criatura a la que se pueda predicar, para que los llamados por el Padre oigan su voz y sean alcanzados por su palabra eterna e inmutable. Los otros, los que pueden también oír el evangelio, pero que no vendrán jamás, acarrearán mayor condenación. Así está escrito en la Biblia y así tendrá que acontecer. Esto no gusta mucho a las personas que también se disgustan por otros textos que les parecen duros de oír. Y es que la palabra del Señor corta más que un filo agudo, penetra hasta partir el alma y como lámpara muestra la suciedad del pecado.

Hoy día la gente oye la palabra predicada y sigue temiendo morir en el desierto. Ellos recuerdan los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, tienen como mejor el atractivo del mundo antes que los deleites del evangelio. A esas personas les da temor morir en el desierto porque no quieren pasar por la soledad del evangelio. Ellos temen quedarse sin compañía en este mundo del que son partícipes, pero no saben que cuando mueran morirán como los viejos israelitas bajo el sol y la arena. ¿No es éste un mundo desolado, lleno de aridez en el trato de sus habitantes? En realidad han sido apartados para reprobación, nutridos con espíritu de engaño para creer la mentira. Dos razones se dan en la Biblia para que esto ocurra: 1) Ha sido el designio de Dios cuando los endureció para tal fin; 2) Ellos no quisieron oír ni amar la verdad.

Vemos que esas dos razones se mueven en dos espacios diferentes, aunque al final de todo son concurrentes. Primero que nada vemos una metafísica en la que Dios actúa fuera de nuestro tiempo y aún en la eternidad; Él tiene un propósito al haber hecho al malo para el día malo. Segundo, entendemos que el hombre por naturaleza no desea a Dios, por esa razón odia la verdad revelada en la Escritura y se da a la fábula religiosa. Lo segundo es prueba irrefutable de lo primero pero jamás será la causa. Es decir, Dios ordenó todo lo que habría de acontecer sin estar motivado por el objeto sino por su sola voluntad inmutable. En consecuencia, todo lo que nos acontece en este espacio-tiempo ha sido ordenado de antemano.

Además, entendemos que si hay un grupo elegido es porque existe otro rechazado y viceversa. Proverbios 14:12 nos dice que hay caminos que al hombre le parecen bien pero su fin es de muerte. La decepción viene en muchas formas y maneras, pero su fin siempre conduce a morir en el desierto. El corazón del hombre natural es perverso y nadie lo puede entender, de manera que lo malo es llamado bueno y lo bueno malo. En Mateo 24:4 el Señor nos advierte para que no seamos engañados, pero en 2 Tesalonicenses 2: 11-12 Pablo nos asegura que Dios envía decepción y engaño a aquellas personas que se han deleitado con la mentira y que no han querido aferrarse a la verdad. Entonces, Dios les envía la falsa doctrina con el falso maestro para que se adhieran a la mentira y perezcan. Eso es una sentencia terrible, pero sabemos que eso recaerá siempre en los réprobos en cuanto a fe (porque el diablo tratará de engañar a los escogidos, si le fuere posible, lo que nos indica que no le será posible).

Satanás es por naturaleza un engañador y un mentiroso. Atrapó a Judas, manipuló a Pedro para que negara al Señor, le mintió a Eva en el Edén cuando le aseguró que no moriría por desobedecer al Creador. Por supuesto, Dios es quien controla todo, incluso al malo para el día malo. Pero en esta historia somos llamados a tener cuidado, a que nadie nos engañe, porque muchos falsos profetas y falsos maestros andan por el mundo, desde hace siglos, enseñando herejías destructoras, negando incluso al Señor que dicen ellos que los compró. Claro, todo el mundo es bueno en su propia opinión, y si alguno causa algún daño a otro siempre tendrá una excusa para poder ser tomado como una persona proba. Pero nuestro deber es probar a los espíritus (a las personas) para saber si son de Dios.

La Escritura dice que lo que el impío teme eso le vendrá, de manera que aquellos israelitas temían morir en el desierto por causa de su impiedad, asunto que les vino. Por su testarudez estuvieron dando vueltas 40 años en esas arenas, cuando el camino hacia la tierra prometida era apenas de 11 días de viaje. Dios los castigó pero educó a la nueva generación para que tomara posesión de la tierra otorgada; bueno ha sido el que todas esas cosas se hayan escrito para nuestro beneficio. Saquemos las lecciones que debamos tomar de esa experiencia del pueblo escogido para ser portador del mensaje de la promesa.

Sabemos que Dios no ama a todo el mundo, como se demuestra claramente con el hecho de haber escogido a Israel de entre todos los pueblos de la tierra. A las demás naciones pasó por alto en ese tiempo, si bien no todo Israel era escogido para salvación sino solamente los que en Isaac fueron dejados como remanente. Asimismo hoy día, cuando el evangelio es anunciado a todas las naciones no todos oyen ni todos vienen. Eso se debe a que siempre es en Isaac, de acuerdo a la promesa, asunto que Jesucristo enseñó una y otra vez. Él dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevare; también dijo que no rogaba por el mundo sino por los que el Padre le había dado (que incluía a los que creerían por la palabra de los discípulos). El vino a morir en exclusiva por su pueblo, al cual salvaría ineludiblemente de sus pecados (por eso dijo en la cruz que todo había sido concluido en forma perfecta).

Aunque suene muy lógico nadie puede alegar que ha sido predestinado para perdición y que por eso no puede creer. El deber ser de cada quien es arrepentirse de la percepción que tienen acerca de Dios, tal vez tengan una imagen de un dios impotente, colgado en el madero, a la espera de un alma caritativa que le diga que sí. Es bueno arrepentirse de creer en esa forma divina para pasar después a creer en el evangelio, la buena noticia de parte de Dios de salvación para su pueblo escogido. Ese es el llamado para que cada quien se examine a sí mismo y sepa en quien realmente ha creído.

En la oración modelo de Jesús descubrimos que hay un momento en que se pide a Dios que no nos meta en tentación. Es decir, hay un ruego al Padre para que no nos envíe espíritu de engaño, para que no nos deje pasar por ese suplicio del engaño de la trampa doctrinal del enemigo de las almas. No queremos morir en el desierto, no deseamos dar vueltas por una región desolada, no esperamos que el tentador nos acuse ante nuestra conciencia por las tentaciones ante las que hemos caído. Para eso debemos orar y vigilar, para no caer en la trampa dispuesta para los incautos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:24
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