Lunes, 26 de marzo de 2018

Hoy día vemos que un gran conglomerado de personas religiosas se lanzan a la protesta contra el maná. Las nuevas generaciones ven como aburrido tener que comer siempre el mismo tipo de alimento; por esa razón reclaman la variación existente en los exteriores de sus templos o sinagogas. Afuera existe una amplia gama de platos para disfrute del paladar, sin que importe la desnutrición que conlleve una alimentación deficiente. En parte le sucedía al pueblo de Israel en el desierto, se quejaba de comer el maná todos los días, aunque no tenían que sembrar ni cosechar.

Jesucristo dijo que él era ese maná descendido del cielo, que él era la verdadera comida enviada por el Padre. El que de él comiere y bebiere no tendrá hambre ni sed nunca jamás. Él es el alimento para vida eterna, pero de nuevo muchas personas protestan porque desean tener un maná más conocido en las partes externas de sus congregaciones. Tener a Jesucristo reservado para los que el Padre envíe no les parece suficiente a los que anhelan cantidad, algarabía, entusiasmo colectivo. De allí que les urge ampliar el llamado y hacer más atractivo el maná del cielo.

Claro está, lo que no saben quienes así piensan y actúan es que ese alimento celeste no puede ser combinado con nada que pertenezca al mundo. El veneno con el agua limpia no se depura en lo más mínimo, sino que contamina todo en lo que se mezcla y hace daño mortal. El alimento del cielo no purifica el forraje de los cerdos sino que se hace inútil por cuanto no existe comunión entre Belial y Jesucristo, entre lo limpio con lo inmundo.

La soteriología es el estudio de la salvación que Dios hace de los hombres. Ese término proviene de un vocablo griego σωτρ, soter, con el significado de salvador, preservador y liberador. Y este término se vincula con el verbo σζω -soso, que significa salvar, rescatar, preservar. La sotería σωτηρα es la salvación o preservación, implica la seguridad y garantía para estar a salvo, incluso toca el ámbito de la salud del cuerpo. En el sistema de salvación descrito en la Biblia -el que los teólogos han denominado soteriología- se puede encontrar que la gracia domina de principio a fin. En realidad ha habido un solo pacto en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, el pacto de redención y gracia. Porque nadie puede decir que fue salvado por medio de la ley de Moisés, ya que ella no redimió a nadie sino que nos condenó a todos. Pero todos los sacrificios que se hicieron bajo la administración de la ley apuntaban como una sombra a Jesucristo como el consumidor de aquellos símbolos. De manera que Dios estuvo desde el principio ordenando el modelo expiatorio, educando al pueblo en tal actividad y preparando el escenario en que se manifestaría el Cordero guardado para la expiación de su pueblo.

Pero como el pueblo se cansó del maná en el desierto y pidió comida, el Señor les envió codornices para que comieran y las vomitaran. Asimismo hoy día la gente se cansó de la doctrina de Jesucristo y pidió algo más alegre, más en consonancia con los de afuera, de forma tal que Dios también los entregó a toda suerte de doctrinas de demonios. Aparecieron desde muy antiguo muchas falsas doctrinas, pero hoy en día retomaron una de vieja data y la hicieron su novedad. Se trata del universalismo en la expiación, lo que conduce a la autosoteriología (una auto salvación que el hombre procura para sentir que está ocupado en los asuntos de su alma).

A esta auto-salvación se llama también sinergia o sinergismo en el ámbito teológico, por cuanto el término denota un trabajo conjunto entre dos personas como mínimo. En este caso sería una labor entre Dios y el hombre, por lo que se dice que ya Dios hizo su parte y ahora le toca a usted hacer la suya. Pero este autosoterismo asume que el hombre tiene la habilidad total o parcial para salvarse a sí mismo, fundamentado en un axioma erróneo que sugiere que Dios ama a todo el mundo, incluso a los réprobos en cuanto a fe, creados para presa y destrucción por Él mismo.

Al aceptarse la noción de que Dios desea la salvación de todo el mundo, se predica un evangelio divorciado de la naturaleza de la ley. Esa naturaleza consiste en llevar a los pecadores ante Cristo, puesto que como nadie puede cumplirla al hombre no le queda otra opción que mirar hacia la justicia de Dios que es Jesucristo. Pero con esa forma extraña de auto-salvación (o de salvación ayudada) el hombre se hace más fuerte que la ley y supone que ha hecho algo bueno para su alma. El cree que hizo su parte, que levantó la mano, que dio un paso al frente, que hizo una oración asistida, que se propuso creer en Cristo, como si su muerte espiritual fuese apenas un sueño, como si sus delitos y pecados no causaran enemistad entre él y su Creador.

El nuevo maná es un alimento confortable para la mente natural. Es un maná que el hombre puede cultivar y no necesita esperar a que caiga del cielo; de esta forma su preparación lo entretiene en el oficio religioso y no tiene que estar mirando mucho en la palabra de Dios. Ahora, desde el nuevo púlpito se predica solamente la benevolencia de Dios hacia todos los hombres en general. La nueva teología de este maná cultivado en la tierra excluye la justicia de Dios junto con su ira hacia los impíos y se habla incluso de gracia general para cada uno de los habitantes del planeta. Si la Biblia dice que el hombre murió en delitos y pecados, sin que quedara ni un solo justo ni una persona que buscara al verdadero Dios de las Escrituras, el nuevo manual de esta nueva teología anuncia que el hombre no está del todo caído sino que tiene habilidades para acudir a Jesucristo cuando lo desee. Si antes se hablaba de predestinación divina ahora se le da vueltas al concepto y se dice que Dios previó lo que sucedería, que miró por el corredor del tiempo y conoció los buenos corazones que esperaban la salvación. Por supuesto, si se acepta que hay condenación ésta se atribuye únicamente a la desobediencia humana, al rechazo que hacen del Dios que sufre y sigue colgado de la cruz esperando por el milagro de un alma que se le acerque.

El maná cultivado en la tierra produce euforia teológica, y los religiosos del momento se dedican en consecuencia a hablar de la benevolencia del Señor mediante la cual apagan su ira contra los pecadores de la tierra. Dicen que Dios se molesta contra el pecado pero no contra el pecador. En realidad se han acomodado a una doctrina más confortable, como aquellos discípulos que se alejaron del Señor cuando murmuraban por la palabra dura de oír, en el contexto en que Jesús les decía que nadie podía ir a él si no le fuere dado del Padre. Por cierto, ese mismo relato de Juan menciona que Jesús les decía que él era el verdadero maná del cielo.

Justo es aclarar que la providencia de Dios para sus criaturas en la tierra hace que su sol salga sobre justos e injustos por igual, así como las lluvias que envía. Pero ese hecho no impide que el evangelio sea enviado para separar a los elegidos de los réprobos. La analogía de la lluvia y el sol no se extiende al propósito del evangelio, porque como ya se dijo éste tiene dos fines distintos: la salvación de los elegidos del Padre y la mayor condenación de los réprobos en cuanto a fe, preparados para tal fin desde antes de la fundación del mundo.

El texto tan esgrimido para justificar el amor universal de Dios es el de Ezequiel 18:23, que dice que Dios no quiere la muerte del impío. Pero visto en forma aislada es una trampa a la que se habituaron los que tuercen las Escrituras, porque el contexto señala que Dios sí quiere la muerte del impío no arrepentido. Por eso ha dicho ahí mismo que el alma que pecare esa morirá. El Señor está hablando con Ezequiel acerca de un refrán en la casa de Israel, una queja escuchada acerca de que los hijos tenían que pagar los pecados de los padres. Nuestros padres comieron uvas amargas y los hijos tenemos la dentera. Por esta razón el Señor le dice al profeta que comunique a la nación que cada quien pagará por su pecado, y que si el impío se arrepintiere y actuare correctamente en consecuencia será perdonado.

Se olvidan los universalistas que Dios se dirige a la casa de Israel (su nación) y que cuando habla del castigo por la impiedad se refiere al orden interno que debe poner en esa región. Acá no se está generalizando en relación a los pueblos vecinos o distantes, al resto de la humanidad. Simplemente hablaba con el profeta de Israel en ese momento respecto a una queja escuchada. Dios procede a dar respuesta a esa denuncia oída de manera que el pueblo quede tranquilo: no van a pagar por los pecados de otros, sino que cada quien pagará por lo que haga. Conviene interpretar la Escritura con la Escritura, por lo que si no hay justo ni aún uno, si no hay quien haga lo bueno, si la ley no salvó a nadie, ¿cómo se salvarían aquellos a quienes Dios se dirigía? Simplemente si su justicia estaba refugiada en el sacrificio del Mesías que vendría. Si ellos sacrificaban por sus pecados en la esperanza del Mesías prometido, haciendo aquello como una sombra de lo que vendría.

El castigo doméstico para la casa de Israel no debe verse como la condenación eterna del réprobo en cuanto a fe; el perdón doméstico para la misma casa tampoco ha de verse como la salvación eterna. Sus implicaciones con ambos asuntos están presentes pero siempre dentro de la interpretación conjunta de las Escrituras, ya que por sus propias obras el hombre no puede ser justificado. Decir lo que el texto no dice es interpretar en forma privada las Escrituras, para perdición de quien lo hace. El pacto de gracia siempre estuvo presente en la medida en que somos salvos por gracia y no por obras, y en la medida en que la ley condena y no salvó a nadie, como lo afirma Pablo. Solamente que la gracia en el Antiguo Testamento apuntaba a Cristo como a una sombra, pero en el Nuevo queda demostrado a plena luz que él era el objeto del sacrificio antiguo y que él hizo el sacrificio de una vez y para siempre, como nos convenía a su pueblo redimido.

El hombre natural siempre se ha disgustado con la enseñanza bíblica de la incondicionalidad del perdón y de la condenación. El número de los redimidos y de los reprobados no puede ser ni aumentado ni disminuido. Pero el que es espiritual acepta esta doctrina con agrado, en el conocimiento de que no hay forma ni manera de ser redimido si no es por esta vía. Pero para llegar a ese entendimiento hemos tenido que nacer de nuevo, de lo alto, y esto no es por voluntad humana alguna sino de Dios por medio de su Espíritu. Por eso continuamos con el anuncio del evangelio, porque es el medio dejado por Dios para traer a su pueblo hacia Cristo. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? Cristo es el maná que descendió del cielo, verdadero alimento eterno para nuestras almas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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