Viernes, 09 de febrero de 2018

Si nuestro corazón piensa, entiende y conoce así como cree, de acuerdo a las Escrituras, cuando se cambia el corazón se cambia el pensamiento, el entendimiento, el conocimiento y la creencia. Con el arrepentimiento -metanoia- lo que suponíamos que era Dios pasa a la historia y cambiamos nuestra manera de pensar por el conocimiento infundado por el Espíritu, de acuerdo en todo con las Escrituras. Es en ese momento cuando ya no vamos más tras el extraño y seguimos solamente al Buen Pastor. Es entonces cuando entendemos el pleno significado del texto que dice: no saben aquellos que erigen el madero de su escultura, y los que ruegan al dios que no salva (Isaías 45:20). El conocimiento impartido por Dios nos hace entender que los que no tienen tal conocimiento andan perdidos, sin comprender el evangelio de salvación.

Si el Hijo nos liberta seremos verdaderamente libres y al conocer la verdad ésta nos hace libres de la ignorancia del evangelio, de seguir al extraño, de andar en pos de falsos maestros, de aquellos que no están bajo la doctrina de Cristo. Con la regeneración viene el arrepentimiento de obras muertas, en especial el de haber creído el falso evangelio. Cualquier evangelio que involucre la voluntad del pecador para ser salvado es completamente erróneo, ya que eso sería contar obras como gracia. En el arrepentimiento se envuelve el hecho de saberse perdido mientras se creía en el otro evangelio. Cuando uno se arrepiente también juzga y entiende que fue malo haber andado en el evangelio diferente, que seguirá siendo erróneo el que otros anden en él (aunque sean amigos, seres queridos, familiares o devotos religiosos equivocados).

¿Qué le pasó a Pablo cuando creyó en el verdadero evangelio de Dios? Todo lo que creía y hacía, todas sus obras religiosas, todo ello lo consideró basura. El término griego es bien duro, habla de estiércol (σκυβαλα), como bien traducen Filipenses 3:8. Es decir, toda su obra de fariseo en cuanto a la ley, todo su conocimiento en cuanto al monoteísmo, todo el hecho de guardar los días de fiestas religiosas, la abundante lectura y memorización de los papiros del Antiguo Testamento, su conducta proba en cuanto a la ley (guardar los Diez Mandamientos), más su celo por el Dios de Moisés cuando perseguía a la iglesia, todo ello no fue más que estiércol para el Pablo arrepentido. El apóstol comprendió que la salvación alcanzada no tenía ni un ápice de su obra, ni siquiera de su aceptación, pues por naturaleza había sido enemigo de Dios y no podía darle el sí de su consentimiento a la proposición de los predicadores del evangelio. Fue la gracia divina la que tomándolo lo regeneró y le otorgó la fe en el Hijo de Dios para que le fuera imputada la justicia de Jesucristo, alcanzada en la cruz cuando murió por todo el pueblo escogido de Dios (Mateo 1:21).

¿Cuántas veces necesita un creyente arrepentirse en la vida? Si ya se arrepintió (es decir, si hubo un cambio de mentalidad respecto a Dios y respecto a su falsa creencia en evangelio diferente) no necesita más arrepentimiento. Necesita confesión de pecados (como lo recomienda Juan en una de sus cartas) ya que tiene un abogado para con el Padre; pero no necesita cambiar una vez más de mentalidad respecto a Dios o respecto a lo que ha creído, porque ahora sigue al Buen Pastor. Fijémonos que se dice que la oveja sigue al Buen Pastor por cuanto continuará irremisiblemente tras quien dio su vida por ella y no se irá jamás tras el extraño. La oveja desconoce la voz de los falsos maestros pero conoce muy bien el sonido del Pastor que murió por ella (Juan 10:1-5).

Hay muchos pecados que el creyente comete, pero ciertamente de todos ellos lo sacará Jehová (Cuando cayere, no quedará postrado; porque Jehová sostiene su mano -Salmo 37: 24), pero hay ciertos pecados que el creyente ya no comete más, como es el de seguir al extraño, de acuerdo a la declaración de Jesucristo recogida por Juan en su evangelio (10:1-5). Asimismo, ningún creyente puede abandonar la doctrina de Cristo, porque el tal no habría tenido nunca ni al Padre ni al Hijo; eso será un imposible para quien tiene el Espíritu como arras de la redención (2 Juan verso 9).

Los que predican un evangelio diferente anuncian la satisfacción de Cristo por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Eso trae un problema grave para la teología cristiana, ya que admite como válido el que muchas personas por las cuales el Señor dio su vida yazcan ahora en la perdición eterna. Eso implicaría que la expiación no fue suficiente en aquellos que se pierden; pero, además, tampoco garantiza que haya una sola alma redimida. La razón de esto último es que el hombre está por naturaleza en enemistad con el Creador, yace muerto en sus delitos y pecados, no busca al verdadero Dios del Universo. De esta forma tiene una voluntad quebrada, incapaz de discernir las cosas que son espirituales porque le parecen una locura.

Dejar la redención humana en manos del hombre que odia al verdadero Dios y la doctrina de Cristo, implicaría vaciar el cielo y colmar el infierno. No ha habido un solo redimido por Jesucristo que haya sido al mismo tiempo co-redimido. Esto es, no hay una redención sinergística, de trabajo conjunto entre Dios y el hombre. La salvación pertenece a Jehová; Él es quien ha amado y quien ha odiado, aún antes de que nosotros fuésemos creados. Es por ello que la Biblia declara que Cristo no rogó por el mundo que no iba a redimir sino solamente por los que el Padre le había dado (Juan 17:9).

Cuando Cristo redimió a su pueblo de sus pecados no lo habilitó para recibirlo a él como Salvador. No se trata de que ahora somos capaces para cumplir las condiciones de la redención, se trata de que fuimos declarados justos o justificados. Si hubiésemos sido declarados capacitados para alcanzar la salvación eso implicaría obra de parte nuestra. En ese caso hipotético también tendríamos labor que aportar y Jesucristo no se llevaría toda la gloria preparada para él. Muy importante es el hecho de que hayamos sido declarados muertos en delitos y pecados (lo mismo que los demás), hijos de la ira y aborrecedores de Dios. Por esa razón hemos sido llevados por la fuerza hacia el Hijo por el Padre. Sin habérsenos consultado el Espíritu nos hizo renacer y nos fue dado un nuevo espíritu capaz de discernir las cosas de Dios.

La Biblia nos recuerda que Jesucristo fue el único en cumplir las condiciones para llegar a ser la justicia de Dios. De allí que se diga que él es nuestra Pascua. En consecuencia hemos sido declarados justos, nos ha sido dada la fe para la justificación (Efesios 2:8) y llegamos a conocer que Jesucristo es la justicia de Dios. A partir de entonces dejamos de lado el interés por establecer nuestra propia justicia como requisito de salvación. Como el apóstol Pablo señalamos nuestro esfuerzo anterior (si es que lo hubo) como basura, como estiércol, como el trabajo de un tiempo perdido.

Recordemos bien que la condición para ser salvos es la justicia y no la fe; la justicia que se obtiene por el intercambio hecho por Jesús en la cruz a favor de su pueblo. Por un lado, el Señor llevó nuestros pecados, fue molido por ellos, nos reconcilió con el Padre y a cambio de tomar nuestra condenación nos fue impartida su justicia. Nosotros somos llamados justos, santos, hijos de Dios. Y es por ello que se habla de gracia frente a las obras, frente a los trabajos de la ley, ya que ninguna persona en la historia de la humanidad ha podido cumplir a cabalidad con el mandato divino. De allí la necesidad de un Salvador, preparado desde antes de la fundación del mundo para redimir al pueblo escogido de Dios. No en vano se escribió que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que fuesen creados, antes de que hubiesen cometido bien o mal (Romanos 9).

El trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos aquellos por quienes murió, sin pretender hacernos capaces de merecer o de ser instrumentos de la redención. Somos objetos de la redención pero jamás instrumentos para alcanzarla. Donde hay necesidad no hay libertad, de tal forma que nadie puede pretender ser libre de Dios. En materia de salvación todos necesitamos del Creador por lo cual nadie puede considerarse libre.

A pesar de la universal necesidad de redención, Dios solamente quiso salvar a su manada pequeña, a su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, habiéndolo creado de la misma masa que los que ha condenado desde la eternidad. De manera que nada nos distingue de los demás, sino solamente Cristo. No se trata de que tengamos una capacidad especial, o de que hayamos sido equipados con una naturaleza particular, simplemente fuimos redimidos en virtud de la justicia de Dios que es Cristo. Una vez redimidos hemos recibido el Espíritu para que more en nosotros y nos guíe hasta el fin; este Espíritu nos da la fuerza para caminar en el sendero divino, como resultado de haber sido rescatados.

Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia no llegaría a ser gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no sería obra (Romanos 11:6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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