Mi?rcoles, 31 de enero de 2018

Al leer el libro de Joel uno puede notar que existe un evangelio escondido. Al final de lo escrito el profeta proclama que vendría un tiempo en el cual habría un cambio enorme en la actitud de las personas. Los jóvenes tendrían visiones, hombres y mujeres profetizarían, los ancianos recibirían sueños, y aún los siervos recibirían el Espíritu. El que invocare el nombre del Señor sería salvo, pues en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como lo ha dicho Jehová: a los cuales Jehová habrá llamado (Joel 2:28-32). El apóstol Pedro durante un discurso dado en el día de Pentecostés, declara inaugurado el período de los últimos días, de los postreros tiempos, con el cumplimiento de esta profecía del profeta Joel.

Así se cumplía esta escritura, con el derramamiento del don de lenguas en un escenario repleto de israelitas, donde cada uno entendía su dialecto, su lenguaje, más allá de que el apóstol hablara en un solo idioma. Era el milagro prometido, asunto que se repitió en pocas oportunidades según se narra en el libro de los Hechos. Cada vez que se hablaba en lenguas hubo presencia judía, incluso cuando Cornelio fue testigo de honor por parte del mundo gentil. Se cumplía, en palabras del apóstol Pablo, la reprimenda de Jehová anunciada por Isaías, que hablaría en lengua de tartamudos, en lengua de invasores, en lengua distinta a la que les había hablado como nación.

Las lenguas eran señal para los infieles, pues en la ley estaba escrito: En otras lenguas y en otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor (1 Corintios 14: 21). Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablará a este pueblo, (Isaías 28:11). La infidelidad del pueblo de Israel hizo que Jehová los amenazara con este castigo, para hablarles en lengua extraña y con lenguas de infieles. Pero la iglesia lo tomó como la señal del profeta Joel, cosa en la que no estuvo equivocada. Sin embargo, se quedaron en el hecho maravilloso y algunos incautos se dieron a la tarea de hablar y hablar en un claro desorden. Pablo intervino en Corinto y aclaró a la iglesia el objetivo de las lenguas, dándoles a entender a los corintios que no había una razón muy halagüeña para hablar en diversos idiomas, ya que eso había sido también la amenaza divina de parte del Dios que les daba castigo a su pueblo, y no precisamente una bendición.

Las lenguas cesaron, como las maravillas especiales que autenticaron el nacimiento del evangelio. Hay quienes todavía prosiguen en la creencia de buscar señales, como si fuese la característica propia de la cristiandad. Pero hablábamos del evangelio escondido, el hecho de que todo el que invocare el nombre del Señor sería salvo. En la época del profeta Joel el mensaje de salvación estuvo centrado en un pueblo, el de Israel; muy pocos gentiles oían el mensaje y creían. No obstante, cuando Pedro dio su sermón en el Pentecostés inauguraba la época en que cualquiera podía invocar el nombre del Señor sin necesidad de la formalidad del sacerdocio judaico.

Esa es la gran noticia del evangelio escondido que se devela, que se muestra en forma clara para todo aquel que es llamado de parte de Jehová. Porque nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo envía, según declaración hecha por Jesucristo para dar a entender que el plan eterno continúa en la misma forma en que fue organizado. Jesucristo habló en parábolas para que no todos lo entendiesen, para que no todos se arrepintiesen y él tuviera que salvarlos. Asimismo no rogó por todo el mundo sino por los que del mundo el Padre le dio. A éstos representó en la cruz y cargó todos sus pecados, imputándoles Dios la justicia del Hijo a todos sus elegidos.

Se entiende que si la noche previa a la crucifixión el Hijo ruega por unos pero deja por fuera al mundo, ese mundo dejado de lado no fue representado al día siguiente cuando sufría en el madero. Solamente que se abría el compás del evangelio a los gentiles, como Pablo bien lo expuso; los que en un tiempo estuvimos fuera del llamamiento ahora fuimos incorporados. Pero de igual forma, si no todo Israel fue llamado para salvación, sino que en Isaac le sería llamada descendencia, de la misma forma no todos los gentiles son llamados para esta redención.  Más bien, son todos los gentiles que el Padre envía al Hijo los que éste no echa fuera.

Vemos que de esos dos pueblos, el judío y el gentil, Dios ha hecho uno solo en Cristo. Pero no son todos y cada uno de los miembros de ambos pueblos sino solamente los que el Padre escogió para redención. Porque sigue la Escritura exponiendo que amó Dios a Jacob pero odió a Esaú, aún antes de hacer bien o mal, aún antes de ser concebidos. Jacob representa no solamente a Israel, sino a todos los escogidos para salvación, mientras que Esaú no representa solamente a los réprobos dentro del mundo israelita sino a todos los réprobos judíos y gentiles.

El Nuevo Testamento señala que el evangelio se anunció y se sigue anunciando entre las naciones, para testimonio y como instrumento del llamado de Dios a los escogidos. Por un lado el anuncio añade mayor condenación a quienes lo rechazan pero por otro lado alcanza a aquellos a quienes Dios llama eficazmente. Con todo el anuncio y las formas de hacerlo, el evangelio sigue escondido entre los que se pierden. Y es que el dios de este siglo, el cual se llama diablo o Satanás, cegó el entendimiento de los incrédulos para que no crean. Cuanto oyen del evangelio lo toman a burla, lo perciben como una vana ilusión, se apegan a la falsamente llamada ciencia y lo consideran como un argumento carente de inteligencia y fuerza. En realidad se cumple lo que la Escritura ha dicho, que quienes así actúan lo hacen por tener falta de entendimiento.

A los incrédulos el anuncio de la buena nueva de salvación les parece locura, les suena a un mensaje carente de sabiduría y poco probable. Ellos dicen que si hubiese un Dios justo evitaría tanta maldad en el mundo; que si Dios fuese justo eliminaría incluso el infierno. Cuánto más injusto no les sonará cuando leen Romanos 9 y descubren que el odio de Dios por Esaú nació antes de ser concebido. Con esa piedra en el zapato no pueden dar un paso más, se rebela su alma y levantan el puño al cielo contra la supuesta injusticia de Dios. Les encantaría una salvación por obras, para tener su propia gloria, para ganar el cielo y demostrar su heroicidad aprendida como valor en esta tierra.

Pero el plan del Padre fue otro: dar al Hijo toda la gloria de la redención. El Hijo estuvo preparado antes de la fundación del mundo para venir a esta tierra y dar su vida en rescate por muchos, para redimir a su pueblo de sus pecados (1 Pedro 1:20 y Mateo 1:21). No podía Adán dejar de pecar, opción que jamás tuvo, ya que de no haber pecado Adán el Hijo no hubiera alcanzado la gloria que el Padre le tenía preparada; pero Dios mismo hubiera quedado en ridículo delante de sus ángeles al ver fracasado su plan (el del Hijo como Redentor) si no hubiese sido necesario porque Adán no hubiese pecado. Pero Dios es perfecto y todo lo que quiso ha hecho, de manera que aunque el pecado haya entrado en el mundo por Adán, y aunque Satanás haya tentado al primer hombre para que cayera, fue Dios quien hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

Vemos en el relato bíblico dos maneras en su forma de narrar. Por un lado está nuestro espacio tiempo, medio por el cual percibimos lo que se nos dice. Por otro lado está el ámbito metafísico, algo que escapa a nuestra dimensión inmediata, que trasciende nuestro espacio tiempo. Desde nuestra perspectiva histórica vemos una línea que se mueve en el espacio tiempo, una cadena de hechos que se suceden en una perfecta sintaxis. Pero en el plano divino o metafísico hay un paradigma, un modelo que parece no tener manera de abordarlo sino con la perspectiva de la fe. Es Dios actuando de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, haciendo que cobre sentido y proporción la sintaxis a la que estamos sometidos. De esta forma podemos entender que el evangelio se anuncia a toda lengua, tribu y nación, pero comprendemos que es el Señor el que añade a su iglesia todos los que estaban ordenados para vida eterna.

De manera que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero al que quiere endurecer también endurece, porque solamente Él es soberano y hace como quiere. Con todo, la Biblia nos encomienda a decirle a todos los habitantes del planeta que se arrepientan y crean el evangelio. Eso hacemos, seguros de que Dios añadirá a su iglesia a los que tiene previstos para tal fin.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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