Mi?rcoles, 24 de enero de 2018

La autoridad sobre toda carne la tiene el Señor por ser el Hijo de Dios. De hecho, la Biblia asegura que Dios inclina el corazón del rey a todo lo que quiere, por lo cual si inclina al más poderoso lo hará con los menos capaces. No obstante, en la oración de Jesús recogida por Juan se deja ver que existe una autoridad especial del Hijo sobre todos aquellos que se propone salvar. Él dijo que el Padre le había dado esa potestad con el objeto de dar vida eterna a todos los que el Padre le dio. Esa autoridad especial queda restringida según el texto a dos límites, por lo menos: 1) será una autoridad con el objeto de dar vida (redimir, salvar); 2) será una autoridad limitada a un número específico de personas, aquellos que le son dados por el Padre para cumplir el propósito de la redención.

Esta lectura está en consonancia con otro texto previo escrito por Juan en el mismo evangelio. Nos referimos al capítulo 6 cuando el Señor hablaba con un grupo de seguidores (que fueron llamados discípulos) diciéndoles que ninguno podía ir hacia él a no ser que el Padre lo trajere. Recordamos el episodio en que aquellos oyeron las palabras de Jesús dejándolo al momento con el argumento de que esos vocablos eran duros de oír (Juan 6:44 y 60). Pero también existe en el mismo evangelio otro texto en consonancia con lo que Jesús mencionó en su oración. Un poco más adelante el Señor que ruega por los que el Padre le dio le dice que no ruega por el mundo (Juan 17:9).

La relación entre estos tres textos del evangelio de Juan (Juan 6:44; Juan 17:2 y Juan 17:9) nos pone en una relación lógica con la semántica del texto. No es posible ignorar el hilo conductor del sentido general del escrito (o de los textos), ya que la razón se impone siempre por sobre la emoción, por sobre la interpretación privada aunque aparenten ser muy humanistas. Si el Señor no ruega por el mundo se debe a que tiene la restricción impuesta por el Padre de dar vida solamente a los que él le envíe o le dé.

Dentro de este marco conceptual uno tiene que mirar al autor de este evangelio. Juan es quien introduce a Jesús como el Logos eterno e inmutable, como el Principio de toda creación. El logos es también la razón pura, la inteligencia que impide la incoherencia. Por esa causa cuando escribe una de sus cartas habla de ese Jesús que puso su vida como propiciación por los pecados de unos y de otros, pero nunca de un Jesús que resulta incoherente con lo que ha dicho en sus enseñanzas. El apóstol Juan sabía lo que Jesús había dicho, pues ya había escrito su evangelio cuando más tarde escribiera sus epístolas. Pero hay algo más que la simple cronología de lo escrito, él también estuvo al lado del Señor y aprendió de él en forma directa.

¿Cómo pudo Juan atreverse a decir que Jesús fue la propiciación por los pecados de todo el mundo? (1 Juan 2:2). Si eso se lee así sin contexto pareciera una contradicción con la lógica expresada por Jesús, pero aún más sería un enfrentamiento contra la coherencia del apóstol. Para desentrañar el contexto debemos mirar al destinatario principal de la carta. Juan escribe a sus hijos en la fe: Hijitos míos, estas cosas os escribo... (1 Juan 2:1). Es a ellos (a nosotros por extensión, por ser hijos espirituales del Señor y miembros de su iglesia) que Juan les está hablando sobre la propiciación de Jesucristo. La iglesia de Juan estaba compuesta fundamentalmente por judíos conversos, de acuerdo a su ministerio. Recordemos que a Pablo le fue encomendado la predicación para los gentiles (los no judíos).

Pero Juan de inmediato entiende que no puede dejar en su iglesia una falsa premisa, al decirles que Jesús fue la propiciación por la iglesia compuesta de judíos conversos solamente, dejando de lado al resto del mundo convertido. No, él reconoce porque está integrado al logos eterno, a la inteligencia que le ha sido dada y de la cual participa, que Jesús como propiciación lo fue tanto por el mundo judío - convertido, su iglesia local a quien escribe - así como también lo fue por extensión al mundo no judío -el gentil, la otra iglesia que son las ovejas del Señor que no eran de ese mismo redil. Por ello leemos la expresión por todo el mundo.

No podríamos inferir sin cometer error grave y tendencioso que Jesucristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo, sin excepción. Si así fuera todos serían salvos, sin excepción, a no ser que consideremos la propiciación con fallas, con incompetencia, con debilidad que no puede alcanzar lo que se propuso. Más bien podemos estar seguros de que Juan recuerda muy bien lo que oyó de Jesús en forma directa, así como también recuerda lo que escribió en el evangelio. Juan no se desvió en una interpretación privada con la pretensión de ampliar o universalizar la expiación del Señor, cuando lo que oyó y lo que escribió demuestran todo lo contrario: una expiación particular para un pueblo particular.

Si el mundo no conoció al Señor, si cuando él vino ese mundo lo aborreció, si él mismo hablaba en parábolas para que no entendieran el mensaje pleno y plano del texto, tiene sentido que Jesús no haya orado por el mundo. Porque en la Biblia se habla de diversos mundos cuando se menciona tal vocablo, en ocasiones es el mundo amado por Dios (el que se propuso salvar) si bien en otras es el mundo odiado por él (por el que no ruega el Hijo, el que el Padre no le dio para redimir). De allí que si Juan conocía las palabras del Señor (asunto que damos por hecho) jamás quiso dar un sentido universal absoluto a lo que escribió en su epístola concerniente a Jesús como propiciación por los pecados de todo el mundo. Esa expresión, como ya dijimos, hace alusión al conglomerado de redimidos judíos y gentiles.

La visión general en la mente de los judíos de la época de Jesús indicaba que eran ellos el grupo escogido por Dios, la nación de Israel que tanto se mencionaba en el Antiguo Testamento. Desde su perspectiva histórica dividían al planeta en dos partes geopolíticas: los judíos y los gentiles. Estos últimos eran el resto de las personas diferentes a ellos. Algo parecido hicieron los romanos cuando dominaron los territorios por ellos pisoteados; ellos hablaban de dos tipos de Derechos: el Derecho Romano y el Derecho de Gentes (de los gentiles, del resto de las personas diferentes a los romanos).

Aquélla era la tendencia geopolítica en la época en que Juan vivía, por lo tanto el apóstol no quiso universalizar su mensaje de salvación hasta el punto de atribuir la expiación de Jesucristo a cada posible habitante del planeta. Más bien quiso incluir a unos y a otros, a judíos y a gentiles, pero todos dentro del pueblo de Dios que el Hijo vino a redimir. El apóstol no podía incluir a Judas Iscariote, ni a los otros réprobos en cuanto a fe que perecerán eternamente, no incluiría al Faraón de Egipto, a los profetas de Baal, a los que adorarán a la Bestia cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo.

Juan no fue incoherente, no se equivocó, porque la inspiración del Espíritu no da pie para tal asunción. Juan fue específico al incluir al mundo gentil redimido en la cruz del Calvario junto al mundo judío igualmente redimido. Juan dejó por fuera de aquella propiciación de Jesús a todos los que el Señor también dejó por fuera en su oración intercesora. Decir lo contrario es oponer al Maestro contra el apóstol y viceversa, es contrariar el sentido recto de la Escritura, es usar la artimaña de Satanás para confundir, para tergiversar la semántica textual en pro de la demagogia que fascina a la muchedumbre.

Jesús manifestó el nombre del Padre a los hombres que del mundo le fueron dados por Dios mismo. Él dijo: tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra (Juan 17:6). ¿Y no fue el mismo Jesús el que aseguró que él era el Buen Pastor que ponía su vida por las ovejas? Si puso su vida por las ovejas no la puso por los cabritos. Jesús como Buen Pastor es parte del evangelio de Juan (capítulo 10), de manera que también el apóstol conocía estos conceptos teológicos. ¿Y qué es guardar su palabra sino una fiel consecuencia de lo que nos dijo el Señor en referencia a la relación de la oveja con el Buen Pastor? Por cierto, Jesús agregaba que las ovejas le seguirían y ya no se irían tras los extraños porque desconocerían la voz de éstos. La oveja guarda la palabra de Dios porque es oveja, porque el Buen Pastor lo prometió. Mal pudiera Juan siendo oveja de ese Buen Pastor tergiversar lo que el Señor haya dicho. Mal pudiera haberse equivocado universalizando al extremo el propósito de la propiciación de Cristo por nuestros pecados. Más bien, quienes así actúan y piensan siguen el evangelio del extraño, de los falsos profetas y de los maestros de mentiras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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