Martes, 16 de enero de 2018

¿Sabía usted lo que es el evangelio? Esta pregunta surge porque muchas personas tienen una concepción errada acerca del evangelio de Jesucristo. La mayoría piensa que es una manera de vivir, un conjunto de normas para regir la sociedad. Otros suponen que con el evangelio se obtiene un método para hacer el bien social y ganar indulgencias ante el Todopoderoso. Pero en su étimo, el vocablo evangelio significa la buena noticia; uno debería preguntarse si eso es real o si es simple ficción, pues muchos desechan ese anuncio y otros se burlan de sus dogmas. Unos pocos se acogen al llamado noticioso, pero dentro de éstos hay quienes todavía no comprenden ni descifran su sentido.

La buena noticia se da por todo el mundo, a toda lengua, tribu y nación, mientras se pueda hacer. Esto implica por fuerza que una gran multitud queda por fuera, es decir, no tiene ni siquiera la mínima posibilidad de oír el anuncio que parece tan bueno. Mientras algunos oyen en distintos rincones del planeta, no todos ellos aceptan con agrado el contenido del mensaje anunciado. Pero esto no es nada novedoso, ya que en la antigüedad (antes de Cristo) muchos profetas se preguntaban quiénes habían creído en el anuncio, o si ellos solamente habían quedado para escuchar tal noticia.

Iniciando el Nuevo con la convergencia del último profeta convertido en el primer anunciador del Nuevo Pacto, Juan el Bautista decía que él era la voz que clamaba en el desierto. Nadie escuchaba su voz y quienes lo hacían no comprendían del todo sus palabras. Algunos fariseos investidos de sus tradiciones religiosas acudieron a bautizarse, como por si acaso, pero Juan los espantó diciéndoles que quién les había enseñado a huir de la ira venidera. Al parecer no quiso bautizar a tales fariseos porque ellos tampoco habían comprendido el evangelio del reino anunciado.

Jesús, el núcleo y personaje central del anuncio, declaró que él mismo hablaba en parábolas para que no todos los que escucharan comprendieran el sentido de sus palabras. Agradeció al Padre por haber escondido estas cosas del reino de los cielos de los sabios y entendidos. Es decir, el evangelio permaneció oculto en tal forma que aunque vieran no entenderían, aunque oyeran no comprenderían, para que no acudieran a él y tuviera que sanarlos espiritualmente. Jesús nunca tuvo la intención de redimir a todo el planeta, ni siquiera a todos los que le escuchaban en aquel entonces, mucho menos a los que jamás han oído de él.

De manera que los doctores de la ley (los doctos y entendidos de entonces) no comprendieron las palabras que Dios había escondido acerca del anuncio dado a la humanidad. Pero ¿quiénes lograron entender tal anuncio? Solamente los escogidos del Padre, los llamados por Jesucristo, los que él adoctrinó como hijos. De la misma manera oirían y creerían todos aquellos que estaban apuntados para vida eterna, los cuales el Señor añadía a la iglesia cuando iban siendo salvos.

El anuncio es escuchado por los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo para que en el día del llamamiento acudan al Hijo, pero una gran multitud no fue tenida en cuenta para escuchar tal mensaje. Esos fueron destinados para la eterna obscuridad, pues de ellos se dice que sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo. De esta forma se escribió en el Apocalipsis que los moradores de la tierra adorarían a la bestia, se maravillarían ante ella y tomarían su marca; éstos no son otros sino los que no tienen su nombre escrito en ese libro desde la fundación del mundo.

Por lo escrito en el Apocalipsis uno puede comprender que el hecho de tener el nombre escrito en el libro de la vida no obedece a un acto voluntario del supuesto creyente. Ninguno de nosotros nació durante la fundación del mundo como para participar voluntariamente en ese apuntamiento en el libro. Vana esperanza la que se les da a los miembros de las sinagogas de Satanás, cuando se les dice que pidan ser escritos en tal libro.

Jesucristo murió por toda su iglesia, por todos sus amigos, por aquellos cuyos nombres el Padre escogió para vida eterna. Estos son los vasos de misericordia preparados para alabanza de la gloria de Dios, son los Jacob del mundo, los amados que el Padre le dio al Hijo para que redimiera en la cruz. Por esa razón cuando Jesús iba a morir en el madero, la noche antes de su crucifixión, oraba al Padre y le agradecía por los que le había dado. Reconocía el Señor que éstos eran del Padre; de la misma forma daba gracias por los que habrían de creer por la palabra de aquéllos. En esa sencilla oración del Señor se puede valorar varios elementos teológicos de relevancia. Por ejemplo, solamente por la propagación del evangelio llegan a creer los elegidos del Padre; de igual forma, por mucho evangelio que se oiga no se llega a creer a no ser que el Padre haya enviado a tal persona hacia el Hijo.

Existe un ligamen entre el elegido y la forma en que llega a creer, o entre el que cree y la causa que lo hace creer. Esta realidad da respuesta a aquellas personas que nos acusan de inspirar una quietud paralizante en cuanto al anuncio, pues de hecho no se llega a creer a no ser que se oiga el evangelio. Pero es igualmente cierto que aunque se oiga mucho o poco evangelio no se creerá a no ser que la persona haya sido escogida para salvación desde antes de la fundación del mundo.

Recordemos que Pedro escribió que Jesucristo era el Cordero de Dios destinado para tal fin desde antes de la fundación del mundo. Uno debe preguntarse la razón para tal destino, aún antes de que Dios creara este mundo, aún antes de hacer del barro a Adán como primer hombre. La razón fundamental es que Dios tenía un plan eterno e inmutable en el cual el hombre caería en pecado (pues aún a Satanás hizo Dios para el día malo) de tal forma que el Cordero cobrara la gloria guardada para él como Redentor del pueblo escogido de Dios. Si Adán no hubiera pecado, Jesucristo no hubiera recibido semejante gloria y Dios hubiese quedado como un fracasado con el Cordero preparado desde antes de crear al hombre.

Pero Dios no se da la vergüenza del fracaso sino que todo lo planifica y lo controla, de tal forma que siempre triunfa en todos sus designios. Por algo la Biblia declara que todo lo que quiso ha hecho el Señor, que no hay nada que haya acontecido que el Señor no haya querido o hecho. Con esto en mente podemos estar seguros de que el evangelio como buen anuncio que es lleva implícito el alcanzar a todos por los que Cristo murió en la cruz. Esta buena noticia para unos es muy mala para otros, como lo fue para el Faraón, para Judas Iscariote, para Esaú, como ha sido, es y será para todos los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda, para todos aquellos que no tienen su nombre escrito en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

El conglomerado de creyentes a lo largo de la historia del evangelio (sea en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) es un número cuantioso. Sin embargo, visto en forma individual, cuando la persona que ha creído se encuentra en el mundo, el número parece ser muy bajo. Por eso la exclamación de Elías: Solamente yo he quedado, o la expresión de Isaías: ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Por eso el clamor de Juan el Bautista, si bien todas esas interrogantes el Señor las respondió oportunamente. Por cierto, en una oportunidad el Señor le dijo a sus discípulos que no tuvieran miedo por la condición de ser una manada pequeña. Que a pesar de esa condición de pequeñez frente a la multitud exagerada que contiene el mundo por el cual Jesucristo no murió, el Padre eterno había querido darles el reino.

Cada creyente vive en una sensación de soledad cuando se mira en el espejo de la inmensidad del mundo, de los que no creen, o de los que dicen creer pero andan en el otro evangelio. El Señor nos recomendó orar y velar para no desmayar. En la comunión con él está nuestra fuerza, nuestro consuelo, la respuesta a nuestra incomprensión de las cosas que acontecen. Así le aconteció a Asaf, uno de los salmistas del Antiguo Testamento, cuando escribió que él era un torpe que no entendía, que llegó a tener envidia de los arrogantes, de aquellos que parecían triunfar en esta tierra sin mayores esfuerzos, que ni siquiera tenían congojas por su muerte como el resto de los mortales. Él dijo que habiendo entrado en el santuario de Dios (en su presencia) había comprendido el fin de los impíos: el Señor los había puesto en resbaladeros, el Señor despreciaría el fin de ellos.

Por eso hay persecución a los que proclaman y viven el evangelio, porque los que persiguen perciben que para ellos no es el anuncio, que tal vez es una mala noticia la que oyen. Por esa razón muchos han pervertido el anuncio y lo han hecho universal, inclusivo, para amainar la persecución en los que les parece creer y para provocar un ecumenismo global. De esta forma todos se entretejen en un anuncio generoso para cada individuo del planeta, al haber cambiado el sentido primigenio de la buena noticia para las ovejas de Dios y convertir el anuncio en un llamado para los cabritos del mundo.

Pero el Señor dijo enfáticamente que errábamos si ignorábamos las Escrituras, que la examináramos bien porque parecía que en ellas estaba la vida eterna. Un etíope leía el libro de Isaías y no lo comprendía del todo, hasta que Felipe fue llevado por el Espíritu de Dios a su carruaje. Estando con él le explicó el sentido de las palabras del profeta y el etíope pudo comprender la Escritura que escudriñaba. El llegó a creer en el evangelio de salvación, como muchos lo han hecho. Esa es la razón por la que seguimos pregonando este evangelio cada día, para que los que tengan oído para oír oigan y acudan al Señor que murió por ellos en la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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