Domingo, 14 de enero de 2018

Decir que Jesús es el Cristo parece una tarea fácil. Sin embargo, la implicación de la frase es grandiosa, reveladora de una profunda teología o de un hondo entendimiento de las Escrituras. El Mesías prometido al pueblo de Israel sería acogido tanto por los israelitas como por los gentiles. Ah, pero no por todos los israelitas ni por todos los gentiles, sino solamente por el pueblo que vendría a salvar. Porque la tarea de ese Mesías (el Cristo) era singular, redimir a su pueblo de sus pecados, salvar a muchos, rogar por los que el Padre le daría, hablar en parábolas para que los del mundo no lo entendieran, decir explícitamente que no rogaba por ese mundo por el que no moriría, exponer ante su público la doctrina de la predestinación. Porque ese Mesías decía repetidamente que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere a la fuerza; pero muchos de sus seguidores se ofendían ante semejante doctrina y de inmediato se alejaban de él. De igual manera se retiraban con murmuraciones y con falacias de generalización apresurada: nadie puede oír esa palabra tan dura.

La tarea de ese Mesías (el Cristo) también consistió en educar de manera continua a los suyos. Una y otra vez enfatizaba en la necesidad de agradecer al Padre por lo que nos ha dado, sobretodo el hacernos humildes para reconocer que las cosas tenían que ser de la manera en que ese Padre las había diseñado. En materia de fe Jesús dijo que daba gracias a su Padre por haber escondido las cosas del reino de los cielos de los sabios y de los entendidos, para darla a conocer a otros (los elegidos). Una frase concluyente se escuchó de su voz: Así Padre, porque así te agradó. Y ese era el Mesías, el Cristo que vendría, el que se complacería en hacer la voluntad de quien lo había enviado. En la cruz colgado, al haber padecido por todos los pecados de su pueblo, antes de expirar exclamó su frase conclusiva: Tetélestai, Consumado es.

Y es que esa sencilla expresión del Mesías significaba que su tarea había concluido, que la misión para la que había sido enviado a esta tierra la había realizado a la perfección. Esto quería decir, entre otras cosas, que lo perfecto no necesitaba añadidura. Si el Hijo de Dios cumplió a cabalidad su cometido, no hay nada que añadir a la obra hecha por su persona. El lo hizo todo en la cruz, donde llegó a convertirse por su sacrificio en la justicia de Dios. Cuando el Padre lo hubo abandonado en el madero, cuando cargaba los pecados de su pueblo, estaba expiando los pecados de ese pueblo elegido. Por eso, antes de expirar, dejó claro para testimonio de quienes escribirían el evangelio que ya todo había sido consumado.

Pero el anticristo también vino a esta tierra, de hecho muchos anticristos comenzaron a entrar o a manifestarse dentro de las congregaciones de los santos. Como también la cizaña crece junto al trigo, así los anticristos se gozan en merodear los espacios de los creyentes. Pero se inauguraba el último tiempo y por eso era necesario que se manifestase ese conjunto de personas que niegan al Padre y al Hijo. Negar al Hijo no es solamente decir que él no existe, es también tergiversar su obra y darle un sentido diferente al objeto de su trabajo en la cruz. Por algo la palabra anticristo significa tanto contra Cristo como en lugar de Cristo.

El que toma su lugar es un anticristo, por ello cualquier doctrina que se coloque en lugar de la doctrina de Cristo es una doctrina anticristiana. Los que dicen que el infierno no existe están negando la doctrina de Cristo, los que agregan que existirá una aniquilación total -de manera que no habrá sufrimiento eterno- están contrariando la doctrina de Cristo. De la misma forma, aquellos que pregonan la idea de un Cristo que ha muerto por todos, sin excepción, y no exclusivamente por los que el Padre le dio, son anticristos. Por eso la expresión Jesús es el Cristo no es una frase simple o vacía, más bien tiene un sentido teológico importante que se llena con la enseñanza de las Escrituras. Los que no entienden el alcance de esa expresión corren el riesgo de llenarla de herejías, interpretaciones privadas, de elucubraciones ante la ignorancia de aquellas Escrituras.

Pero hay mucha gente que en nombre de la cristiandad exhibe más preocupación por los reprobados que por Jesucristo mismo. Ellos se ocupan de defender en nombre del hipotético libre albedrío a los condenados por la voluntad del Padre. La doctrina de la eterna condenación basada en la enseñanza bíblica, cuando se ha escrito que Dios ha hecho los vasos de deshonra para ira y destrucción, es atacada por cuanto genera turbación en las almas de ciertos estudiosos del texto bíblico. Cuando llegan a leer que Dios amó a Jacob aún antes de ser concebido, aún antes de que hiciese bien o mal, se sonríen y comprenden que eso es bueno y aceptable. Pero cuando leen lo que está al lado, que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, aún antes de que hiciese bien o mal, se enojan y acusan a Dios de injusto.

Allí comienzan las interpretaciones privadas del texto bíblico, para ver si pueden torcerlo sin que se doble del todo. Que somos hechos de la misma masa, por eso tenemos igual sustancia y el fruto de lo que seamos depende de lo que hagamos. Es decir, alegan que el Hacedor de todo no tiene ni arte ni parte en el destino de sus criaturas. Y eso lo alegan a pesar de la claridad del texto que dice que Dios hizo tanto a Jacob como a Esaú de la misma masa, que a uno amó y a otro odió antes de que fuesen concebidos (hechos) o de que hiciesen bien o mal (sin contar las obras de ellos). Pues si Dios deja por fuera las obras de Jacob y de Esaú, el destino de esos dos hermanos de sangre no depende sino del Elector, como bien lo señala el mismo texto. Entonces, ¿cómo pueden torcer lo escrito sin que se le vea la rotura al texto?

Como este texto encontrado en la carta a los romanos es rector, fuerte, dominador de otros textos, los anticristos que por naturaleza niegan a Cristo (el Mesías) continúan en su desvarío. Alegan ahora que Jesús murió tanto por Jacob como por Esaú, tanto por Moisés como por Faraón, tanto por Pedro como Judas. Es decir, insisten en la expiación universal para que de esa forma Dios pueda ser considerado justo. De lo contrario, alegan ellos, Dios sería injusto en gran medida, un diablo, un monstruo peor que Satanás (en palabras de John Wesley).

El alfarero es quien tiene el honor de hacer un vaso para ira y destrucción y otro para gloria y misericordia; no es el vaso el que se forja a sí mismo, no es la criatura que carece de voluntad espiritual, que está muerta en delitos y pecados, que es injusta por naturaleza, que rechaza al verdadero Dios, la que decide su destino. Ante esta realidad bíblica surge de nuevo la interrogante acerca de la posible injusticia de Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿qué posibilidad u oportunidad tuvo el pobre de Esaú para contrariar el destino señalado por Dios como Hacedor?

Esa pregunta está imbuida de humanismo, toca el corazón humano y simula piedad extrema. Es la preocupación teológica por el reprobado, es la angustia humana por la contaminación de Dios como Espíritu Puro. Si Dios ha hecho al diablo como diablo, si ha ordenado que el pecado entre en su Creación, si nada existe por cuenta propia (ni siquiera el pecado) sino que todo depende de su voluntad estricta, si todo lo que quiso ha hecho, entonces Dios debe ser malo, pecador, o debe estar contaminado. Por esa razón, alegan los anticristos, Dios no puede ser el autor del pecado.

Esa aseveración contumaz ante lo dicho por la Escritura una y otra vez anuncia que el diablo apareció solo y de manera autónoma, que el pecado ocurrió en forma independiente a la voluntad de Dios. Si Dios permitió sin ordenar el pecado, una fuerza diferente y extraña a Él -en muchos momentos superior a Él mismo- actúa y lo domina a ratos de manera que hace que Él permita lo que no quiere que acontezca. Pero olvidan quienes así piensan, creen y enseñan, que semejante Dios no es el de las Escrituras, es un anti-Dios, es un anti-Cristo, es cualquier divinidad menos la Divinidad eterna e inmutable de la Biblia.

Conviene no contradecir a Dios, más bien resulta prudente maravillarnos por su sabiduría. La salvación pertenece al Señor, a ese Mesías que es Jesucristo. Cuando el Señor salva a alguien le da el conocimiento de la verdad (el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo). La sangre de ese Mesías fue derramada para establecer la justicia que asegura la salvación de todos aquellos por quienes Jesucristo murió.

Feliz la persona cuyas iniquidades han sido perdonadas y cubiertos sus pecados. Feliz la persona a quien Jehová no imputa de pecado, y en cuyo espíritu no hay engaño. Este es el evangelio que anunciamos, que Jesucristo es el Mesías prometido que pondría su vida en rescate por muchos. Todos aquellos que fueron representados en la cruz del Calvario por el Hijo de Dios tienen sus pecados cubiertos. Muchos ya hemos creído, porque fuimos enseñados por el Padre para ir hacia el Hijo, otros creerán en el día de su llamamiento oportuno y eficaz. En eso nos gozamos y por eso damos por cierto que todas las cosas nos ayudan a bien. De esta forma también decimos junto con el apóstol que somos más que vencedores, ya que el que no escatimó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros (las ovejas por las cuales puso su vida el Buen Pastor) nos dará también junto con él todas las cosas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:08
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