S?bado, 13 de enero de 2018

¿En qué aprovecha la imagen esculpida producto de la desobediencia al mandato divino? En nada, más bien ella hace abundar el pecado y añade maldición en mayor grado. La Biblia se refiere a ella como a un maestro de mentiras, de acuerdo a la cita del profeta Habacuc.

Quien hace tal obra engaña y el que pone su confianza en ella se complica la vida ante un ídolo sordo. Esto vale para cualquier confección que se haga de la divinidad, ya que aunque muchas personas no se inclinan ante las estatuillas tradicionales de las religiones esculpen muchas en sus corazones.

Las hechuras de oro, plata, bronce, madera, piedras preciosas y cualquier otro material (barro, yeso, etcétera) son una declaración de desobediencia al mandato de no hacerse ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, o en la tierra, o en los mares, o en cualquier sitio, para adorarlas o para venerarlas (contemplarlas). Dios es Espíritu y debe ser adorado en espíritu y en verdad. Dios no habita en templos hechos de manos sino en los corazones de los redimidos. Multitud de personas que se denominan cristianas hacen una imagen errónea de lo que ellos llaman Jesucristo. No toleran al Jesús descrito en las Escrituras sino que más bien acomodan a su propia semejanza al Jesús bíblico. Los Diez Mandamientos en Éxodo 20 y otros textos bíblicos nos advierten contra la hechura de imágenes. Fijémonos en uno, al menos: Guardad vuestras almas, pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego: porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra (Deuteronomio 4:15-16).

Isaías se pregunta ¿a qué haremos semejante a Dios, o qué imagen le compondremos? Los libros que reseñan con dibujos al Hijo de Dios en la tierra son una muestra de la desobediencia explícita al mandato de la Escritura. Por más que se alegue didáctica para la enseñanza, la recomendación de antaño vale tanto como ahora, que se escriban los textos de la Ley en los dinteles de las puertas o en el bordón de las vestimentas. En otros términos, sin necesidad de la literalidad del texto, lo que se encomienda es la lectura de la Biblia, su aprendizaje y meditación, nunca la elaboración de figuras que inciten al recuerdo, a la veneración o a la adoración.

Jesucristo se hizo hombre, pero no dejó orden alguna de hacerse un retrato, o que lo tomaran como modelo físico de la figura de Dios. Al contrario, él no vino a abrogar la ley sino a cumplirla, de manera que no hay derecho alguno para violentarla y en consecuencia hacernos esculturas o dibujos de la imagen de Dios. Los formadores de imágenes de talla, todos ellos son vanidad, y lo más precioso de ellos para nada es útil; y ellos mismos para su confusión son testigos, que ellos ni ven ni entienden (Isaías 44:9).

El célebre Heráclito de Efeso se preguntaba ya entre los siglos VI y V antes de Cristo acerca de la vanidad de lavarse con sacrificios de sangre los que están manchados con sangre. Asimismo agregaba que esa gente era semejante a los que sucios por causa del barro se lanzaban a una piscina de barro para lavarse. De igual manera agregaba Heráclito, eran vanidad absoluta -como si estuvieran locos- los que rogaban a las estatuas, como si alguien pudiera hablar con los edificios (Fragmento 5 de Diels-Kranz y 86 de Marcovich).

Podríamos decir en paráfrasis al reseñar las palabras de Jesús: A Moisés tienen, y a los profetas, para que los oigan ... A Heráclito tienen y a sus fragmentos, para que lean y entiendan acerca de la necedad de hablar con las estatuas (imágenes). Es igual necedad recordar a Dios a través de un ídolo, de una escultura, de una ficción recreada con la mente. Jesús no recomendó que se le hiciera un retrato para que se lo recordase, sino que insistió en su palabra y en su doctrina. Nosotros somos el templo de Dios, si es que Dios habita en nosotros (1 Corintios 3:16). No existe ninguna concordancia entre el templo de Dios y los ídolos, como afirmara Pablo en su doctrina (2 Corintios 6:16).

Los que no toleran que Dios haya creado el mal, que haya hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), los que denuncian como injusto el que Dios haya odiado a Esaú antes de ser concebido y lo haya destinado como objeto de su ira y justicia (Romanos 9:11-21), se adhieren a un Jesús un poco diferente al de las Escrituras. Las razones son obvias, dado que la letra de la palabra que leen los acusa en su conciencia dan rienda suelta a su hermenéutica. Así interpretan en forma privada lo que es de pública interpretación, lo que es universal lo llevan al terreno particular, lo bueno lo denominan malo y lo malo lo hacen bueno.

Estas personas que se dicen cristianas se preguntan ¿cómo puede ser posible que un ser puro y sin inclinaciones malignas de repente haya tenido una propensión al mal? La respuesta a esta interrogante es muy sencilla, ya que fue Dios quien hizo que Lucifer llegara a ser malo. Sí, Dios causó activamente en él lo necesario para que tuviera la inclinación hacia el mal. Pero estos intérpretes privados de la Escritura ven un misterio en lo que es diáfano y elevan interrogantes al cielo: ¿Por qué, pues, Dios encontró falta en Lucifer, pues quién puede resistir la voluntad divina?

Es lo mismo que puede decirse de Judas Iscariote, que tenía que entregar al Hijo de Dios porque había sido escrito de él que así tenía que acontecer. Entonces, ¿por qué, pues, Dios encuentra culpa en Judas, si no pudo jamás resistir a su voluntad? Es la misma interrogante en relación a Esaú, descrita en la Carta a los Romanos: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad?

Dios no puede ser sorprendido por nadie. Esa premisa es categórica y debe dominar todo el sentido interpretativo de las Escrituras. Pero por otra parte esta aseveración no se contrapone con ninguno de los textos divinos ya que Dios mismo anuncia a través de los escritores bíblicos que Él ha hecho el mal, que Él hace la luz y crea las tinieblas, que no hay nada malo en la ciudad que Él no haya hecho. El mismo Hijo de Dios aseguró que el Hijo del Hombre tenía que ir de la manera que estaba escrito, pero lanzó un ay contra el que lo entregara. Y esto lo dijo porque sabía que Judas era diablo, uno de los doce que él mismo había escogido para que la Escritura se cumpliera.

Dios no es moralmente culpable de nada y no tiene que rendir cuentas ante nadie. El ha hecho como ha querido y siempre lo hace de la misma manera. Pero hay blasfemos por doquier que en nombre de la piedad lanzan descargas conmovedoras en pro del humanismo y en contra del Hacedor de todo cuanto existe. A la doctrina de la soberanía de Dios llaman repugnante, ante el Dios soberano se declaran en rebelión, dicen que su alma se rebela contra la idea de colocar la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, como dando a entender que Esaú se condenó a sí mismo independientemente de la voluntad de Dios. Pero se están rebelando contra el Espíritu Santo, el que indujo a Pablo a escribir la Carta a los Romanos.

Para estos maestros de mentiras Dios es un ser tan puro que no puede contaminarse al hacer el mal. Por esta razón prefieren que su imagen torcida del Dios soberano muestre la sorpresa por la aparición del mal en su universo. Declaran que el Hijo de Dios fue una carta bajo la manga, un por si acaso para salvar a la humanidad, que Adán tuvo la posibilidad real de no pecar. De esta manera Dios es previsivo pero no perfecto, pues desconociendo el futuro tiene múltiples posibilidades para enmendar lo que le haya salido mal en su acto de creación.

Pero esta enseñanza de mentiras no es más que una audaz acometida en el afán de obscurecer y tratar de hacer obsoleta la soberanía absoluta de Dios. Una falsa humildad y extraña piedad deja ver el lado obscuro de los corazones de estos maestros de mentiras. Ellos son mejores que la majestad divina y proponen que su dios no ha creado el mal y en consecuencia tuercen las Escrituras al tratar de decir que el malo se hace a sí mismo malo. Aseguran que Dios no odia a nadie, que odia el pecado pero que ama al pecador. Esto lo hacen contraviniendo el sentido pleno de los textos escritos, pues incluso el verbo odiar ha sido transformado por sus filólogos en el verbo amar menos. Así contravienen la inteligencia y se hacen semejantes a aquellos que Heráclito denunció como locos cuando pretendían hablar con las estatuas. En su obstinada necedad aseguran que Dios amó a Jacob pero que a Esaú amó menos. Vaya, de nada le sirvió a Esaú ese amor aminorado del dios que así se comporta, pues el ídolo del otro evangelio, la de los maestros de mentiras, es impotente para llevar una sola alma al reino de los cielos.

Tal vez (de seguro así es) su dios se lleve a muchos al reino de las tinieblas, pues obscuridad interpretativa es lo que demuestran con su obstinado proceder intelectual. Todos ellos están entrelazados en medio de una gran hermandad, son hermanos en Satanás y miembros de la Sinagoga de Satanás (Apocalipsis 3). Esta gente ha conocido a Dios (sea a través de la obra de la creación o a través de la palabra revelada  -las Escrituras), pero no lo han glorificado como a Dios. Antes bien, ellos lo han disminuido y lo han acomodado a una de sus esculturas mentales. Su razonamiento devino obscurecido y al profesar ser sabios se hicieron necios, por cambiar la gloria del Dios soberano e incorruptible en imágenes de inteligencias corruptibles.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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