Viernes, 05 de enero de 2018

La religión de todos los tiempos ha impuesto un criterio en forma universal. El sentimiento más humano desde la caída de Adán ha sido exaltado a lo sumo, a la espera de que ese sueño se convierta realidad. La libertad de decisión es el núcleo de este asunto, la meta de la mente humana y la declaración de casi todas las religiones del planeta. El hombre es libre de tomar cualquier decisión, por lo tanto de allí proviene su responsabilidad. Si el hombre no fuera libre para decidir no tendría ninguna culpa que achacársele.

A este sistema de pensamiento se le llama dualismo. Una dualidad entre la causa y el efecto; siendo la causa la libertad de tomar decisiones y su efecto la consecuencia de si la criatura es o no culpable de sus actos. Sin embargo, la declaración bíblica parece estar encontrada con este planteamiento humanista. Jehová ha hecho como quiere y cada cosa que desea eso hace. Entonces, Jehová no ha deseado nunca (desde nuestra perspectiva histórica) que el mal se acabe; al contrario, Él ha hecho al malo para el día malo.

También fue escrito que el Hijo de Dios estuvo preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo. Eso deja claro que el propósito del Creador incluía la desobediencia de Adán, la introducción del pecado en el mundo creado para que el Hijo pudiera llevar la gloria preparada para él. Pero los dualistas religiosos han negado esa realidad y tuercen la Escritura interpretando privadamente para su propia perdición (y la de los que los oyen y siguen). Para ellos Adán fue libre para no pecar, de tal manera que fuese justamente declarado culpable. Si Adán no tuvo libertad para no pecar no puede achacársele ninguna responsabilidad en lo que hizo.

Este planteamiento se encuentra también en la declaración del objetor levantado en el capítulo nueve de la carta a los romanos. Ese objetor se pregunta si Dios es injusto al condenar a Esaú aún antes de haber cometido mal alguno. El dice: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Al parecer Dios no es libre de culpar a nadie si Él mismo es quien ha decretado la culpa y no le ha dado al hombre ninguna libertad para no pecar. Eso se desprende de la protesta del objetor contra Dios.

La teología de muchas personas es la misma, dando a entender que Dios debe respetar la libre decisión de los humanos. De lo contrario sería un Dios injusto y no tendría moral alguna para condenar. Pero como la Biblia es muy clara al respecto esos teólogos han ganado experticia en torcer las Escrituras. Incluso han llegado a decir sus filólogos que cuando Dios odia lo que en realidad hace es amar menos. Ese exabrupto es categórico y demuestra claramente la impudicia del juicio de esas mentes depravadas.

El hombre caído no tiene la habilidad para escoger creer en el verdadero Dios de la Biblia. Pero Adán tampoco tuvo dicha habilidad porque era necesario que pecara para que apareciese en el tiempo el Hijo de Dios como Redentor de su pueblo. De manera que aún en las cosas malvadas del hombre (el pecado, por ejemplo), aún en el primer pecado de Adán, la soberanía de Dios se despliega oportunamente. Esa es la razón por la que la mente objetora sigue preguntándose por qué Dios inculpa.

Si el Faraón de Egipto eligió lo que quiso (oponerse al mandato de Dios) nosotros sabemos que eso se lo dijo Dios a Moisés antes de que sucediera. Fue Dios quien operó en forma eficaz el deseo en el corazón del Faraón, para desplegar luego su poder en él (Véase Romanos 9:17).

Y esa manera operativa de Dios es lo que ha hecho que se levante la objeción, ya que ¿cómo es posible que un Dios justo cause que la criatura peque hasta ser condenado por su pecado? Hay una gran preocupación por declarar pública la dignidad de la libertad, pero la razón de ello descansa en el hecho de que el hombre no desea ser una criatura sino un dios. El que el Todopoderoso le imponga un estándar de vida le resulta humillante a la persona creada, como si la olla de barro tuviese ciertos derechos que deben ser respetados. En realidad el hombre no es libre en relación a su Creador y en relación a las demás criaturas su conducta también depende de la voluntad divina. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina.

El verdadero cristianismo no tiene nada de dualismo, si bien muchos teólogos de la mal llamada cristiandad pervierten el sentido de la Escritura y se declaran a sí mismos dualistas. Jamás se habla en la Biblia acerca de que Dios da permiso a Satanás para actuar, no hay tal cosa como un permiso soberano. De la misma forma no se encuentra en ningún lado de sus textos el que Dios se despoje por algún momento de su soberanía para que el hombre decida por sí mismo su destino. Al contrario, la relación entre la cosa creada y su Creador es la misma que la de una olla de barro con su alfarero. Los que hablan del permiso de Dios a sus criaturas (incluyendo a Satanás) no son creyentes en el evangelio de Cristo; tal vez proponen otro evangelio, pero jamás el que fue declarado por los apóstoles. En el verdadero cristianismo no existe espacio para la criatura que no sea controlado activamente por la voluntad del Creador. Dios ejerce de esta manera un control eficaz, independientemente del esfuerzo teológico que muchos seminaristas procuran de otra manera.

Una de las razones dadas para no decir que Dios es el autor del pecado es que se piensa que eso hace a Dios injusto e insano. Como si la santidad divina se viera afectada por el hecho de que Dios haya ordenado desde el principio que el pecado entrara en su creación. Pablo declara en Romanos que Dios desplegará su poder e ira sobre estos seres creados en el día de la ira, que son los vasos preparados para destrucción. Dos pruebas irrefutables han sido Esaú y Faraón, y por supuesto todos los que ellos representan como réprobos en cuanto a fe. Dios es el que causa activamente el mal:  ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces; o tu obra: No tiene manos? (Isaías 45:9).

El rey de Asiria es otra prueba de lo que decimos, que Dios escoge al impío para ser el báculo de su furor y lo hace actuar de tal manera que cause el daño para el que ha sido enviado. Tiempo después el mismo Dios castiga a ese rey de Asiria por soberbio, porque pensaba que lo que hacía provenía de sí mismo, por su propia voluntad sin que Dios estuviera detrás de su accionar. Esto puede corroborarse de la lectura de Isaías 10:5-15. Ciertamente el hombre no tiene ninguna libertad para actuar, sino solamente es libre para hacer el mal; pero aún en eso tiene los límites de lo que Dios se ha propuesto, para lo cual Él lo inclina como al rey de Asiria.

Dios hizo seguro que muchos tropezaran con la piedra de tropiezo (Cristo), haciéndolos como vasos de ira. De la misma manera hizo seguro el que otras personas fueran objeto de su amor, para que creyeran el evangelio de salvación. En tal sentido Dios decretó la caída de Adán, para glorificarse Dios mismo en la persona y en el trabajo de Su Hijo (1 Pedro 1:20). Hubo una determinación eterna hecha en Cristo Jesús nuestro Señor (Efesios 3:11), notificada ahora a la iglesia y en la cual (la notificación) tenemos seguridad. Por esa razón también predestinó en forma incondicional a Moisés y a Jacob, como al resto de sus elegidos, para que tengan una redención tan eficaz como segura.

Ciertamente, una gran parte de la mal llamada cristiandad llama repugnante a esta doctrina. Pero los que así califican a esta enseñanza son los que fueron apuntados para tropezar en la piedra de tropiezo, para que sean desobedientes a la palabra, para que reciban la ira de Dios. No olvidemos lo que la Escritura enseña una y otra vez, que Faraón fue señalado como vaso de ira y para ello fue preparado desde antes de la fundación del mundo, para Dios mostrar en él el poder de su ira y de su justicia. Asimismo fueron preparados todos los otros vasos de ira, sin que Él cambie en lo más mínimo sus planes. Recordemos que los que señalan como repugnante a esta doctrina bíblica de seguro no les ha amanecido Cristo en sus corazones.

En realidad el único ser libre es Dios, mientras sus criaturas dependen siempre de Su voluntad. Dos grandes grupos se separan desde un primer momento en el relato de las Escrituras, el que representa Esaú, réprobo en cuanto a fe, y el que representa Jacob, vaso de misericordia. No podemos decidir a cual grupo pertenecer, pero el evangelio de Cristo nos asegura que su pueblo mirará con agrado la voluntad de Dios. Finalmente diremos juntamente con Jesucristo, así Padre, porque así te agradó.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:37
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