Domingo, 24 de diciembre de 2017

Dura cosa es dar coces contra el aguijón, como terrible es la blasfemia contra el Dios Creador hecha por los que tuercen la doctrina con su interpretación privada de las Escrituras. La Biblia presenta a Dios como un ser Todopoderoso, que hace como quiere y que controla cada detalle de su creación. En otros términos, la Biblia asegura que no hay nada en el universo que Dios no haya querido. Por esta razón uno entiende que aún al malo hizo Dios para el día malo, que Satanás no fue un espíritu espontáneo sino una creación voluntaria del Dios del cielo y de la tierra.

Sí, aunque suene extraño por cuanto casi nadie lo pregona, el diablo es una criatura hecha por Dios. Aunque Dios lo haya hecho bueno, el acto por el cual se volvió malo también fue ordenado por el Altísimo. De lo contrario Dios hubiese sido sorprendido por la criatura y no habría garantía alguna de que en el futuro no siguiera siendo sorprendido. Pero esto no le gusta a mucha gente que juega con la piedad, que suponen que Dios es tan puro que no puede crear el mal. Sin embargo, quienes así razonan le hacen el juego a los gnósticos. En realidad el gnosticismo sostiene que Jesucristo no vino en carne para no contaminarse, ya que es un espíritu puro. Esa era una de las herejías que se movían alrededor de la primera iglesia y que todavía continúa viva hoy día. No nos extrañe que aparezca camuflada en esa aseveración arminiana acerca de que Dios no hizo el pecado.

Si Dios no hizo el pecado el diablo es autónomo capaz de crear. Pero el hecho de que Dios haya hecho el mal no hace a Dios malo por cuanto siendo soberano no rinde cuentas ante nadie y nadie puede juzgarlo. Por otro lado, Dios no tienta a nadie porque para eso tiene al tentador que se mueve de acuerdo a lo que el Todopoderoso ha decretado que suceda (el libro de Job ilustra ese hecho). Además, ¿Quién es el que dice que sucedió algo que Jehová no haya mandado? De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo (Jeremías).

Pedro dijo que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, Dios no lo previó por si acaso pasaba algo malo sino porque sabía lo que Él mismo había decretado. No podía el Dios de toda la creación exponer la derrota de Su Hijo como Redentor, lo que habría ocurrido si Adán no hubiese pecado. De allí que Adán tenía que pecar para que la humanidad entera cayera junto con él y Jesucristo tuviese la gloria que tiene como el Salvador de los escogidos de Dios (Mateo 1:21).

Al parecer cuando Jesús vino a este mundo e inició su ministerio anunciando su pasión y muerte, se encargó de dar muchas señales que lo marcaban como el enviado del Padre. En diversas ocasiones afirmó que venía a salvar a su pueblo, que ponía su vida en rescate por muchos, por las ovejas y no por el mundo (Juan 17:9). Dijo en otra oportunidad que nadie tenía la capacidad de ir a él, a no ser que el Padre lo enviare. Por si esta aseveración fuese poca, los apóstoles que escribían sus cartas o reseñas siempre expusieron esta idea, que el Hijo era el Salvador del mundo (de gentiles y judíos escogidos por el Padre). Baste con leer el capítulo 1 de la carta a los Efesios para entender que Dios ha predestinado a los que tendrán vida eterna permanente en Jesús.

Jesucristo puso su vida para borrar los pecados de muchos. La expiación hecha en la cruz estuvo a favor de los elegidos del Padre, de los que son contados como ovejas. Por esa razón su expiación es absolutamente cierta y eficaz, sin que se pierda ni uno solo de los que el Padre le dio. Como ninguno de los suyos se pierde queda entendido que todos creen la verdad y ya no siguen al extraño. Es imposible que haya siquiera un solo creyente que crea la mentira, la falsa doctrina, que siga al maestro falso o a las enseñanzas de demonios. Es imposible que alguien que haya sido redimido deambule en el error doctrinal, porque quien tal hace no tiene ni al Padre ni al Hijo.

Si el Espíritu Santo mora en el creyente como una garantía de la redención, el mismo lo guía a toda verdad y no creeremos que el Espíritu es impotente y no alcance mantenernos en ella. El Espíritu Santo no batalla con nadie para convencerlo, simplemente convence a los que el Padre quiere que convenza. Cuando la Biblia habla de que algunos resisten al Espíritu lo dice en el sentido de que esa gente (los impíos) se opone por naturaleza al reconocimiento de Dios. Jamás se dice que el Espíritu está en lucha contra el mal y gana a veces y a veces pierde. En realidad el Padre, el Hijo y el Espíritu concuerdan y no tienen ninguna contradicción: lo que se dice de uno se dice del otro, en cuanto a santidad y coherencia. Jamás el Espíritu ha tratado de convertir a alguien y no lo ha logrado, sino que tiene el poder absoluto de hacerlo si así fuere el caso.

Son cuantiosos los textos de la Escritura que anuncian la soberanía de Dios. En todos ellos se deja claro que Dios hace como quiere. De la misma masa formada ha hecho vasos de honra y vasos de deshonra en los cuales se glorifica. En unos para alabanza de la gloria de su amor pero en otros para alabanza de la gloria de su ira y justicia. A los que el Padre escogió el Hijo los llama la manada pequeña, y son el remanente de Dios en el mundo. Sabemos que hay rechazo a la doctrina de Cristo por cuanto el mundo ama lo suyo y aborrece lo que es de Dios. Por esa razón los arminianos se oponen a la enseñanza de la Escritura; sin embargo, eso no nos aflige más de lo debido, sabiendo que así tiene que ser porque así ha sido ordenado por Dios. De nuevo, ¿quién es el que dice que sucede algo que el Señor no mandó?

Había una cantidad de discípulos de Jesús que lo seguían de día y de noche, por muchos días consecutivos. Ellos presenciaron el milagro de los panes y los peces, escucharon las enseñanzas del Señor y se maravillaban de lo que veían. Por esa razón se esforzaron en seguirlo por tierra y por mar, pero se escandalizaron cuando oyeron del Señor que ninguno de ellos podía ir a él si el Padre no lo enviase. Esa les pareció una palabra dura de oír y se retiraron de inmediato murmurando. De nuevo el Señor se quedó solo con los doce, aunque sabía que uno de ellos era diablo y le habría de entregar.

El Señor hablaba muy claro en cuanto a su objetivo. También explicó el motivo de sus parábolas, para que oyendo no entendiesen y no tuviera él que salvar a los que no salvaría jamás. Pareciera ser que todavía la Escritura es una gran parábola para muchos que se pierden, en quienes el dios de este siglo oscureció el entendimiento. Pero eso acontece para que también se cumpla la Escritura en cuanto a que los réprobos en cuanto a fe se condenan por orden del Padre. Por supuesto que hay una infinidad de personas ligadas a la piedad formal que se escandalizan a diario por el hecho de que Dios inculpe. ¿Cómo puede Dios inculpar y ser justo al mismo tiempo, si castiga a los que no pueden resistir a su voluntad?

La supuesta injusticia de Dios es señalada con el puño contra el cielo. Pero como la olla de barro no puede levantarse contra su hacedor para exigirle respuesta acerca de por qué ha sido hecha de una u otra manera, así tampoco el hombre encontrará respuesta alguna a su inquietud sino la que se escribió en la Escritura. Que el hombre no es nadie para altercar con Dios, que la criatura no tiene potestad alguna para preguntar el porqué la ha hecho de una o de otra manera. La potestad del alfarero se esgrime contra la arcilla que moldea a su gusto.

Ciertamente, los que no creen no pueden creer porque no son de las ovejas del Señor. Las ovejas del Señor oyen su voz y él las conoce. Las ovejas del Señor lo siguen para obtener la vida eterna y jamás perecerán (ni en esta vida ni en la venidera). Nadie puede arrebatar las ovejas de las manos del Señor, nadie, de manera que esa es la seguridad que tenemos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz (Juan 16:26-28).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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