Jueves, 07 de diciembre de 2017

Considera la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que Él torció? (Eclesiastés 7:13). Salomón sabía que todo lo hacía Dios, que no solo Él era el creador del universo sino que seguía metido en él, haciendo nuevas obras cada día. Por esa razón, el sabio hebreo nos legó varios libros donde nos conmina a meditar en la obra divina. El fin de todo su discurso, después de haber experimentado placeres y desvíos éticos, no era otro sino temer al Dios Viviente. La reverencia debida al Creador que supone la obra creada es de tal magnitud que no podemos ignorarla. Ni un átomo del universo se mueve sin su voluntad.

Si Dios tuerce algo nadie puede enderezarlo, todo lo que quiso ha hecho y no hay nada que ocurra en la ciudad que no haya realizado el Señor. Esa es la síntesis teológica de los escritores del Antiguo Testamento, aunque los del Nuevo no se quedaron a un lado. Todos ellos concuerdan en que si Dios quiere algo eso lo hace, sin tener consejero que le exija una respuesta por aquello que se ha propuesto. La inmensidad de la riqueza de su sabiduría, la profundidad de su pensamiento, la ejecución de sus manos, nadie lo puede comprender a cabalidad. Solamente el Espíritu de Dios nos comunica aquello que podemos soportar en nuestra limitada forma de pensar y de entender.

Las personas tienden a imaginar que el tiempo pasado fue mejor que el actual, pero eso es un error desde la perspectiva bíblica. El Dios que provee sigue activo y sus misericordias son nuevas cada mañana, de manera que no es posible decir a ciencia cierta que antes era mejor que ahora. Decirlo implicaría negar la providencia divina para cada día, sería como afirmar que el que nos guarda ya lo hace con desidia. La soberanía divina es la causante de todo cuanto ocurre, sin que nada quede al arbitrio del azar. Esa soberanía es dirigida por la voluntad de Dios siempre sabia, encontrando el final de su propósito eterno.

Si Jesucristo dijo que bastaba a cada día su afán, daba a entender con ello que cada día Dios proveería para la solución de los asuntos por resolver. Hay una promesa explícita en la Escritura acerca de los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios, el hecho de que todas las cosas nos ayudan a bien. ¿Cuál de los hijos de Dios puede decir que las cosas andan torcidas? Si así eso ocurriere recordemos a Salomón quien nos ha dicho que no podemos enderezar aquello que Dios torció.

Pero una cosa es segura, que Dios a quien ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Pero ese azote no viene con odio ni con ira, sino con la mano del amor y por medio de la voluntad de la benevolencia de Jehová. Así como no podemos alterar el curso de las cosas, tampoco podemos detener la providencia de Dios. Calamidades geográficas ocurren en el planeta, desastres humanos y algunos naturales, pero todo ello acaece por causa de la voluntad divina. Puede haber hambre y pestilencia, terremotos en diferentes lugares, aumento de maldad en el corazón de los hombres, pero todo ello es parte del detallado plan de Dios.

Esto lo tiene en cuenta el escritor bíblico, para que nadie diga que Dios está luchando contra el mal. No, en absoluto Dios está en batalla contra el diablo, simplemente lo ha hecho para el día malo. Él tiene el propósito eterno e inmutable de coronar con gloria al Hijo, de redimir a muchos (aunque seamos los pocos de la manada pequeña), de reivindicar su justicia con la gloria de su ira y castigo. De manera que ¿quién puede enderezar lo que Él torció? En vez de murmurar y quejarnos por lo que Dios ha hecho deberíamos mirar con humildad  su voluntad soberana.

Salomón también nos advirtió de lo siguiente: Nunca digas: ¿Cuál es la causa que los tiempos pasados fueron mejores que éstos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría (Eclesiastés 7:10). Cierto es que en estos días la maldad ha sido aumentada, como una señal de la venida del Hijo del Hombre. Sin embargo, el creyente no puede negar que la providencia del Padre continúa para con sus hijos, de tal forma que no puede añorar los tiempos pasados sino disfrutar el tiempo actual. Como señaló Pablo, hay que redimir el tiempo porque los días son malos. El creyente debería cesar en la murmuración, evitar la queja por lo cual viene la ira de Dios. La provisión del cielo es constante, continua, pareja; nada hay que envidiar de los años pasados, más bien debemos agradecer por la bonanza en medio de la escasez. Y es que como dice la Escritura, cuando pasemos por los ríos las aguas no nos anegarán, y si andamos en lo seco no nos quemará el sol.

¿Puede algún ser humano detener la providencia de Dios? ¿Puede alguien alterarla? Dios es quien hace al pobre y al rico, Él es quien enrumba nuestros pasos para allanar nuestro destino. Ni un ave del cielo cae sin la voluntad de Dios, por esa razón el que cree debe dar gracias por la seguridad que posee en este tránsito de vida. Lo que Dios se ha propuesto desde los siglos su providencia lo procura y lo alcanza, de tal forma que no falla ni una jota ni una tilde de lo que se ha propuesto respecto a nosotros. Basta a cada día su afán, por nada debemos estar afanosos, sean nuestros dichos gratos para eliminar del corazón la murmuración.

Dios ha hecho al malo para el día malo, al impío para el fuego eterno, al creyente para alabanza de su gloria. Él es Dios y hace como quiere y no tiene nadie quien le diga qué haces. Si alguien ha alcanzado misericordia de parte de Jehová no puede estar ansioso por nada, no puede quejarse en manera alguna por las circunstancias de vida. Más bien debe dar gracias a Dios por todo y en todo, de tal forma que la humildad sea su sello, que la sapiencia sea la garantía de buena vida en esta tierra. Contemplemos las aves del cielo y sepamos que Dios es quien las alimenta, sin que ellas tengan que trabajar en industria alguna, consideremos las flores del campo que se visten de gloria como ni siquiera Salomón se vistió.

Dios no siempre coloca un rey sabio al frente de una nación, en muchas oportunidades establece una mente trastornada como líder de una región para hacerla sufrir, para exhibición de su breve castigo terrenal. En muchas oportunidades los creyentes tienen que vivir sometidos al rey injusto e impío, sabiendo que el Padre celestial es quien controla todas las circunstancias. En esos contextos el que ha creído da gracias por la providencia divina, por el socorro día a día y por la oportunidad de desarrollar su fe. Sus necesidades son presentadas en oración y recibe a cambio la promesa de la provisión de Dios, asunto que corrobora en la cotidianidad de su vida.

Pero en muchas ocasiones también el creyente oye el comentario de la gente que lo rodea, escucha su gemir y sus quejas, por lo cual contamina su alma de angustias e inicia el camino con tropiezo. Recordemos la frase de Salomón en el Eclesiastés, que nadie puede enderezar lo que Dios torció. Eso equivale a lo que Jesucristo enseñó: que nadie podrá añadir a su estatura una medida mayor, por más que se afane. Deleitémonos ahora en Jehová y Él nos dará las peticiones de nuestro corazón. Esa promesa no es nada mala, es un sí y un Amén, es una seguridad porque es palabra de Dios (Salmo 37:4). Al contemplar la perfección de Dios a través de su obra creada, o también por medio de la gracia manifestada por Jesucristo, por el envío del evangelio de salvación, por la revelación escrita, nos estamos deleitando en Jehová.

Nada falta la a los que lo temen. Si pensáramos más en la gloria venidera comprenderíamos que la aflicción del tiempo presente es nada al compararla con esa felicidad eterna. Mientras más nos alejemos del mundo más nos amistamos con Dios, así que eliminada la enemistad tengamos paz y vida eterna.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

                                    


Publicado por elegidos @ 9:57
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios