Viernes, 08 de septiembre de 2017

El endurecimiento del hombre es doblemente provocado; de un lado Dios el Creador le ha hecho un corazón propenso al mal (aunque también Él se atribuye el endurecimiento activo del mismo), a todo lo que quiere lo inclina, de manera que la criatura no tiene otro destino que el prefijado; del otro lado el hombre se endurece a sí mismo como consecuencia de cumplir el guión escrito sobre su vida y obra. Y pese a que en el plano físico (el de la naturaleza) veamos a una humanidad que toma decisiones y sufre o goza como consecuencia de ellas, en el ámbito metafísico vemos a un Dios que programa a sus criaturas.
A todo lo que quiere Dios inclina el corazón de los reyes y de los súbditos, de manera que Faraón o Judas Iscariote, uno gobernante y otro un hombre común, hicieron lo que de ellos se dijo que habían de hacer. Dos muestras de lo absoluto que es el plan divino y de lo imposible que es desvanecer siquiera una de las letras de lo que en él se ha escrito. Es en este punto crucial en donde la mente natural sigue mostrando su rebeldía ante el planteamiento de la Escritura; muchas personas sucumben a la fe que decían tener y la conmutan por otra parecida e igualmente sin substancia. Porque la fe verdadera que ha sido dada por Dios no sucumbe ante nada sino que acepta la gracia inmerecida y entiende con atónita expresión la majestad de su soberanía.
¿Por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Aún el rey de Asiria fue conminado a ser el ejecutor de la furia de Dios, muy a pesar de que él entendía que aquello en que trabajaba salía de su propio pensamiento. Pero la Escritura dijo que ese rey era el báculo en la mano del Señor, y que por su soberbia él también recibiría su parte del Todopoderoso. Parece ser que en la Biblia se expone de principio a fin la cualidad particular y única de la soberanía absoluta que reside en Dios. La criatura es solamente un peón en el tablero, una ficha técnica, alguien que debe realizar el escrito.
Sin embargo, más allá de lo metafísico, en el plano histórico nosotros sentimos que nos movemos en la estructura de relaciones de causas y efectos. En este terreno solemos sentirnos responsables, porque además hemos sido creados con conciencia y mientras ésta no esté cauterizada actúa como mil testigos en contra nuestra. Ella pesa y nos acusa, y aunque algunos parecieran alcanzar eliminarla, por lo cual son llamados inconscientes, en el plano de la teología cristiana tenemos por cierto que ni una jota ni una tilde serán eliminadas en cuanto a la voluntad divina.
De acuerdo a la carta a los romanos, en su capítulo 9, Dios enfatizó que su amor y odio hacia sus criaturas provenían de su propia voluntad. En el capítulo 8 Pablo introduce el tema de la elección de Dios (a los que antes conoció también predestinó), al hablarnos de la adopción que el Señor hizo respecto de nosotros al tenernos como hijos. Ese conocer divino hemos de entenderlo en el contexto bíblico como un acto de comunión íntima que Dios tiene con su pueblo. De la misma forma en que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo, Dios también nos conoce (ya no solamente cognitivamente) por cuanto nos dio su amor. De igual forma se dice de José que llevaba a María hacia lejanas tierras, para que tuviera al niño, que no la conoció hasta que dio a luz al niño. ¿Cómo es que no la conoció si ya era su esposa y la llevaba en el asno hacia mejor tierra? Simplemente que el conocer bíblico tiene esa otra connotación, la de tener comunión con la persona que se conoce.
Dios nos conoció (es obvio que el Todopoderoso tiene la cualidad de Omnisciente) pero eso no es noticia para nosotros; lo que sí es noticioso es que tuvo comunión con nosotros, los miembros de su pueblo, el linaje escogido que tuvo como ovejas dadas al Maestro que moriría en lugar nuestro. A esos que Dios conoció también los predestinó. Esa es la introducción hecha en Romanos 8:29; acto seguido el apóstol escribía que tanto la elección como la reprobación son incondicionales. Estas acciones no están basadas en nada bueno o malo que hayan podido hacer Jacob o Esaú, sino en la voluntad soberana del Elector. La salvación no está condicionada en algo que Dios haya visto desde antes, como si hubiera cualidad alguna en los redimidos. Tampoco la reprobación, pues ésta ha sido hecha de antemano, antes de que fuesen concebidos los réprobos en cuanto a fe, antes de que hiciesen mal alguno.
En la historia humana uno valora causas y consecuencias. A alguien se le predica el evangelio y tiene una consecuencia positiva porque llega a creer. Si en verdad creyó debe imputarse tal creer a la voluntad sempiterna del Creador. Pero si no creyó, o si tal persona jamás escuchó la predicación del evangelio, también se le imputa la condenación al Creador Supremo. Esto se da sin importar que la persona haya manifestado su rechazo al mandato divino de creer y arrepentirse, o incluso sin que interese si se ha o no oído tal mensaje. Por esa razón el Espíritu también le mostró a Pablo el razonamiento del hombre natural cuando presenta la objeción ante Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? (Romanos 9: 19).
La pregunta surge porque el texto habla en forma clara, sin ambages. Dios es el autor de la condenación de Esaú, aún mucho antes de que hiciese bien o mal. Es decir, no que Dios haya visto de antemano que Esaú iba a hacer mal, como muchos afirman al desviar el sentido primario de la Escritura, sino que Dios así lo dispuso desde los siglos. Siendo hecho de la misma masa que su hermano gemelo Jacob, Dios lo escogió para mostrar en él la ira y la justicia cuando castiga el pecado. Caso contrario, Jacob fue escogido para mostrar en él la misericordia y la gracia, superando el juicio por el pecado. ¿Por qué razón no hizo Dios lo mismo a los dos hermanos? Esa es la razón de la objeción, que por argumento en contrario refuerza el argumento del escritor bíblico.
No hubiese habido tal objeción planteada -la que tiene a Dios por injusto- si la Biblia no hubiese dicho que Esaú fue escogido para castigo desde antes de ser concebido (como lo expresa el verbo griego). Si Esaú hubiese sido juzgado en virtud de los pecados cometidos, Dios hubiese sido menos injusto o tal vez justo, pero como se dispuso a condenarlo aún antes de ser concebido o de hacer bien o mal alguno Dios es visto como arbitrariamente injusto. Esta lógica del objetor reivindica el texto plano que asegura que Dios elige a uno para vida eterna y a otro para condenación eterna. Él es el elector de ambos, a uno para felicidad y a otro para amargura.
La defensa del Espíritu ante el reclamo por Su propia palabra inspirada no es otra sino que la criatura no tiene derecho se protesta alguno, dado que su relación con el Creador es la del barro con su alfarero. ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? De inmediato surge la metáfora de la arcilla con la que se fabrican vasos de honra y vasos de deshonra, de acuerdo a la voluntad suprema y definitiva del arquitecto y constructor, del modelador del barro cual alfarero supremo.
Pero pese a la claridad bíblica hay muchos (por millones se cuentan) que sostienen lo contrario, contraviniendo el sentido plano del texto, su gramática y su contexto. Aluden que Dios condenó a Esaú porque vendió la primogenitura, o porque supo que lo iba a hacer. Niegan con ello lo que el Espíritu ha revelado en forma simple: que Dios hizo ambas cosas en los gemelos mucho antes de que fuesen siquiera concebidos o mucho antes de que hiciesen bien o mal. Al Espíritu no le preocupó que la gente tuviese a Dios como una mala persona, o no llegase a creer por causa de lo que el apóstol fue llevado a escribir. Y es que la decisión de Dios estuvo basada solamente en su propia voluntad soberana, sin tener que ver nada con la voluntad del pecador. Eso queda claro para ambos gemelos, para ambos destinos, pues ellos reflejan una sola causa: la gloria del Dios Omnipotente, gloria en la salvación y gloria en el castigo eterno que exhibe su ira y su justicia.
En Romanos 9:15 Pablo hace alusión a Éxodo 33:19, dando a entender que la salvación no es de acuerdo a la voluntad humana, sino a la gracia y al amor de Dios. Y en Romanos 9:16-18 Pablo asegura que no depende de la criatura que quiera o corra, sino de Dios; asimismo se alude al caso Faraón como el emblemático de la exhibición de la justicia y la ira divina. Si traemos a la memoria la vida y misión de Judas Iscariote, sabremos una vez más que Dios es quien señala a sus réprobos en cuanto a fe el camino y el guión a seguir. Mejor le fuera no haber nacido, dijo Cristo de Judas, lo mismo que se puede decir de cualquiera que haya sido escogido para el destino de Esaú.
Digno es de temer y de reverenciar semejante divinidad; ese es uno de los objetivos fundamentales por los cuales se escribió la Biblia, para que aprendiésemos acerca del carácter soberano del Dios de toda la creación. Él resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, pero a unos y a otros los ha levantado para mostrar por un lado su ira y justicia y por el otro su gracia y su misericordia. Este es el summum que puede esperarse como resultado del estudio de las Escrituras. Ellas no son un manual de buena conducta o un código ético, sino más bien la exhibición y prueba de las cualidades que indican la naturaleza propia del Ser Supremo. ¿Quién fue su consejero? ¿O quién le puede decir a su mano que ya basta? Sus riquezas y su sabiduría son profundas, insondables sus juicios e inescrutables sus caminos.
César Paredes
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Tags: SOBERANÍA. DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:37
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