Martes, 05 de septiembre de 2017

Todas las ovejas entrarán al redil de Dios, pero muchas de ellas pueden ser perseguidas por el lobo rapaz que las dispersa y a veces destruye algunas. Esta destrucción que hace el lobo no puede entenderse como la muerte eterna del alma, sino más bien como la esclavitud de la vida en esta tierra. Hay creyentes que reciben las embestidas del animal feroz, pero eso no implica que no sigan al buen pastor. Más bien, estas ovejas huirán del extraño (de los lobos feroces) y se unirán al rebaño guiado por el pastor de quien son propias las ovejas.
El viejo pueblo de Israel se molestaba por las palabras de Jesús en relación a sus ovejas. Muchos intentaron apedrearlo, pero el Señor salió ileso en medio de ellos. Su molestia estuvo enfocada en la incomodidad de las palabras del Maestro de Galilea, las que les recordaba a esos doctos de la ley (así como a los menos doctos) que ser oveja es una condición sine qua non para seguir al buen pastor. El texto recogido por Juan en su evangelio (10:26) dice así: Mas vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Sí, el Señor les había expresado antes que él era el buen pastor y que sus ovejas oirían su voz y lo seguirían; sin embargo, una gran muchedumbre que lo escuchaba buscaron piedras para arrojárselas.
El ser humano ama la libertad de elección, la sensación de tener el derecho a elegir su preferencia en cualquier circunstancia y discusión. Pero Jesús les recordaba con su presencia y discurso que Dios era el único libre para tomar tal decisión. De hecho, ya antes había expresado que lo que el Padre le había dado vendría a él, y él no lo echaría fuera. Es el Padre quien ha elegido desde los siglos, como lo afirmara después el apóstol Pablo en su epístola a los Romanos, o como también lo asegurara Pedro y los demás escritores del Nuevo Testamento. La libertad de elección en Dios suprime la libertad de elección en los hombres. Eso molesta a muchos, por lo cual se encolerizan hasta intentar arrojar piedras a las palabras y discursos del Señor, a sus predicadores, como si con esa actitud pudieran voltear la voluntad inmutable del Creador.
Ese mismo Jesús había dicho antes que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevara a la fuerza. El verbo usado en lengua griega es ELKO y quiere decir remolcar, dragar en el mar; en otros términos, el Padre lleva a la fuerza a las ovejas hacia Cristo, porque de nos ser de esa forma nadie sería salvo. No obstante, muchos que se dicen creyentes en ese Dios y Señor reclaman ante esta declaratoria y hurgan en la Escritura para intentar conseguir una palabra diferente. Como no la hayan se vuelven intérpretes privados de ella; algunos llegan a afirmar contra toda lógica que ellos son el sembrador de la parábola enseñada por Jesús.
Jesucristo expuso la parábola del sembrador y habló de la diversidad de terrenos donde caía la semilla. Solamente hubo buen fruto cuando la semilla cayó en terreno abonado, pero eso no implicaba que el sembrador no haya sido Dios (el mismo que prepara los corazones para que la semilla dé su fruto a su tiempo). Lidia era una mujer que escuchaba con atención a Pablo pero no fue sino hasta que Dios abrió su corazón o entendimiento que pudo comprender el camino de salvación enseñado. No se dice que Lidia se haya abierto a sí misma el entendimiento, de la misma forma en que no se puede asomar la idea de que cada quien se prepara su propio terreno.
Los que entienden la parábola y comprenden la voluntad absoluta de Dios pudieran todavía no estar de acuerdo con la soberanía absoluta de Dios. Y es que entender no hace al hombre salvo, porque pudiera darse el caso de la protesta natural del hombre que piensa, cuando reclama desde su alma acerca de por qué Dios inculpa, pues ¿quién ha resistido a su voluntad? El Espíritu puso en Pablo la pregunta con su respuesta: ¿quién eres tú para que alterques con Dios? ¿Podrá decirle la olla de barro a su alfarero por qué me hizo así? ¿No tiene potestad el alfarero para hacer una olla para honra y otra para deshonra y destrucción?
En este punto muchos quieren tomar piedras y lanzarlas a los que predican tal palabra de Dios. Al menos se les ve su mirada de odio, se les escucha su voz diciendo que este mensaje es repugnante. Tal exclamación coincide con la de Jacobo Arminio quien se rebeló contra la declaración bíblica y buscó para su perdición la interpretación privada, fuera de contexto y de toda gramática. Muchos que coinciden con la Escritura en cuanto a que ella habla de la predestinación del Padre aseguran que ésta se hizo en razón de la buena voluntad de los corazones humanos. Dicen que Dios previó quien habría de creer y a esos predestinó para vida eterna; que a los que no iban a creer los dejó para condenación permanente. Pero la Biblia asegura que eso no fue de esa manera, más bien dice que Dios eligió desde antes de la fundación del mundo a quienes iba a amar por siempre y a quienes iba a odiar o aborrecer por la eternidad.
Esto coloca a Dios en un estado de repugnancia absoluta para la mente de la humanidad caída, pero esa actitud de rechazo no cambia en lo más mínimo la decisión divina. La Biblia abunda en textos que muestran la percepción que tiene Dios respecto de la humanidad creada: muerta en delitos y pecados, que es como trapos de mujer monstruosa, que se ha desviado haciendo el mal, que no hay ni uno solo que haga lo bueno ni quien busque a Dios. Claro que muchos alegan que ellos lo han buscado pero de seguro no se percatan que persiguen a un dios distinto. Ellos se han fabricado un ídolo al que han llamado Jehová o Jesucristo, pero del que desvirtúan sus palabras para que se ajuste más a la medida de su mente.
El Dios de las Escrituras sigue diciendo que las ovejas del Señor no siguen al extraño sino que huyen de él. Sin embargo, estos seguidores de un falso dios aseguran que siguen al verdadero Maestro (solo que no les gusta su discurso, por lo cual lo interpretan privadamente). A ellos les parece repugnante la declaraciones de Jesucristo respecto a la soberanía absoluta del Padre en materia de elección. Llegan a creer que ellos tienen méritos (el de levantar la mano, el de dar un paso al frente, el de abonarse el terreno de su corazón o de abrirse a sí mismos el entendimiento), razón por la cual el Dios de la Biblia los predestinó.
Esta gente no tolera que Dios haya odiado a Esaú antes de haber nacido o sido concebido, ni de haber hecho bien o mal; agregan que el verbo griego MISEO (odiar) significa amar menos. Para ellos Dios no hizo al malo para el día malo, sino que el malo se formó solo; para ellos la caída de Adán fue una circunstancia terrible que Dios aprovechó para enviar a Su Hijo a redimir a todo aquel que quisiera dar el paso al frente. Como si el Cordero de Dios no hubiese estado preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).
Ciertamente, los que nunca llegan a creer la verdad (sino solamente parte de ella) no son de las ovejas de Cristo (Juan 10:26); ellos son parte del mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9), y no son del grupo que el Padre envía al Hijo (Juan 6:44). Por cierto, en una oportunidad en que Jesús explicaba la palabra de la predestinación muchos de sus discípulos se espantaron diciendo: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? De inmediato les ratificó lo que venía diciendo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 60 y 65). Lo que sucedió de inmediato es lo mismo que acontece hoy día: muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él (verso 66).
Se infiere que quien rechaza la palabra de vida pregonada bajo el concepto de la soberanía absoluta de Dios, en la premisa de la predestinación que ha hecho desde antes de la fundación del mundo, basada solamente en el puro afecto de su voluntad y no en los méritos del ser humano, sigue a un Cristo diferente, se vuelve atrás y no anda con el verdadero Dios de la Escritura. Y si anunciamos las buenas nuevas de salvación a pesar de la predestinación es porque la Escritura dice que hay que hacerlo, que es a través de la palabra predicada que las ovejas llegan a creer. Ese fue el método del Señor, el mecanismo que dejó para sus seguidores cuando pidió por los que habrían de creer por la palabra de sus discípulos.
La predestinación no anula en ningún momento la predicación del evangelio, porque ¿cómo oirán si no hay quien les predique? Pero todo aquel que llega a creer deja de seguir el evangelio del extraño y oye la voz del buen pastor. El creyente no insinúa jamás que él sigue al buen pastor porque él es más sensato que los demás, o porque fue más inteligente que los otros. No, él sabe que la declaración bíblica es fiel: de nos ser porque Dios haya dejado un remanente, nadie sería salvo.
César Paredes
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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:35
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