Domingo, 03 de septiembre de 2017

Resulta de gran ayuda tener en cuenta el contexto en que fueron escritos los relatos bíblicos. Cada porción de la Escritura tiene un contexto particular con destinatarios primarios, más allá de que también existan otros receptores del antiguo mensaje. Conviene entender si un apóstol tenía algo que decir a una iglesia particular solamente o si su mensaje es un estándar para todas las iglesias. Asimismo, los ejemplos que se colocaron en un momento dado es prudente comprenderlos dentro de la cultura en la cual fueron emitidos.
El cálculo hermenéutico nos exige mirar bien el entorno de las palabras, ya que tanto la gramática como aquello que ronda el texto vienen a ser interpretantes que ayudan en la comprensión de lo que leemos. De esta forma, cada vez que nos acercamos a la Biblia la interpretamos. Sin embargo, hay buenas y malas interpretaciones de tal forma que tendremos dolores de cabeza si mal entendemos el mensaje escrito en los libros de la Biblia. En algunos casos descubrimos aparentes antítesis o contradicciones en el libro, razón por la cual urge la correcta interpretación.
Los textos aislados de su contextos, o colocados en forma desligada unos de otros, suelen hacernos llegar a conclusiones erróneas. Conviene tener una visión global, más general que particular, para formarnos la idea del mensaje que se nos quiere hacer entregar. Cierto es que Jesús nos exhorta a pedir en forma perseverante hasta conseguir lo que pedimos, pero es igualmente verdad que el Señor señala como indebido meternos en palabrerías formales cuando estamos orando. Así parece derivarse del análisis que hizo de la oración de un fariseo frente a la de un hombre pecador que apenas buscaba perdón.
Pese a nuestra insistencia con nuestras oraciones, sabemos que Dios no va a torcer su voluntad para satisfacer la nuestra. Necesario es que comprendamos la dimensión de la soberanía divina, de manera que entendamos que aquello que pedimos lo obtendremos solamente si eso es la voluntad de Dios. La oración es ante todo un mecanismo de comunión con el Señor, si bien a través de su práctica se suele obtener la satisfacción plena de nuestras necesidades. Pero se ha dicho que Dios conoce de antemano lo que le vamos a pedir, por cuya razón el Espíritu nos exhorta a pedir lo que conviene.
No se trata de ser mecánicos en la actividad de orar, más bien es inteligente actuar de acuerdo a la dirección del Espíritu. Hay un texto interesante que nos educa al respecto: Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré (Jeremías 29: 11-12). Parece ser que hay un tiempo para cada cosa, que el tiempo de la oración también tiene su espacio y cuando somos movidos a orar obtendremos respuesta específica. Acá no hay mecanicismo, simplemente existe armonía entre la voluntad de Dios y el deseo implantado en el corazón del que ora.
El Señor prometió la satisfacción de todo aquello que necesitamos, bajo el proyecto de buscar primeramente el reino de Dios y su justicia. Santiago nos alerta, sin embargo, a pedir lo que conviene (no para satisfacer nuestros deleites). Ah, pero lo que necesitamos también puede ser el deleite de nuestra vida, de manera que hay que saber leer lo que Santiago quiso decirnos. No se trata de que aquello que Dios nos da no sea deleitoso, ni que buscar satisfacer nuestras carencias no nos produzca deleite; se trata de que el sentido de las palabras de Santiago ha de ser ubicado en el contexto en que hablaba.
Tal vez conviene entender que ese apóstol nos advertía contra el mecanicismo de la oración, el hecho de creer que si me dispongo a emitir palabras ante Dios se me va a conceder cuanta cosa se me ocurra. Incluso, el apóstol señala el peligro de andar con dudas, como ondas llevadas por los vientos, pues Dios se goza en la fe que nos ha sido dada. Por eso dice que se puede llegar a orar mal pidiendo y no recibiendo nada. Pero la advertencia de Santiago no es una antítesis de lo que Jesús dijera en referencia a pedir porque se nos daría, más bien hay que entenderlo como un complemento que hemos de tener en la visión global de la temática de la oración.
De nuevo, el contexto es fundamental para la interpretación de las Escrituras (como lo es también para entender cualquier otro libro o cualquier otro enunciado). Asimismo debemos mirar con cuidado y atención los libros poéticos de la Biblia, porque si nos quedamos prendados de la literalidad de las palabras podemos confundirnos hasta el tormento. Hay imágenes poéticas, metáforas literarias, hipérboles (exageraciones), entimemas (silogismos inconclusos), muchas figuras de lenguaje en los argumentos con los que se escribe. La comprensión del referente o contexto en el que se ha escrito algo es de suma importancia para no salir con disparates en nuestro entendimiento.
A veces el salmista describe a Dios como una roca en medio del mar, otras lo coloca como un ave (tal vez una gallina que cobija a sus polluelos debajo de sus alas). Pero sería loco afirmar que Dios tiene alas o que vuela como un ave, o que Dios es más bien un pedazo de piedra en medio del mar. De igual manera hay que entender que los proverbios configuran una manera literaria que no siempre es de universal comprensión, con lo cual hay que imaginar un poco y mirar su contexto para que podamos disfrutar de su mensaje e igualmente le saquemos provecho.
Jesús dijo que el que no estaba contra nosotros estaba con nosotros (Marcos 9:40). El contexto en que lo afirmó fue el de una conversación con sus discípulos que estaban celosos de otros creyentes que no andaban con ellos. Pero Jesús también aseguró que el que no estaba con él estaba contra él, que el que no cosechaba con él desparramaba (Mateo 12:30). Esto lo dijo en referencia a la gente que permanece indiferente a su mensaje. Cualquiera pudiera ver estos dos textos como antitéticos, pero no hay contradicción alguna entre ellos, ni en Jesús que fue quien profiriera tales palabras. Simplemente hay dos momentos distintos con dos ambientes diferentes, y sin su comprensión no podríamos entender plenamente el sentido correcto de ambos.
No habría evangelio sin resurrección de los muertos, y si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra esperanza. Pablo argumentaba contra la influencia de los saduceos en la iglesia de Corinto, de manera que hizo memoria y referencia a una práctica conocida en aquella iglesia y que provenía de algunas personas ajenas a la comprensión del evangelio. El se refirió a los que se bautizaban por los muertos, diciendo que si no hubiese resurrección entonces no tendría sentido el hecho de que se bautizaran por ellos. Pero ese ejemplo no autorizaba en ningún momento tal práctica que por demás era pagana.
Eso es como cuando uno trata de explicar la realidad de la dimensión espiritual, la comunión que se tiene con Dios y su cuidado para con nosotros. De repente alguien aduce que no hay vida después de la vida, que no hay más allá y que eso de las potestades espirituales y de la existencia de Dios es puro cuento. Uno podría colocarles un ejemplo de la práctica pagana (como lo hizo Pablo en su momento) y así les diría: Pero si los espiritistas intentan comunicarse con los muertos es porque creen que hay una realidad espiritual más allá de nuestra dimensión física. Esa afirmación no autoriza la práctica espiritista, ni da por hecho probado el que se puedan comunicar con los muertos. Simplemente está dada en un contexto que pretende allanar las dificultades impuestas por los que niegan la realidad del reino espiritual.
Sin embargo, son muchos los que sufren por ese ejemplo colocado por el apóstol cuando leen 1 Corintios 15:29. Pablo no habló de la eficacia de tal práctica, ni avaló su imitación, simplemente colocó un ejemplo tomado del mundo pagano que aún siendo pagano también creía en la resurrección de los muertos. En cambio, los saduceos que también tenían la ley de Moisés negaban tal realidad bíblica y habían influido negativamente en ciertas personas. El contexto es fundamental para la interpretación correcta, para que la hermenéutica tome su curso y nos conduzca por el sendero de la razón. Jesucristo es razón pura, es el Logos eterno e inmutable, el fundamento de la creación de Dios. Aún sus palabras vienen en contextos que hay que desentrañar para degustarlas en forma adecuada.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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