Jueves, 24 de agosto de 2017

El cesacionismo es la creencia acerca de que el hacer milagros compete al propósito exclusivo de Dios, dando a entender con ello que el tiempo de los Milagros sobresalientes y especiales cesaron. El hombre no hace milagro alguno, pero cuando ha sido utilizado para tal fin ha cumplido la voluntad divina en la historia para mostrar la gloria específica del Creador. Por los milagros, Dios le mostraba a Israel quién era El, así como lo hizo Jesucristo en medio de sus escogidos para exhibir el poder que le acompañaba. De la misma manera, las señales seguían a los apóstoles como un indicio de la autoridad dada por el Mesías y Maestro que los había escogido y enviado al mundo.
La iglesia en sus orígenes (en la época apostólica) vivió tales señales y prodigios pero también presenció la extinción de esos poderes especiales. Vemos en los Hechos de los Apóstoles la forma particular en la que el Señor se manifestaba a través de Pablo, pero también leemos en una de las cartas de ese apóstol que le recomienda a Timoteo tomar vino en vez de agua, por causa de su estómago. Uno se pregunta, si las señales especiales de sanidad hubiesen estado vigentes del todo, ¿por qué no imponer las manos sobre Timoteo? ¿O por qué no enviarle uno de los pañuelos de Pablo para salud del amado compañero y amigo? El mismo Pablo sufrió enfermedades y no se auto impuso las manos, ni siquiera uno de sus compañeros apóstoles con los que compartió lo ayudó con un milagro para eliminar su afección en los ojos.
Si la manifestación poderosa de las señales y prodigios no hubiese cesado, lo más seguro es que los mismos apóstoles estuviesen vivos con nosotros, por cuanto habiendo algunos resucitado muertos nada les habría impedido volver a la vida para seguir con la iglesia (lo cual convenía sobremanera). Por esa razón el creyente debe leer las Escrituras y estar atento al contexto en el que se escribieron, porque cuando Santiago habla de ungir al enfermo llevándolo ante la iglesia hacía referencia a esa época apostólica en que aquello era una señal vigente del poder del Señor en medio de ellos
Hoy día la señal vigente en medio de la iglesia no es otra que la fe, por la cual creemos que aquellas cosas sucedieron para la gloria del Dios de Israel y para beneficio nuestro. Sin embargo, muchos se afligen hoy día por no poder repetir el conjunto de milagros que hicieron aquellos seres dotados de dones especiales dentro de un período especial de la iglesia. Por esa razón, despojándose de todo escrúpulo intelectual, claman por una segunda lectura de la Biblia y ensayan elocuciones para demostrar su gran fe. De esta forma decretan, ordenan, reprenden, con actos lingüísticos que pretenden ser performativos pero que son solamente elocutivos.
Los empedernidos sanadores de hoy atribuyen su fracaso a la falta de fe en los enfermos. En la época de Jesucristo en medio de sus discípulos, cuando sanaba a un paralítico o cuando curaba a un leproso, Jesús no preguntaba nada y siempre tenía éxito. Unos leprosos fueron sanados por el Señor y no todos regresaron para agradecérselo, por lo cual se demuestra que a ellos solo les importaba su cuerpo limpio y nada sobre el sanador. Ellos no tenían fe alguna, pero el Señor igualmente operó el milagro en sus cuerpos. Asimismo, Lázaro no fue interrogado acerca de su fe ni de su voluntad, no le fue dicho si quería salir a la vida de nuevo, simplemente le fue ordenado.
Pero estos hacedores de milagros estafan a sus seguidores y prefieren sanar enfermedades subjetivas como imaginarios dolores de cabeza, fiebres supuestas, aunque también es cierto que a veces son atrevidos y hacen trucos para hacer caminar a paralíticos (pero son personas que simulan estar enfermas). Algunas sinagogas donde ellos trabajan parecen más cubículos de medicina interna donde catalogan a los pacientes por el tipo de enfermedad. Los que tienen molestias en el hígado, pónganse de este lado, los que sufren depresión de este otro. Así, las congregaciones asisten para ver a sus hacedores de prodigios y fingen ver sanidades de enfermedades las más de las veces subjetivas. Pero si alguien tiene una mano seca no se atreven a sanarla y, si se les pide que lo hagan, su fracaso inequívoco será descargado a la falta de fe del enfermo.
Eso no es más que una forma burda de mostrar el falso mensaje, de intentar aprehender a Dios por medio de la experiencia. De esa manera se aleja la gente de la proposición lingüística del evangelio. Porque el evangelio de Cristo no es más que la buena noticia de lo que Dios ha hecho en favor de sus elegidos, la redención eterna y el perdón de todos los pecados de su pueblo. Del mundo se dice que Jesús no rogó por él la noche previa a su crucifixión, por lo cual se implica que el Señor tampoco murió por él.
Pero hay quienes insisten en el texto de Isaías y reclaman para ellos sanidad del cuerpo. El profeta dijo que por las heridas y llagas del Señor nosotros fuimos curados, pero quienes se encantan con este verso parecieran que no han leído su contraparte escrita en el evangelio de Mateo. Dice el evangelista que le trajeron muchos endemoniados al Señor y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos (Mateo 8:16). Pero el verso siguiente dice así: para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias (Mateo 8:17). Por esta razón Pedro dijo que Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 Pedro 2:24). La sanidad nuestra es la del alma, el perdón por el pecado en virtud del sufrimiento vicario de Jesucristo.
Desde que Adán fue creado hasta que apareció Moisés en la historia, no se registra el milagro como una señal extraordinaria continua. Todo es historia y conversación de Dios con los hombres, y a quienes se apareció lo hizo en sueños o visiones o en la forma de un ángel del Señor. De acuerdo a las cuentas bíblicas, ese período de tiempo suma más o menos 2500 años. Es decir, Dios dejó al hombre creado sin milagros de sanidad, de profecía, de lenguas, etc., por un período de tiempo bastante extenso.
Cuando envía a Moisés, le dice que Jehová hablará por él, que tendrá algunas señales especiales para que el Faraón le crea como enviado Suyo. Sin embargo, le advierte que el Faraón no lo escuchará del todo porque Él mismo endurecerá su corazón. Ese es otro milagro interesante, pero no es una señal como las que se pretende rescatar en las sinagogas modernas. Mucho después se oye hablar de dos grandes profetas, Elías y su siervo el profeta Eliseo. Las majestuosas señales de Elías que oraba para que no hubiera lluvia y así aconteció; Dios envió cuervos para que lo alimentaran en el arroyo donde estaba oculto. Asimismo, hacía descender fuego del cielo para que consumiera a los capitanes con sus cincuenta que lo buscaban de parte del rey Acab. Finalmente, ascendió al cielo en una carroza de fuego.
Supongo que estos predicadores que buscan milagros como señal de que tienen poder del cielo no pretenden jamás que una carroza de fuego los quite de la tierra. No, ellos son terrenales y prefieren mantenerse a expensas de los seguidores que son tan ciegos como ellos. Pero desde Elías hasta Jesucristo transcurrieron muchos años y, salvo algunos milagros acontecidos en batallas, no parecía darse el conjunto de señales espectaculares de la sanidad, de la profecía o el del hablar en lenguas. Curiosamente Jesús no habló en lenguas extranjeras, simplemente sanó a muchos porque era el signo inequívoco que daría gloria al Padre que lo había enviado. El período de la iglesia naciente sumado al del ministerio de Jesús en la tierra con sus discípulos apenas suma unos pocos años. Las lenguas cesarían, dijo Pablo, asimismo se apagarían las profecías cuando hubiere llegado lo perfecto. Excepto en la carta de Pablo a los Corintios, no hay mención del don de lenguas en el Nuevo Testamento (a excepción también del libro de los Hechos de los Apóstoles).
Curiosamente, las tres veces que en el libro de los Hechos se menciona el don de lenguas acontece en presencia de judíos (aún en el caso de Cornelio, el centurión gentil). Era el cumplimiento de una vieja profecía de Isaías respecto a que Dios hablaría en lengua de tartamudos al pueblo de Israel, en señal de un castigo. Asímismo lo interpreta Pablo: En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo, y ni aun así me oirán, dice el Señor (1 Corintios 14:21).
Los que provocan signos espectaculares y maravillosos como medio de prueba de su fe, están falsificando aquellos signos verdaderos que cesaron hace mucho tiempo. Estos falsos profetas y malos maestros están trayendo el caos a sus sinagogas, al mismo tiempo que tratan de señalar que la gente debe esforzarse por buscar las señales especiales de su membresía en el reino de los cielos. Sin embargo, a aquellos que hacen grandes prodigios (porque hay quienes se esfuerzan y se convierten en hacedores de milagros) el Señor mismo les dirá que se aparten de él, que nunca los conoció.
El Dios del cielo no conoce (en el sentido de tener comunión con ellos) a los que echan fuera demonios y alegan hacer grandes señales y milagros. El les dirá que se aparten de él y que se vayan al lago de fuego preparado para tal fin, sin que le importe que esa gente haya profetizado en su nombre. La única señal que tenemos es la de la redención manifestada en nosotros y testificada por el Espíritu dentro de nosotros, como garantía de nuestra salvación final. Lo demás es adorno no exigido y una carga de apostasía que es más bien un signo del que anda perdido.
César Paredes
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Tags: SOBERANÍA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:28
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