Mi?rcoles, 16 de agosto de 2017

El principio de la revelación escrita en el Génesis de la Biblia manifiesta al Creador ordenando que fuera la luz, y se agrega que la luz fue hecha; posteriormente, la declaración bíblica continúa diciéndonos que Dios es luz. Bien, el apóstol Pablo dijo que Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, de la misma forma en que Él resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).
Pero a pesar de la luz en el mundo las tinieblas siguen ocurriendo, como un contraste pedagógico que nos permite valorar la grandeza de lo que ha sido iluminado ante nuestros ojos. De la misma forma, el evangelio también ha quedado encubierto, bajo las tinieblas de la ignorancia espiritual, entre aquellos que se pierden. Agrega el apóstol que el dios de este siglo (Satanás, el diablo, la serpiente antigua) cegó el entendimiento de los incrédulos, con la intención de que la lumbre del evangelio no les llegue o no les resplandezca.
Al parecer el rol de Satanás, llamado también el acusador de los hermanos, ha sido una tarea que ejecuta con avidez y con facilidad. Existe una propensión en la naturaleza del hombre caído (a partir de la caída de Adán, como padre federal de la humanidad) que lo lleva rueda libre hacia las obras del mal. Por supuesto, hay una gran variedad de males, hay una infinidad de formas para ejecutar la maldad; no obstante, con la expresión el hombre caído se configura a un conjunto de personas que pueden tener variaciones en cuanto a grado en la realización de la maldad.
De allí que se hable de la depravación total como un concepto que da entender que el hombre no puede por sí mismo volver a Dios. Eso no quiere decir depravación absoluta, ya que las obras de la carne no tienen límite, como lo advierte Pablo al enumerar las operaciones del corazón humano y agrega un gran etcétera (cosas semejantes a éstas). Si el hombre está totalmente depravado implica que no puede ser justificado ante la ley de Dios, ya que no hay justo ni aún uno ni quien busque al Señor. El Creador nos ha calificado como trapos de mujer menstruosa o como nada y menos que nada.
Aunque la creación del hombre y su caída acontecen en un plano histórico, en la mediación del espacio-tiempo, desde la perspectiva metafísica fueron planificados y ha acontecido todo antes de la fundación del mundo. En ese tiempo, si pudiésemos hablar de temporalidad cuando nos referimos a la eternidad, Dios nos pensó como un pueblo para su gloria. De igual manera pensó en la gloria de su ira y justicia contra el pecado, para lo cual también creó el castigo general para toda la humanidad. Dice la Escritura que nosotros éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás; lo que sucedió fue que en unos resplandeció la luz del evangelio de Cristo pero en otros abundó las tinieblas operadas por el dios de este mundo.
Cabe destacar que no dejó Dios nada al azar, ya que él es Omnisciente y todo lo planifica; sus decretos son eternos e inmutables y no podemos motivarlo a que los altere en lo más mínimo. En unos resplandeció la luz de Cristo pero en otros quedaron las tinieblas para que continúen bajo la ira de Dios. Las obras de cada uno son exhibidas ante la luz de la verdad, pero ellas solo demuestran que son fruto de un árbol determinado. El buen árbol siempre dará buenos frutos, pero el árbol malo no podrá jamás dar buenos sino malos frutos.
Las obras de Esaú fueron malas, cambió su primogenitura por un plato de lentejas, porque su esencia era mala y estaba cubierta de tinieblas. Su hermano Jacob se la cambió porque tenía la ambición de la vida eterna, algo que lo llevaba a obtener esa vida despreciada por su hermano. Claro está que aquellos gemelos mostraron obras similares en muchos contextos, fueron engañadores y pecadores como todos los seres humanos. La diferencia entre el querer la luz o seguir en las tinieblas había sido establecida en aquel plano metafísico en el que el Creador se movía como nos lo dice la palabra revelada.
Agrega la Biblia que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, no en virtud de sus obras (como si alguien pudiera dar buenas obras para ser amado por el Creador) sino en razón de la voluntad del que elige. Dios es soberano en todas las esferas que podamos imaginar, de manera que decidió de acuerdo al afecto de su voluntad salvar a Jacob (un hombre con un prontuario ético que dejaba mucho que desear), a fin de honrar Su nombre en base a la expiación que haría el Hijo en la cruz del Calvario. Por tal motivo Jacob procuró la primogenitura y la consiguió con la venta del plato de lentejas.
Al mismo tiempo, la misma Escritura que declara el amor de Dios por Jacob, diciéndonos que no era un amor en base a sus obras, nos anuncia que Dios odió a Esaú sin que éste hubiese hecho ni bien ni mal. Dios se atribuye para Sí mismo la condenación de Esaú, habiéndolo preparado de antemano para destrucción, como vaso de ira en el cual se demostrará el peso de la justicia de Dios. Nos dice el mismo texto que ni Jacob ni Esaú habían hecho ni bien ni mal, a fin de que se manifestase el poder soberano del Creador. En base a esta declaración bíblica surgen las divisiones de opinión que no son simples discusiones teológicas, más bien son declaraciones de guerra contra la voluntad férrea e irritante del Creador del universo.
Por supuesto, el dios de este siglo atiza los carbones de la disputa y anima a los objetores de la Escritura, para que levanten su puño contra el Dios del universo. La respuesta del Espíritu no se hizo esperar, más bien el apóstol Pablo la expuso de inmediato ante la objeción que levantaría la revelación de Dios: ¿Y tú quién eres, para que alterques con Dios? Se nos compara con ollas de barro en manos del alfarero, masa de arcilla moldeada por el Creador para honra o para deshonra. Eso sí, todos somos hechos de la misma masa, para que nadie se jacte en la presencia de Dios; la diferencia ha estribado en el alfarero que destina a unos para perdición eterna y a otros para gloria eterna.
Las viejas preguntas del objetor parecen lógicas desde la mente del hombre natural. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? Son preguntas de más de veinte siglos cuya única respuesta posible ha sido dada en la misma Escritura (ver capítulo 9 de la carta a los romanos). La labor del dios de este siglo es mantener encubierto el evangelio de Cristo, pero no olvidemos que aún Satanás recibe órdenes de su Creador. El libro de Job nos educa al respecto, así como el carácter implícito de toda la Escritura aparte de los textos explícitos que hablan al respecto. Ejemplo tenemos en la declaración de Proverbios 16:4: Aún al malo ha hecho Dios para el día malo.
Lázaro fue resucitado por el Señor para demostrar que Él era la vida entre los hombres; pero también enseña el contexto que los muertos no pueden levantarse por sí solos. Asimismo, los muertos en el espíritu (los hombres caídos en el pecado) no podrán por sí mismos mover siquiera un dedo hacia la medicina. Dios es quien resplandece en nuestros corazones, por lo cual nosotros predicamos a Jesucristo. La buena noticia está dada para las ovejas y no para las cabras. No hay tal cosa como una cabra transformada en oveja, como tampoco es posible que el mal árbol dé buenos frutos.
¿Cuál es el evangelio que confiesas? ¿El de la gracia absoluta de Dios o el de las obras compartidas entre Dios y los hombres? Solo un evangelio es el verdadero, los demás son copias o engaños que ha sembrado el dios de este siglo en los corazones de los incrédulos. Porque un incrédulo es quien no ha creído el evangelio de Cristo, aunque confiese miles de evangelios salidos de la manga del mago que fantasea con las ilusiones de los hombres. Jesucristo fue muy claro cuando se refirió al buen árbol que da buen fruto, en contraste con el mal árbol que siempre da mal fruto. El libro de Lucas así lo refiere: Porque no es buen árbol el que da malos frutos; ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol por su fruto es conocido: que no cogen higos de los espinos, ni vendimian uvas de las zarzas. El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca (Lucas 6:43-45).
Esa boca que confiesa un falso evangelio pone de manifiesto que un árbol malo es el que habla; al contrario, la boca que confiesa a Jesucristo como Dios hecho hombre, como redentor de los que el Padre le dio (Juan 17), el que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que el Padre le había dado, que confiesa que Dios en su soberanía creó a Jacob como vaso de honra y a Esaú como vaso de deshonra, sin que aquello le cause ánimo para la objeción, está poniendo de manifiesto que un árbol bueno es el que habla. Ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:22
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