Mi?rcoles, 26 de abril de 2017

Ciertamente hay ordenanzas que no podemos cumplir, si bien siguen siendo imperativas. Existe la tendencia a comparar la ley civil con la ley divina, asunto que coloca dos esferas como si fueran las mismas. La razón de la ley divina va más allá de la capacidad de cumplimiento, por cuanto ella busca demostrar la incapacidad humana. Es entonces cuando la gloria de Dios se muestra en sus dos facetas, la de la gracia absoluta que emerge para dar el veredicto de absolución a la falta y la de la justicia e ira que castiga la culpa.

Dios exige perfecta obediencia a su norma, pero nos sentimos miserables por hacer el mal que no queremos y por no hacer el bien que deseamos. La ley se introdujo para que el pecado abundara, de manera que sobreabundara la gracia del perdón. Sin embargo, la ley que condena también juzga y viene a ser el instrumento por el cual el Dios del cielo y de la tierra manifiesta su ira y poder en el ejercicio de su justicia. Y en esto hay mucha grandeza en la mente del Señor, mucho camino insondable por lo inescrutable de sus pensamientos.

Se desprende de lo dicho que la justificación no depende de las obras o de la ley sino del trabajo exclusivo de Jesucristo. Sabemos que por medio de las obras de la ley ninguna carne será justificada delante de Dios, sino que más bien por la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:19-20). Los que pretenden cumplir la ley como justificación serán malditos si la incumplen en alguno de sus puntos; más bien, el justo debe vivir por la fe (Gálatas 3:10-12).

En muchas ocasiones el mandato del Señor de arrepentirse y creer en el evangelio trae la consecuencia del endurecimiento para que las personas no se arrepientan ni crean (Isaías 6:9-10). Eso hacía Juan el Bautista, que anunciaba arrepentimiento a un pueblo endurecido que no se arrepentiría; Jesucristo también predicaba diciendo que se arrepintieran y creyeran el evangelio (Sabemos que el Señor conocía quienes se arrepentirían y creerían pero predicó a todos de manera general).

Cuando Dios regenera a una persona la convierte de inmediato, de manera que le da fe y arrepentimiento. La persona regenerada pasa a conocer el evangelio de salvación en toda su dimensión, más allá de la articulación de conceptos con palabras teológicas. Él sabe que ha pasado de estar en la oscuridad de la luz a ser un siervo de justicia. De igual manera le aconteció al ladrón en la cruz, el cual fue regenerado por Dios y en arrepentimiento pudo reconocer al Señor, a quien le pidió que se acordara de él cuando volviera en su reino. El sabía que merecía su castigo pero que no era bueno que castigaran al Señor que era inocente. Asimismo reprendió a su vecino que era insolente para con el Dios de la misericordia, todo lo cual demuestra el fruto de su regeneración que no es otro que la comprensión del sentido del evangelio: el entendimiento de la persona y el trabajo de Jesucristo. El ladrón en la cruz supo que la persona de Jesucristo era el Cordero sin mancha que no merecía castigo, el Hijo de Dios, que su trabajo era la redención que hacía en el madero (acuérdate de mí cuando vuelvas en tu reino).

Una forma de Dios glorificarse a sí mismo es abrirle el entendimiento al pecador que regenera, para que reconozca quien es el Hijo que le da la vida eterna. Es por esta razón que no salva a ciegas sino que otorga al pecador fe y arrepentimiento. Ese arrepentimiento implica un cambio de mentalidad respecto a la teología, respecto al conocimiento previo de Dios. Y es que la razón del hombre natural distorsiona la realidad, en especial la razón del espíritu (ya que las cosas del Espíritu de Dios hay que discernirlas espiritualmente). Sabemos entonces que el pecador redimido no seguirá más nunca al extraño sino que irá detrás del Buen Pastor.

Solamente a través del evangelio Dios le otorga la gloria a Jesucristo en aquellos que salva. Dios ha querido salvar a la humanidad a través de la locura de aquella predicación, por eso suena terrible y contrario a la Escritura asumir que es posible para el hombre caído encontrar una salida de escape a sus tinieblas fuera del evangelio. Ya lo dijo el Señor, que solamente se iría al Padre a través de él (nadie viene al Padre sino por mí), expresión que permite contemplar la realidad de que sin el anuncio del mensaje del Señor no hay salvación.  ¿Cómo, pues invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

Así como no hay otro camino sino Cristo, tampoco hay otro mecanismo sino la predicación del evangelio: predicar, oír, hablar para poder llegar a creer e invocar, como se desprende del texto antes citado. No podemos desafiar a Dios y decirle que si Él es Todopoderoso podrá salvar por otra vía que no sea el anuncio del evangelio, porque de esa forma han desvariado muchos teólogos que se han extraviado en la comprensión del mensaje de la Escritura. Como si la humanidad no estuviese totalmente depravada como para llegar a desear por cuenta propia la palabra de Dios, como si se pudiera salvarla fuera del anuncio del evangelio que glorifica a Cristo y al Padre. No todos los que oyen el evangelio llegan a creerlo, pero allí donde no se ha predicado no hay salvación posible. Por las Escrituras conocemos que el propósito eterno e inmutable del Padre es salvar a los que ha elegido desde antes de la fundación del mundo, aunque también sabemos que el que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

Pero hay quienes dicen que en cada nación hay gente temerosa de Dios y que ese temor les obra como justicia. Dicen que esa gente es aceptada por Dios, aunque no conozcan siquiera el nombre de Jesús. Y para argumentar tal contradicción con las Escrituras argumentan que Jesucristo pagó la deuda completa en la cruz de muchas personas que no lo llegarán a conocer en esta vida. Esta aseveración temeraria deja ver que la muerte de Jesús regeneró de un todo a los elegidos, sin que tenga que esperarse a que se cumpla el orden de oro de la salvación: los que Dios conoció o amó, predestinó, llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).

Cabe preguntarse cómo es posible agradar a Dios sin la fe en Jesucristo, ya que se ha dicho que sin fe es imposible agradar a Dios, que es necesario que quien venga a Dios crea que le hay y que galardona a los que le buscan con diligencia (Hebreos 11:6). Además, a Dios se adora en espíritu y en verdad, no en ignorancia; de manera que no se podrá invocar al verdadero Dios si antes no se ha conocido. Recordemos que los samaritanos conocían la ley de Moisés pero adoraban lo que no sabían, porque ignoraban de dónde venía la salvación.

El mundo que ignora el mensaje del evangelio no adora al verdadero Dios, no sirve al verdadero Jesús de la Biblia, sino que se inclina ante lo que considera debe ser la divinidad. Sin regeneración no puede haber santificación, de manera que no se podrá tener un corazón limpio para poder ver a Dios. Pero sabemos que Dios tiene pueblo en muchas partes, por lo que predicamos el evangelio a tiempo y a destiempo, acá y allá. La teología humanista es la que aboga por un Dios romántico que se viste de anciano pobre para visitar las casas de los ricos, a ver si le dan de comer. Acto seguido deja bendiciones de riqueza y sanidad si le dan alimento, asunto que la gente goza cuando le cuentan esas historias. Pero el Dios de las Escrituras es totalmente diferente, no anda en harapos para camuflarse con los pobres, tentando a los ricos, sino que establece para todos el arrepentimiento y el creer su evangelio.

De allí que ha dicho que el que creyere será salvo, pero el que no creyere ya ha sido condenado. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, en el lamento de haber despreciado ese anuncio. Se tendrá la eternidad para alegar que les fue ordenado ser un vaso de ira, pero de igual forma quedará el gusano que no muere como la conciencia de haber rechazado voluntariamente al Hijo. Judas Iscariote tenía que seguir de acuerdo al plan eterno que le fue establecido (ser el hijo de perdición), pero el dolor de haber entregado a un hombre inocente lo llevó al suicidio. Dios siempre gana, por lo que no nos conviene ser objetores de su palabra. Él es el alfarero y nosotros no tenemos el poder de resistir a su voluntad; nos conviene decir con Jesucristo: Así Padre, porque así te agradó.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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