Domingo, 23 de abril de 2017

Hay una premisa básica para comprender lo que la Biblia enseña respecto a la salvación: el evangelio no está condicionado en el pecador, sino solamente en la sangre derramada por Cristo en la cruz en favor de su pueblo. En ningún momento se deja ver que el pecador hace la diferencia entre salvación y condenación, sino que se enseña que la salvación pertenece al Señor. Es un asunto de absoluta soberanía divina, dado que la fe es un regalo de Dios y no es de todos la fe. Asimismo, se asegura que el hombre natural yace muerto en sus delitos y pecados, que acercarse al verdadero Dios le parece una locura, que no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque han de discernirse espiritualmente. Se enfatiza que es necesario que Dios cambie el corazón de piedra por uno de carne, que dé un espíritu nuevo para que se ame el andar en los estatutos del Señor.

Ese corazón y espíritu nuevo pasa a entender correctamente quién es el Señor y cuál ha sido su trabajo en la cruz. Asimismo, el espíritu nuevo del creyente comprende en forma perfecta lo que el Espíritu sabe respecto al Hijo y al evangelio, por lo cual no permanece nunca en la ignorancia de la persona y obra de Jesucristo, ni siquiera por un instante. Hay una comprensión esencial del trabajo de Cristo en la cruz que es impartido por el mismo Espíritu de Dios dado como garantía al creyente (se dice en la Escritura que ese Espíritu nos lleva a toda verdad). Dios no exige al impío el conocimiento de las cosas espirituales, pero en cambio les da a los que hace nacer de nuevo esa noción esencial respecto a la verdad del evangelio.  Esa es también la garantía de que el creyente ya no siga al extraño ni por un momento, que desconozca ahora su voz y siga solamente la voz del Buen Pastor.

En esencia, Dios no tiene hijos en la ignorancia de la verdad, sino que los libera por medio de ella. Y no hay otra verdad esencial que libere para vida eterna que el Hijo que afirmó que él era el Camino, la Verdad y la Vida, que nadie iría al Padre sino por él. Y hay una gran diferencia entre el que ha creído en la verdad y el que permanece en el error; es en este punto en el que debemos y podemos establecer la prueba de los espíritus para ver si son de Dios (1 Juan 4:1). La razón de probarlos radica en que no debemos unirnos en yugo desigual con el incrédulo (2 Corintios 6:14), ni decirle bienvenido (2 Juan 9-11).

Abraham le creyó a Dios y le fue contado por justicia, de manera que se le coloca a él como padre de la fe. Ese amigo de Dios le creyó la promesa que el Señor le había hecho, aquella promesa que hablaba de la Semilla o Simiente que le nacería: En Isaac te será llamada tu Simiente (Génesis 21:12). Por supuesto, todas las naciones de la tierra serían benditas en esa simiente (Génesis 22:18), de manera que todas las naciones para alcanzar tal bendición han de recibir el evangelio. Y desde Abraham se propagó el evangelio, el anuncio del pueblo de Dios redimido por la sangre de la Simiente. Dios, por la promesa hizo el regalo a Abraham (Gálatas 3:29) y Jesucristo es la semilla dada a Abraham, la misma que le fue prometida a Eva en el Génesis 3:15.

Con Abraham como padre de la fe (aún antes de que le fuera dada a Moisés la ley) se refuta cualquier mentira respecto al pacto de obras dado a Adán. Porque en la época del Antiguo Testamento los santos fueron justificados al igual que en el Nuevo Testamento. Jesucristo es la justicia de Dios revelada en el evangelio y ha sido testificado en el Antiguo Testamento por medio de la fe de Abraham y su Simiente. No hay respaldo para la herejía de la salvación por obras en el Antiguo Testamento, como si el hombre pudiera por sí solo obrar su propia justicia, o como si Dios lo justificara en base a sus obras. Como ya se ha dicho, aún la fe es un regalo de Dios y no es de todos la fe; esto se traduce en que Dios es quien la da y quien la garantiza, ya que de otra manera sería imposible agradarle.

En Abraham la justicia de Dios se manifestó por la fe en esa Simiente prometida; bajo la ley de Moisés los rituales exigidos por la ley apuntaban al sacrificio de esa Simiente; ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la ley y por los profetas (Romanos 3:21). Y no fueron las obras lo que justificó a Abraham, ya que tendría de que gloriarse (Romanos 4:2), por lo cual nadie puede por obras de ningún tipo alcanzar la redención; y esto vale decirse de Adán, quien solamente podría ser justificado por la promesa hecha en el Génesis 3:15. Incluso el acto de cubrirse con pieles de animales (el primer sacrificio en el planeta) fue realizado por Dios, un indicativo simbólico de lo que podría redimir al hombre (la sangre del Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo).

En un pacto de obras Dios prometería salvar al reprobado de acuerdo a ciertas condiciones cumplidas. En ese sentido el evangelio sería nada menos que un contrato (un convenio entre las partes) en el que dadas ciertas condiciones cumplidas el acuerdo se perfeccionaría. Pero acá hay un problema serio en relación a la soberanía absoluta de Dios, quien no puede bajo ningún respecto obligarse con el hombre en contratos. No se trata de que Jesucristo haya muerto por toda la humanidad sin excepción, para que el que quiera tome la oferta de salvación, como si Dios ofreciera y el hombre libremente aceptara. Se trata del Hijo que muere por su pueblo (Mateo 1:21) y en ese sentido no hay ninguna oferta sino una adquisición por sangre. Aquellos que estaban muertos en sus delitos y pecados ahora han pasado de las tinieblas a la luz, los que eran esclavos del pecado son liberados al reino del Hijo como siervos de justicia.

La universalización de la expiación hace la salvación condicional y trae al frente la justicia humana. Como si el muerto pudiera ver la medicina y tuviera la opción de extender su mano hacia ella, así piensan los que afirman que Jesús murió por todos pero salvó solamente a los que quisieron y se atrevieron. Y es que suponer que Jesús haya muerto por todos da a entender que su sangre fue derramada en vano en los muchos que se pierden, pisoteando su valor y haciendo ver al infierno como el monumento al fracaso de Dios. En cambio, cuando Dios salva a un pecador le da el conocimiento de la gloria de Dios, mientras los que anunciamos tal gracia somos apenas instrumentos para comunicarla. Este conocimiento nos lleva a comprender la persona y el trabajo de Jesucristo.

Abraham creyó a Dios y vio cumplida la promesa por fe en el Hijo que vendría; nosotros le creemos a Dios y vemos igualmente cumplido el anuncio. Pero no olvidemos que todo esto lo hacemos por fe, como hijos de Abraham, por la confianza puesta en la palabra divina que nos fue anunciada y que sigue proclamándose para testimonio a todas las naciones. Y así como el Señor añadía a su iglesia todos los días los que habían de ser salvos, hoy sigue anexando a todos aquellos cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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