Jueves, 20 de abril de 2017

Si la ley de Dios está en el corazón de los hombres, ésta aporta luz a la conciencia de la humanidad caída en el pecado. La mente quedó ciega y el amor de Dios se extinguió en el corazón de los habitantes del planeta, por causa de la caída de Adán; pero seguimos siendo agentes morales y responsables, con la capacidad de transgredir la ley.  Por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Pablo) y, al saber que el pecado no es otra cosa que la transgresión de la ley (Juan), entendemos que por medio de la vigente ley de Dios el hombre tiene obligación moral aunque está inhabilitado para una manifestación de la justicia perfecta.

De allí que se haya escrito que Dios muestra desde el cielo su ira contra toda impiedad e injusticia de los hombres. Esa impiedad e injusticia se hace contra la verdad, por lo cual la ley misma viene a ser aquello que es veraz y el infringirla deviene en la mentira, su contrario. Los transgresores de la normativa divina se convierten en mentirosos contra esa verdad, por lo cual se equivocan y simulan que cumplen la ley. Estiran su interpretación para hacer creer que no hay violación sino una permisión divina con asentimiento a la conducta desviada manifiesta.

Porque la anomia es pecado, más allá de que el hombre cegado por su caída no pueda dejar de pecar. Como la ley manifiesta la verdad de la conducta a seguir, el detenerla pasa a ser una injusticia (Romanos 1:18). Poco importa el conocimiento del libro revelado porque acá se habla del conocimiento manifiesto a través de la otra obra de Dios, la creación del universo, la tierra junto a sus animales y plantas, los cielos que anuncian la gloria del Creador y la expansión del firmamento hecha por su manos.

La inexcusable actitud humana ante su Creador se pone de manifiesto por medio de las cosas creadas, que anuncian lo invisible de Dios. Parece ser que cuando un ser humano se contempla a sí mismo debe reconocer a Dios, así como cuando se detiene a admirar un caballo o el curso del río. No porque Dios sea esas cosas que contempla sino porque es el Autor de aquello que no pudo aparecer por sí mismo, como si del azar proviniera. Pero la mente cegada ha declarado que las cosas provienen de la nada, de una explosión que hizo que surgiera nuestro universo. En tal sentido, aparece la mentira que detiene la verdad, se anuncia que Dios no existe sino que es un invento humano.

En este punto, la Biblia señala a quien así piensa como un fatuo que se dice sabio a sí mismo, como un mentiroso que troca la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible. Porque el hombre caído ha declarado que proviene de la imagen de aves, de cuadrúpedos, de serpientes, para desconocer al Dios invisible que mueve todas las cosas. La consecuencia de esta mentira ciega ha sido una mayor corrupción de la moralidad humana, ya que Dios mismo los entregó a las concupiscencias de sus corazones, para contaminar sus cuerpos entre ellos mismos (Romanos 1:24).

Dios endurece a quien quiere, pero cuando lo hace ejecuta justicia. Del corazón humano salen las perversiones, de manera que el ejercicio de la impiedad promueve la destreza de todo tipo de impureza. Su extremo llega a la deshonra de sus propios cuerpos, sea en forma solitaria o de manera grupal. Pero como la ley de Dios sigue impresa en los corazones humanos, aquellos actos lascivos contra sus propios cuerpos continúan siendo un escándalo para la naturaleza humana. Poco importa que se diga que es relativo, que lo que les sucede es una imitación a lo que algunos animales practican, porque en lo más recóndito de sus corazones yace la impronta de la ley divina que los acusa en tanto su conciencia les da testimonio de su impureza.

Detener la verdad con injusticia es una violencia a la ley de Dios, de tal forma que se muda esa verdad en mentira hacia otro extremo: la honra y el servicio a la criatura antes que al Creador. De nuevo la Escritura asegura que Dios los entregó a pasiones vergonzosas (sus mujeres mudaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y aún los hombres dejaron el uso natural de las mujeres, encendidos en concupiscencias los unos con los otros, recibiendo la recompensa a su extravío: Romanos 1:26-27).

La consecuencia de la violación a la norma de la ley ha sido deshonrosa y catastrófica. El infierno viene a ser el destino final de los transgresores irredentos, pero en esta tierra su estadía pasa por muchas penas. Sin embargo, el hombre natural pasa por el trance de reacomodar la teología para forzarla a decir lo que no dijo, falseando de nuevo el sentido de la letra y obligándola a una nueva semántica.

Cuando uno ve la disparidad de la relación justicia-injusticia en este mundo, debemos entrar en el Santuario de Dios. Así lo hizo Asaf, como lo demuestra el Salmo 73. El salmista llegó a tener envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos, que sin congojas por su muerte engordan sus riquezas y parecen no afligirse. Pero en el Santuario descubrió que tienen un fin de terror, porque mientras viven están en deslizaderos y despertarán donde no querrán. Parece ser que el Santuario es el sitio de corrección que tiene el creyente para acomodar su mente en relación a lo que Dios ha dispuesto del impío, y así lo expresa Asaf: entonces entendí el fin de ellos (Salmo 73:17).

Fue en ese lugar donde Asaf cambió su posición de envidiar la prosperidad de los malhechores, que parecieran no tener tropiezo aún en medio de su mentira vivida. Igualmente comprendió que la caída que ellos sufren es mortal y demasiado trágica, un gran contraste con la vida aparente, con la jactancia de su arrogancia, con el paseo de su lengua contra el cielo. La vida del impío (pobres o ricos) es como andar en pedregales resbaladizos mientras se desciende de una alta montaña: imposible no resbalar en ellos.

Aunque Dios parezca dormido frente a los actos inicuos de los impíos, es Él mismo quien los ha entregado activamente a la impiedad, en clara respuesta al desorden hecho ante su norma colocada en cada criatura humana. Como sueño del que despierta, Dios despreciará el fin de ellos (calamidad que no siempre comienza con la muerte pero que continúa con ella en el estado de eterna perdición). Asimismo hay naciones que son castigadas por el Altísimo como un ejemplo del desprecio que Dios siente por su impiedad, pero tanto en los países como en los individuos sus riquezas se disipan.

Esto nos enseña que la riqueza del pecador no es necesariamente una gracia o misericordia de Dios, ni mucho menos una manifestación del amor del Señor. Más bien, Proverbios 13:22 asegura que los haberes del pecador serán guardados para el justo. Recordemos que las riquezas de los egipcios fueron puestas en las manos de los israelitas cuando éstos salían de su esclavitud, de acuerdo a la providencia de Dios. Hablando de los violentos e inicuos dice así la Escritura: Si amontonare plata como polvo, y si preparare ropa como lodo; la habrá él preparado, mas el justo se vestirá, y el inocente repartirá la plata (Job 27:16-17). Aunque el insensato no lo entienda ni el necio lo sepa, los impíos brotan como la hierba, y florecen todos los que obran iniquidad, para ser destruidos para siempre (Salmo 92:6-7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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