Mi?rcoles, 19 de abril de 2017

No porque el veneno venga en frasco de nácar se hace menos letal, así el otro evangelio sigue siendo mortal aunque venga en costuras de pieles de ovejas. Sabemos que el pecado entró al mundo por la vía de un hombre, de manera que la muerte pasó a todos los hombres (ya que todos pecaron). En tal sentido, no hay quien haga lo bueno, ni siquiera uno, muy a pesar de lo que el humanismo pregona lo contrario.

La doctrina teológica humanista intenta la confección de un dios a la medida de los pensamientos humanos. Si el Dios de la Biblia afirma haber hecho al hombre a su imagen y semejanza, el ser humano se jacta de haber creado dioses también a su imagen y semejanza. La sabiduría de este mundo es locura para con Dios, pero Dios quiso salvar al mundo a través de otra locura, la de la predicación del evangelio.

Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, así que molesta al ser humano profundamente enterarse de que fue hecho para la gloria divina. Una gloria dividida en dos grandes áreas: 1) la de la misericordia de Dios al salvar por gracia a la criatura elegida; 2) la justicia e ira divina al condenar desde antes de la fundación del mundo a la criatura reprobada. Esta soberanía de Dios enerva a una cuantiosa parte de la población, incluyendo aquellos que se dicen religiosos y que discurren con términos de la teología cristiana.

¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? Dos preguntas que objetan la libre elección y condenación que hace el alfarero sobre sus vasos de arcilla. Es en este momento cuando aparece el otro evangelio anunciando la solución del conflicto propuesto por el objetor. Se pasa del Dios injusto al hombre soberano, el cual tiene libre albedrío para definir su destino. El otro evangelio declara que la elección divina se hizo condicionada en la libertad humana, porque Dios previó quien le habría de aceptar su oferta de salvación y quien le habría de rechazar la misma.

Para que el ofrecimiento divino fuese justo debió haber sido hecho en una forma general y abierta a cada uno de los seres humanos. Así, el Hijo de Dios debió morir por cada uno de los miembros de la raza de Adán, para que aquella oferta fuese validada por la equidad. La gracia divina debe pasar por el bochornoso desastre del rechazo humano, para justificar la condenación de los réprobos en cuanto a fe. De manera que, aunque Dios oferte a todos por igual y aunque extienda su gracia habilitante sobre cada uno de los hombres, solamente aquellos que acepten y aprovechen dicha gracia serán eficazmente salvos.

El Espíritu de Dios, como Caballero medieval, no violenta el corazón de las criaturas. Simplemente ruega, manipula, intenta, aunque no siempre alcanza su objetivo. Queriendo salvar a todos pierde a muchos, por la testarudez de los razonamientos humanos. Si tan solo quisieran, si tan solo supieran, parece clamar con dolor el Parákletos de Dios, por cuanto la suprema libertad humana tiene la capacidad de torcer la voluntad del Espíritu y el infierno aparece como el monumento al fracaso de Dios.

Aunque este otro evangelio venga predicado por un ángel del cielo (o por un apóstol) ha de ser catalogado como anatema (maldito). El rechazo de tal proposición ha de ser absoluto, porque a sus patrocinadores no hay que decirles siquiera bienvenido. Al contrario, quien le dice bienvenido participa de sus malas obras y demuestra que no habita en la doctrina de Cristo. Ante la imposibilidad de la salvación si Dios no ha elegido a la criatura, se ofrece la redención por obras combinadas: es el sinergismo, la colaboración de Dios para con el hombre y la retribución humana a la iniciativa divina. Con esta proposición humanista, la teología del otro evangelio ha cautivado a millones de almas que se reúnen en los templos hechos de manos para recrearse en la fábula de la salvación por obras.

Pero esta gente supone que Dios es como ellos (Salmo 50:21) en su atrevida manera de interpretar las Escrituras. Están siempre aprendiendo pero no llegan al conocimiento de la verdad, pues si la hubieran conocido serían libres de una vez. La soberanía de Dios no es un mito, ni una fabricación teológica atrevida, simplemente es la proposición más lógica que el hombre pueda imaginar de Dios como Creador de todo cuanto existe, pero asimismo es la característica más destacada de ese Dios mostrado en las Escrituras. ¿Dónde estabas tú cuando el Señor hacía el mundo?

Recordemos que lo que distingue y separa al verdadero Jesús de las Escrituras de todas sus falsas imitaciones es la doctrina como fruto de ser un buen árbol. El que no cree o no permanece en la doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, sino que cree en una falsificación del evangelio. Ahora bien, este fruto doctrinal no se obtiene por intermedio de un poder intelectual especial, como si el hombre pudiera de sí mismo alcanzar la vida eterna. Más bien, el conocimiento de la doctrina de Cristo es una consecuencia necesaria de la regeneración. ¿Cómo hizo el ladrón en la cruz para saber que el Señor vendría de nuevo en su reino? ¿Cómo hizo para reconocerlo como Señor? ¿Qué lo llevó a él a mirarse como merecedor del castigo que padecía? ¿Cómo lo reconoció como inocente que no merecía el castigo que le infligían? Esta es la sabiduría de Dios, la misma que le fue impartida a Juan el Bautista, cuando aún estaba en el vientre de su madre y pudo reconocer al Señor en el vientre de María. Para esto nadie es suficiente en sí mismo, sino por el Espíritu de Dios.

Ciertamente, no podemos imaginar a Juan el Bautista en la ignorancia del evangelio, porque cuando era la voz que clamaba en el desierto ya conocía al Señor que venía después de él, pero que era antes de él. Lo reconocía como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (entiéndase el mundo de judíos y gentiles redimidos por su gracia). No se puede decir que Juan el Bautista no tuviese el conocimiento de Dios (aún siendo un feto), porque Dios no deja en la ignorancia a ninguno de los que ha redimido. Pero tampoco se exige conocimiento como argumento previo para ser redimido, simplemente es una consecuencia del nacer de lo alto. Dios transforma los corazones, quita el de piedra y coloca uno de carne, así como un espíritu nuevo para amar el andar en sus estatutos.

Dios tampoco exige el cambio de corazón como si nosotros pudiésemos hacerlo, sino que lo hace en sus elegidos. Los del falso evangelio enseñan buena conducta como fruto de haber creído, porque continúan con el corazón de piedra pero saben que deben aparentar uno de carne. He allí su gran confusión que trae como consecuencia la tortura religiosa en la que viven. Manifiestan una conducta de hacer y dejar de hacer, un ropaje de apariencia, equivalente a los sepulcros blanqueados llenos de podredumbre por dentro. El hombre natural tiene impotencia natural para ir a Cristo, por eso nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo envíe (Juan 6:44). La mente carnal está en enemistad para con Dios, no puede sujetarse a la ley de Dios ni puede agradarle (Romanos 8:7-8). Entonces, el falso evangelio asume poses y conductas para que se interprete como rasgos del hombre nuevo, inventa que el buen fruto del buen árbol es un conjunto de buenas acciones así como el abandono de los malos hábitos. En sus sinagogas se la pasan juzgándose unos a otros, como si estuviesen en una escuela para fariseos. Y hay ciertos pecados que socialmente se ven peor, por eso se atacan más; para el falso evangelio lo que importa es creer con el corazón y no con la razón. Sin embargo, ignoran a propósito que el Señor dijo que de la abundancia del corazón habla la boca, que de él salen los malos pensamientos (Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado -Mateo 12:37). Las palabras corresponden a una actividad lingüística y la lengua es un don intelectual que usa la razón. Pero aún hay más textos que prueban que no hay divorcio entre el corazón y la lógica: Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias (Mateo 15:19). Porque por sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4:23).

Si Dios no cambia el corazón cargado de odio contra Él nadie puede llegar a tener comunión ni con Él ni con nosotros. Porque aunque nos relacionemos con el mundo no existe sino un aborrecimiento (odio) hacia nosotros (si fuésemos del mundo, el mundo amaría lo suyo: Juan 15:19). Por causa de Jesucristo y su doctrina somos perseguidos por aquellos que no conocen al Padre; ah, pero lo harán por causa de su nombre (Juan 15:21). Es decir, se aferran al nombre de Jesús, pero como continúan aborreciendo al Jesús de la Biblia con su doctrina dura de oír su murmuración se vuelve contra nosotros. Se parecen a los samaritanos que teniendo la ley (porque Samaria era la capital de Israel después de la división entre Israel y Judá) no comprendían la ley y adoraban lo que no sabían, ya que la salvación venía de los judíos. Asimismo, estos religiosos del momento hablan mentira creyendo que tienen el conocimiento de Dios; sin embargo, no hacen sino torcer las Escrituras para su propia perdición.

El odio a Jesucristo se manifiesta por el desprecio de su doctrina, por aquella palabra dura de oír, la que obliga al mundo a permanecer separado de él. Porque decir que Dios escondió el evangelio de los sabios y entendidos es una clara ofensa ante el mundo, pero el humanismo teológico no ha hecho otra cosa que extender la invitación a toda criatura, alegando que Jesús murió por todos sin excepción y que depende de nosotros esa salvación tan grande. Con ello exhiben su desprecio a la doctrina del Señor y al valor de su sangre, una sangre que por causa de la teología del otro evangelio es pisoteada al pretender ser salvadora, aunque se muestre ineficaz en los que la rechazan.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:18
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios