Jueves, 13 de abril de 2017

El perdón de pecados es un asunto que no logramos entender del todo, en virtud de nuestra memoria permanente. A veces olvidamos cosas pero recordamos sus sombras, de manera que nos parece que Dios se acordará por siempre de nuestras faltas y culpas. Sin embargo, el texto de Corintios nos indica que cuando Dios promete algo lo cumple a cabalidad, asunto un poco diferente dentro de la conducta de los seres humanos. Podemos perdonar las malas acciones de nuestros semejantes pero siempre las recordaremos. Más allá de que hayamos perdonado en forma eficaz, el recuerdo de lo que nos ha sucedido queda en la memoria como un testigo de nuestra historia.

Pero Dios que todo lo recuerda ha decidido olvidar cada pecado que hayamos cometido. Él dijo que nunca más se acordaría de ellos, que los echaría al fondo de la mar. Esta es una metáfora de importancia para nuestra mente, porque el mar es abismal y guarda secretos que no hemos descubierto del todo. Sus profundidades son inabordables y el riesgo de llegar a ese lugar nos impide remover lo que allí se deposita. Esa es la figura que ha usado el Autor del lenguaje para indicarnos que estemos seguros en cuanto a los asuntos del pecado.

En Él tenemos la certeza del perdón, por cuenta de Jesucristo el Justo que murió por los pecados de su pueblo. Las cuerdas de amor del Señor son las mismas con las que nos ha sacado del pozo de la desesperación, del error, del hundimiento, de la arena movediza de la anomia. Esto nos acontece porque tenemos redención por la sangre de Cristo, el perdón absoluto, ya que el justo murió por los injustos, asunto que nos cuesta comprender como la solución plena. Y es que estamos tan habituados a perdonar sin olvidar los hechos infructuosos de nuestro siniestro que suponemos a Dios igual que nosotros.

Pero la promesa es que en Él todo es un Sí y un Amén. La predestinación ha sido hecha para que seamos conformes a la imagen de Jesucristo, quien es la justicia de Dios. Esa también es una promesa con un sí y un Amén. Tenemos por ciertas las promesas de protección, guía y socorro para todas nuestras necesidades. No en vano Pablo escribió que si Dios está con nosotros, ¿quién osa estar contra nosotros? Ese Dios no podría estar a nuestro lado recordando nuestras faltas y transgresiones, no podría conversar con nosotros si mirase nuestras iniquidades. Pero las ha perdonado todas por los méritos de la sangre expiatoria de Su Hijo, el que nos representó en la cruz. Su tarea fue consumada por lo que el perdón fue también absoluto: nunca más me acordaré de sus pecados (Hebreos 10:17; Isaías 43:25).

En Cristo están escondidos todos los tesoros, los de la sabiduría y el conocimiento, así como también otros regalos divinos. Podemos acudir a él para solicitar según nuestras necesidades, ya que en Cristo tenemos las certezas divinas que incluyen el futuro. Nuestra certitud proviene de que las promesas de Dios no tienen vacilación. Sería un insulto a la veracidad de la revelación de Dios el solo hecho de poner en duda nuestra creencia en sus promesas, de manera que lo que Él promete está ligado a nuestra fe o confianza en el que promete.

A cada creyente le ha sido dada una medida de fe, pero cada uno de los que hemos creído estamos en la necesidad del ejercicio de esa fe. Sin fe es imposible agradar a Dios, por lo que el impío no puede agradarlo porque carece de ella. El creyente tiene una medida que le permite acercarse confiadamente al lugar de la gracia, donde podrá sopesar lo que se le ha prometido, empezando por la grandeza de la desmemoria voluntaria de Dios respecto al pecado de su pueblo.

Si Dios nunca más se acordará de nuestras faltas, no hay razón para no desarrollar una confianza notable en nuestra relación con Él. Asimismo, todas las demás promesas de Dios siguen siendo un sí y un Amén en Jesucristo. A cada momento del día deberíamos recordar el texto bíblico que ya conocemos: Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Romanos 8:31). Por cuanto nos mantenemos cerca de Él nuestra fe nos permitirá la experiencia del cumplimiento de sus promesas (y podemos estar tan ciertos de ellas que la Biblia nos dice lo siguiente: Si fuéremos infieles, él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo -2 Timoteo 2:13).

Creo que este último texto borra cualquier posibilidad de anular las promesas del Señor, incluso las que creemos condicionadas a nuestra conducta. Demasiada confianza para nuestras almas, absoluta seguridad para nuestro espíritu. Porque si algo conocemos de Dios es acerca de su fidelidad, acerca de su capacidad para mantener su palabra. Y si alguno cree que la palabra del hombre honorable vale de algo, ¿cuánto no ha de valer la palabra del Dios que todo lo puede y todo lo cumple por amor a Sí mismo? Por esta razón se escribió que si nuestra casa terrenal se deshiciere, tenemos de Dios una morada celeste y eterna. Jesús agregó que él iría a prepararnos lugar para estar junto a él, que cuando viniere de nuevo nos llevaría con un cuerpo transformado (con la resurrección). Y el Espíritu nos transmitió a través de Pablo que el morir es ganancia, no un castigo para el creyente, porque partir y estar con Cristo es muchísimo mejor. De manera que no vamos a estar inconscientes hasta la venida del Señor, sino que estaremos de una vez con él en el Paraíso, como se lo dijo al ladrón en la cruz. De allí que ni la muerte ni la vida nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo el Señor.

Las promesas han sido hechas todas en referencia a Jesucristo, ya que es a través de su evangelio de gracia que tenemos lo que él prometió. Su gran promesa fue la santificación de su pueblo, por lo cual nos da ayuda en la tentación y las pruebas, orientación en medio del caos del mundo, conducción aún más allá de la muerte; pero todas estas cosas vienen dadas con abundancia de paz. En el Apocalipsis 3:14 se llama al Señor el Amén, el verdadero y cierto, por cuanto lo prometido a su pueblo a través del Redentor se cumple en forma satisfactoria.

Pero el soporte del cumplimiento de sus promesas yace en la gloria de Dios. Estas han sido promesas de gracia, no condicionadas en la persona a quien se le promete, de tal forma que el nombre del Altísimo está en juego. Como dice el Antiguo Testamento, que Dios no teniendo por nadie más alto por quien jurar lo hizo por Sí mismo. En esa confianza descansa su iglesia en medio de los lobos del mundo, pese a los rugidos del diablo y a las alocuciones de los falsos maestros. Cuando examinamos sus promesas nos damos cuenta de que el que promete es verdadero; ya quisiéramos partir hacia los lugares donde lo que acontece no se puede narrar en nuestras palabras. Cosas que ojo no vio ni oído oyó están preparadas para el pueblo de Dios, cosas inefables (en clara alusión a Isaías 64:4); de esas cosas tuvo Pablo un anticipo (si en cuerpo o en espíritu no lo sabía) y tales asuntos lo consolaban. También, por causa de ese anticipo, tuvo que someterse a los azotes del mensajero de Satanás, a fin de que su alma no se exaltase en demasía.

La promesa dada en el Génesis 3:15 ha tenido su cumplimiento en Jesucristo, el Mesías anunciado, esperado y no aceptado en principio. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron, pero a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser llamados hijos de Dios. Y Juan lo reafirma en una de sus cartas, al decirnos que miremos el gran amor del Padre en llamarnos sus hijos. Por causa de esa promesa el mundo no nos conoce, porque tampoco lo conoce a Él (1 Juan 3: 1).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:47
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