Lunes, 10 de abril de 2017

Tal vez cuando leemos la Biblia nos preguntamos para qué orar si Dios ya conoce lo que habrá de hacer. En otros términos, tal parece que como Dios es soberano Él habrá de actuar sin que medie nuestra petición para que actúe. Incluso hay un salmo que dice que no tenemos la palabra en nuestra boca y el Señor ya la sabe. Entonces, ¿para qué orar? Al pretender dar respuesta a esta interrogante debemos acercarnos al significado de la oración.

Orar es hablar con Dios, un privilegio que concierne a cada creyente. Hablar implica que alguien escucha y también puede interactuar en la conversación. Entonces entramos en el terreno del diálogo porque el que hizo el habla ¿no hablará? Pensemos por un momento en lo que significa nuestra salvación; Dios quiso redimirnos del pecado y su esclavitud para honrar al Hijo una vez más. Esa redención no es otra cosa que amor traducido en acción, de manera que lo que espera Dios es la comunión con sus seres a quienes ama.

Orar es tener comunión con el Creador, en tanto una respuesta a la iniciativa divina del diálogo. Es por lo tanto el placer de nuestro espíritu, la vía para soltar nuestras ataduras emocionales y poder recrearnos en esa Persona que nos ha amado de tal manera. Uno puede conocer ciertos atributos de Dios a partir de la lectura de las Escrituras, pero no es necesario que uno hable de eso cuando ora porque más bien nos centramos en lo cotidiano, en nuestras carencias que deseamos suplir, aunque también en el agradecimiento por los inmerecidos favores.

Claro que Dios ha previsto cada detalle de lo que acontece en su creación, pero eso no impide orar. Más bien nos impulsa a comunicarnos en forma muy efectiva, sabiendo que incluso el deseo de orar forma parte de la provisión divina. En la oración modelo dada por Jesús hay una actividad de reconocimiento a la grandeza divina, a Dios como Padre. También se recomienda allí pedir que acontezca la voluntad de Dios en esta tierra, tal como sucede en el cielo. Si uno pide por esa voluntad tiende a aceptarla y sobre todo a reconocerla en los eventos en que participamos.

Podemos pedir el pan necesario y suficiente para cada día; por pan entendemos todo aquello que satisfaga las necesidades físicas. Conviene perdonar a quienes nos ofenden porque hay una reciprocidad en ese acto y el pedir perdón a Dios por nuestras ofensas. Reconocemos la soberanía de Dios cuando oramos y pedimos que nos libre del mal, que no nos induzca en la tentación, cuando decimos que el reino, el poder y la gloria son solo de Dios.

Ese modelo es una orientación general para que nos animemos a orar; pero en la oración incluimos muchas cosas que no están necesariamente dichas en el Padrenuestro. Aunque si uno quisiera ser exhaustivo, podría señalar que la cartilla del Padrenuestro contiene un esquema básico comprensivo de todo lo que podamos decir en nuestras oraciones. Resulta maravilloso conversar con Dios y hablar acerca de su manera de gobernar el mundo, porque con eso hacemos teología. La oración no es solamente la petición de cosas materiales (el pan nuestro) sino también presupone una indagatoria acerca de quién es Dios y de cómo actúa en nuestra vida.

Tenemos el acceso garantizado a la habitación del Padre, a su salón de entrada, al trono de la gracia. Eso es lo que nos dice la Biblia en Hebreos 4:16, porque se trata de expresar libre y francamente todo lo que el corazón desee decir. Ya sin el miedo por ser oído (por cuanto sabemos que Él conoce todo antes de pronunciar nuestras palabras), con la confianza en que su redención ha sido consumada en forma eficaz, podemos acercarnos a Él al saber que hemos sido justificados. El Dios de paz, de gracia y de misericordia nos escuchará y comprenderá nuestras limitaciones; no sólo entenderá los límites de nuestro discurso sino los de nuestra comprensión de la realidad que nos circunda.

En ese trono podemos descubrir que aquello que nos acontece ha sido preparado por el Padre para cubrir al menos dos fines: 1) llevar gloria a Dios como Creador; 2) entrenarnos en la comprensión de la voluntad divina. Las demás sensaciones que tengamos en relación con lo que oramos puede ser contado como un agregado a esos dos elementos mencionados. Si recibimos consuelo en el dolor eso ya es otro valor agregado, si nos gozamos por recibir lo que hemos pedido también será otra cualidad añadida al proceso de oración.

Con la oración aprendemos sumisión ante la Majestad divina, ante la soberanía de Dios, lo que nos vuelve un poco más humildes ante la presencia del Todopoderoso. Los miedos naturales que sentimos ante nuestros enemigos se van disipando al comprender que mayor es quien está en nosotros que el que está en el mundo. Los gigantes se vuelven pequeñas langostas, las dificultades se tornan pan comido, las venganzas que deseamos las dejamos en manos de quien dijo que daría el pago.

Como ese trono es de gracia, el que se acerca a él encontrará misericordia y no juicio. Es por lo tanto un lugar de alabanza, de adoración, de reconocimiento por no juzgársenos en razón de nuestros pecados. Imaginemos por un momento que ese trono fuese de juicio, entonces no nos acercaríamos confiadamente ante un Dios que dará la muerte como pago por el pecado. Resultará de nuestro interés el que nos acerquemos al lugar de la gracia y no al del juicio, el que reconozcamos que hemos sido redimidos por el sacrificio de Jesucristo sin que nosotros hubiésemos hecho nada para merecerlo. El texto bíblico nos asegura que lo que vamos a encontrar en ese lugar es gracia y misericordia, dos cosas que queremos con fervor: misericordia para ser perdonados y gracia para ser llamados hijos de Dios.

El que nos acerquemos con confianza ante ese trono implica que tendremos libertad de palabra. Allí podemos decir lo que queramos, con la garantía de que no seremos maltratados ni ejecutados por lo que decimos. Además, seremos escuchados por cuanto el mismo Espíritu intercederá a nuestro favor (aunque no sepamos pedir como conviene). Y el Espíritu entiende la mente del Señor de manera que es el traductor perfecto en ambos sentidos. La garantía de nuestra confianza es el oficio de Jesucristo, su labor como Sumo Sacerdote, el que además intercede por nosotros.

Que nuestra oración no sea contra su palabra ni en contra de sus decretos, sino conforme a su voluntad. De esta manera tendremos las cosas que le hayamos pedido, de acuerdo a lo que dijo Juan en sus cartas. Oramos no para alterar el plan divino, ni para vencer la desgana de Dios, sino para que podamos obtener aquello que fue preparado para recibirlo una vez hayamos orado. Oramos porque Jesús, siendo Dios, oró continuamente cuando estaba en esta tierra como hombre, dejándonos el ejemplo y el mandato. Oramos para recibir oxígeno espiritual, para batallar con armas no carnales, para sosegar el alma y para mantener una mejor comunión con Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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