Domingo, 09 de abril de 2017

Los judíos fueron señalados de buscar la justicia que proviene por obra de la ley. En tal sentido, Pablo los declaró equivocados, por cuanto no depositaron su fe en Jesucristo, la roca de tropiezo de Sión. Había sido también escrito que el que creyere en Jesucristo no sería avergonzado, de lo que deriva que se avergonzarán aquellos que depositen su confianza en los trabajos de la ley. El hacer y dejar de hacer es un atractivo para la carne, indica un trabajo que exhibe nuestra justicia para anteponer a la justicia divina.

Los gentiles no procuraban la justicia pero la alcanzaron por medio de la fe. Esa fe también es un regalo de Dios (Efesios 2:8) pero no les fue dada a todos los judíos (sino solamente a algunos de ellos). Tampoco se puede decir que a cada gentil le fue impartida esa fe, sino que de todo el mundo creado Dios se hizo un pueblo para Sí mismo al cual le dio la fe necesaria para que pudiera confiar en su anuncio. Los que son enseñados por el Padre irán al Hijo, porque para ellos se hizo la expiación de pecados y la redención eterna, con el propósito de dar la gloria al Señor que fue preparado como Cordero para ser inmolado desde antes de la fundación del mundo.

En el capítulo 9 de la carta a los romanos Pablo advierte que los judíos pueden ser en número semejantes a la arena del mar, pero solamente será salvo el remanente. El remanente refiere a los escogidos de Dios, a todos los que ha señalado como su pueblo. A éstos amó el Padre desde la eternidad, por quienes envió al Hijo a dar su vida en su rescate. Esa es la buena noticia que tenemos todos los que hemos llegado a creer por la gracia de Dios. Sin embargo, hay mucha gente que insiste en que Dios tiene que dar igual oportunidad a todos los seres humanos para que sea proclamado Justo.

Pero la Biblia enfatiza una y otra vez que el Mesías salvaría a muchos, a su pueblo, a los que el Padre le haya dado. Jesús no quiso rogar por el mundo (Juan 17:9) porque no vino a morir por ese mundo sino por el que el Padre amó de tal manera (Juan 3:16), para hacer notorias las riquezas de su gloria para con los vasos de misericordia que Él preparó de antemano (Romanos 9:23). A los que objetan la forma de proceder del Creador, éste les dice que ellos no son nada para altercar con el alfarero que ha creado la masa y que tiene potestad para hacer lo que quiera con ella. De hecho, insiste la Escritura, Dios ha formado vasos de ira para el día de la ira, cuando hará notorio su poder y dará satisfacción a su justicia. Pero de igual forma, Dios ha creado vasos de misericordia para llevarlos a la gloria, por el puro afecto de su voluntad.

Frente a esta exposición de los hechos, aquellos que suponen no ser llamados al regocijo del reposo de Dios se alteran con desmesura. Tratan por muchos medios de transformar el escrito bíblico en palabras menos duras de oír, para lo cual comienzan a llamar dulce a lo amargo porque a lo amargo llaman dulce. Dicen que Jesucristo murió por todos los hombres, sin excepción; que ya Dios hizo su parte pero ahora le toca a cada ser humano hacer la suya. Agregan que la muerte de Cristo no salvó a nadie en particular sino que creó una salvación en potencia que debe ser aprovechada por cada persona que desee entrar al reino de los cielos. De esta forma proclaman a un Dios más justo y más cercano a la humanidad.

Pero en Romanos 9:13 Pablo declara la intención del Espíritu, que la humanidad conozca el trato que Dios le da: a Jacob amé, pero a Esaú odié; previamente había aclarado el contexto en el verso 11: (aunque aún no habían nacido sus hijos, ni habían hecho bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama). Dura palabra de oír le pareció al objetor bíblico, por lo que expone que hay injusticia en Dios al inculpar a Esaú sin que éste pueda resistirse a la voluntad del Todopoderoso. Un desafío se levanta en medio del contexto de la elección, por un lado los que acusan a Dios de injusticia y, por el otro, Dios que acusa al hombre de impotencia. Se enfrentan el Creador y la cosa creada, el alfarero y la arcilla, el artista y la masa de barro con la cual se elaboran los vasos.

Pablo nos recuerda en el verso 16 que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Sigue diciéndonos que el Faraón fue levantado para exhibir el poder de Dios y para que sea predicado el nombre de Dios en toda la tierra, porque Dios tiene misericordia solamente de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer. Esta es la respuesta presentada por el Espíritu a través del apóstol, para que los que tengan sensatez reconozcan que solo quien es soberano en todas las áreas es digno de ser Dios. Poco importa el conjunto de supuestas evidencias de que hay injusticia en Dios, ya que su contra argumento es que Él es soberano y hace como quiere. El Creador no tiene ante quien rendir cuentas, ni quien detenga su mano; todo lo que quiso ha hecho y le agradó hacer su creación en la forma en que la percibimos.

No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos de la promesa son contados por simiente (Romanos 9:8). Por esta razón el mismo apóstol nos dice más adelante (Romanos 11:6) que si la salvación es por gracia entonces no es por obras, pero si fuera por obras no sería por gracia. Un argumento muy sencillo, sin complicación alguna, para dejar entendido que con estos dos términos excluyentes no puede haber duda al respecto. Esta palabra de la cruz es locura para muchos, pero para los que se salvan es la única forma en que puede el ser humano ser rescatado de su vana manera de vivir y morir.

La elección por gracia coloca la oposición obras y gracia, o es la una o es la otra; las dos no se pueden mezclar jamás. Si Dios es quien nos ha escogido por su soberano placer, se trata de un favor inmerecido. El que haya escogido a uno y dejado a otro de lado (al que también ha endurecido) implica por fuerza que no se trata de una elección fundamentada en las obras humanas. No es por causa de que Dios haya visto algo bueno en un pecador muerto en delitos y pecados, ni porque se dio cuenta de que había un rasgo de sensatez y bondad en su prospecto que se levantaría para seguir a Cristo, o que previó que sería más inteligente que el otro que se quedó del otro lado.

La gracia no puede estar condicionada porque dejaría de ser gracia. Si la elección dependiera de la obra humana (libre aceptación, buena disposición de seguir a Cristo, la repetición de una oración de fe, etc.), Dios estaría obligado a premiar a su criatura que lo elige. Pero Dios es libre porque es soberano y ha decidido escoger a algunos para vida eterna, mientras ha dejado a otros para demostrar su ira y justicia por siempre. Si es un favor, no es una recompensa por un mérito.

Los judíos tenían la idea de que eran justificados por causa de la obediencia a la Ley, pero Pablo les recuerda que incluso en tiempos del profeta Elías la salvación se obtenía porque Dios se había dejado para Sí mismo un remanente por gracia; lo mismo que acontecía en tiempos del apóstol de igual forma ocurre aún hoy día. Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído (Gálatas 5:4). En cambio, el que no obra sino que cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). La doctrina de la gracia es ajena y contraria a la doctrina por obras que tenían los judíos y que igualmente sostienen muchos de los que se dicen creyentes hoy día. Ellos alegan que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, pero que cada quien tiene que hacer algo para tomar ese regalo ofrecido para todos. Ese hacer es una obra y por lo tanto ya no sería por gracia, en lo cual contravienen la Escritura.

Y tampoco puede ser una salvación parcialmente por obras y parcialmente por gracia, como los del evangelio extraño alegan. Las doctrinas de la gracia que engloban la elección y la salvación han sido explícitamente expuestas en los textos de la Biblia. Por ellas reconocemos que desde antes de la fundación del mundo Dios se propuso hacerse un pueblo para redimirlo y glorificarlo, enviándole a su Hijo Jesucristo como Cordero que serviría para la expiación del pecado. A ese pueblo Dios amó de tal manera que le dio y le da su provisión en materia de redención, lo amó (conoció) y lo predestinó, lo llamó, lo justificó y lo glorificó. De esta forma el cristiano concluye que si Dios está con él ¿quién puede prevalecer contra él? Nadie podrá acusar a los escogidos de Dios porque Él es quien justifica.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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