Jueves, 06 de abril de 2017

Si la salvación eterna fuese un asunto de voluntad y esfuerzo humano, bien valdría la pena la duda. Pero dado que esto es una tarea exclusiva de Dios (Efesios 2:8) la simple duda pasa a ser una ofensa al Creador y una herejía en ella misma. El creyente no puede estar totalmente depravado en su corazón, ya que esa es una cualidad del hombre natural (antes de la regeneración). La fe es seguridad, por lo tanto no es posible que el creyente dude por un instante de su salvación (a no ser que sea un falso creyente, un incrédulo que supone haber creído). El sujeto regenerado no tiene el corazón totalmente depravado, por cuanto ha sido objeto de una transformación en la que se le ha quitado el corazón de piedra y se le ha colocado uno de carne (Ezequiel 36:26).

Esas tareas de auto contrición en las que el individuo se siente perdido por causa de su pecado no son obras del Espíritu de Cristo. Al contrario, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Mucho cuidado hay que tener con las personas que dicen sentir tal depravación en sus almas, porque hay sospecha en que esa es una falsa humildad que envuelve la soberbia de la autorregulación del pecado. Eso implica que apelan a la experiencia de la santidad, como si mientras más santos más salvos fuesen, ignorando el testimonio del Espíritu que se basa en Él mismo y no en nosotros como menos pecadores o como si fuese necesario no pecar nunca para asegurar la salvación.

Esa supuesta humildad los delata como desorientados en materia del espíritu, por cuanto oscilan entre un sujeto perdido y uno aprobado, pero sin la seguridad de entender que la salvación es tarea de Dios. Si Dios escogió a uno para ser objeto de su amor resulta imposible que por ciertos períodos de tiempo tal persona sienta que está perdida. Tal vez hay orgullo solapado en el alma que declara ante otros su depravación y sus caídas ante el pecado, pero que al mismo tiempo agradece al Señor por la salvación (que parece ser más una tarea individual que un trabajo consumado en la cruz). A lo mejor ese drama que presentan los hace sentir mejores que aquellos que no se han atrevido todavía a presentar el suyo propio. Piensan que si se sienten viles y depravados entonces hay purificación en sus almas, como un castigo o penitencia basado en la meditación de la oscuridad de sus almas.

Y así se la pasan muchos, los que se dan al trabajo de leer las experiencias religiosas de celebridades, de los que se convierten en sus héroes de fe. Pareciera que atraviesan períodos de experiencias de contrición en sus espíritus, creyéndose tan pecadores que no son merecedores de la salvación. ¿Es que acaso en algún momento alguien la merece? ¿O es que mientras más digamos que no la merecemos nos sentimos más puros? Cuidado con esos experimentos que solapan el orgullo del corazón, por cuanto hacen merecer la santidad al individuo que más penitencia carga.

Por este camino aparecen las visiones místicas de algunos. Por esta vía hacen de la experiencia la prueba fundamental de su fe, por cuanto la verdadera fe les parece muy poca prueba de pertenencia al grupo de creyentes. Justamente en este punto se piensa que la experiencia como prueba de la fe los eleva sobre aquellos que todavía no tienen qué demostrar en su religión. La convicción de pecado no es prueba necesaria de haber sido alcanzado por la gracia de Dios, sino más bien es un indicio de que no se ha entendido todavía lo que es el evangelio.

El pasar de una condición de inmoralidad elevada a una de moralidad aceptada tampoco es garantía de haber sido alcanzado por la gracia de Dios. Incluso podemos ver cambios dramáticos llevados a relatos que cuentan experiencias de antología. Hay quienes aseguran que antes eran brujos o hechiceros, pero ahora son predicadores de la palabra. Hay quienes hablan de sus viejos crímenes de droga o asesinato, pero ahora son abstemios y sienten remordimiento por sus malas acciones. ¿Es eso una prueba irrefutable de haber sido alcanzado por la gracia de Dios? También los demonios creen y tiemblan, dice la Escritura (pero siguen siendo demonios irredentos).

Y así encontramos dentro de los religiosos que hay quienes se someten a un sistema de purificación previo para después poder dedicarse a la oración. También existen los que crean listas de cosas que hacer para poder ser oídos por Dios, lo que en otros términos significa que pretenden manipular al Señor con su piedad aparente. Los que pregonan la tesis de la duda de la salvación como un elemento de sinceridad, deberían leer con firmeza las Escrituras. Allí encontramos esta gran declaración para despejar dudas: Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10:14).

Si alguien ha sido elegido para redención, en virtud de honrar al Hijo en su gloria, por causa de su estado de gracia y santidad, así como de felicidad, tendrá por fuerza que sentirse seguro del sacrifico expiatorio de Jesucristo. A esa persona le fueron cubiertos sus pecados, con una sola ofrenda y para siempre. El pacto que Dios ha hecho con nosotros señala que no se acordará más nunca de nuestros pecados, y donde hay remisión de pecados ya no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 18).

La falsa humildad de los que dudan de su salvación porque se consideran muy pecadores implica que es orgullo religioso lo que sienten. De esa forma suponen que ellos serían aceptados por el fundamento de su propia justicia, como si pudieran añadir a la justicia de Cristo la suya propia. Pero lo mismo les sucedía a los judíos reseñados por Pablo en Romanos 10:1-4, los cuales andaban perdidos por ignorar la justicia de Dios y colocar la suya propia como garantía. Dicen creer en Jesucristo pero no pueden orar porque se sienten sucios y pecadores, de manera que deben purificarse por momentos en las penitencias subjetivas de sus almas.

Cuando esta gente que duda se pone a orar es porque ya se considera aceptada ante Dios, por mediación del auto lavado al que se han sometido. Ellos mismos se depuran con el martirio de su pensamiento, diciéndose a sí mismos y comunicándoselo a otros que son demasiado pecadores como para merecer la salvación. Entonces, cuando se deciden acudir al Padre para ser oídos, el merecimiento de la salvación los ha alcanzado (gracias a la purificación procurada por su tortura mental de verse tan sucios y no merecedores de la gracia).

¿Es que el nuevo estado religioso que ellos se han procurado los ha hecho merecedores de aquella gracia que les parecía inalcanzable? Simplemente es un testimonio de andar perdidos sin haber entendido el sentido del evangelio de Cristo. Cuando la Biblia nos dice que nos acerquemos confiadamente al trono de la gracia, tal proposición es hecha en la base del sacrificio de Jesucristo en la cruz. El Señor dijo que esa obra había sido consumada, por lo cual habiendo cumplido su misión (la de salvar a su pueblo de sus pecados, de acuerdo a Mateo 1:21) tenemos plena entrada en el lugar santo.

Decir que no somos suficientes para ser recibidos ante el trono de Dios es correcto; pero al decir que acudimos allí en los méritos del Hijo es también correcto. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él, pero el que lo tiene sabe que ha sido redimido porque el mismo Espíritu le da testimonio de esa nueva relación. Y tal confianza tenemos por Cristo para con Dios: No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios (2 Corintios 3:4-5).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:11
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios