S?bado, 01 de abril de 2017

El hombre siente antipatía por Dios, por el Dios de la Biblia. Tal vez se adhiere a otra forma de divinidad, incluso la bíblica, siempre y cuando la confeccione de acuerdo a su estilo de vida y pensamiento. Si Cristo es la luz, cuando ésta vino al mundo no la recibieron. Esta fue la actitud de los judíos que conocían acerca de su venida, ni que decir de los que no tenían ninguna información sobre él. Incluso los samaritanos, que se esforzaban por comprender la ley de Moisés, al pertenecer ellos a la capital del reino de Israel, no tuvieron la comprensión necesaria para saber a quien adorar. Adoráis lo que no sabéis, le dijo Jesús a la mujer de Samaria (Después de la muerte del rey Salomón -931 a. C.-, las tribus del norte -samaritanas- se separaron de las tribus del sur -judías- y establecieron aparte el Reino de Israel).

No bastaba con ser descendiente de Abraham en la carne, ni con la posesión material de las Escrituras, porque aquellas personas no recibieron a Jesús a pesar de que conocían la descripción de su advenimiento. El hombre en su estado natural aborrece la luz, por cuanto sus obras son malas; por esta razón tampoco viene a la luz sino que prefiere la oscuridad. La antipatía humana contra Jesús fue desplegada en los días de su venida a esta tierra, al extremo de que muchos planificaron su muerte. Incluso Judas Iscariote no soportó andar con el Maestro por más de tres años, ni se dejó persuadir por sus milagros y palabras, sino que su odio acérrimo lo llevó a la traición por unas monedas que ni siquiera usó para su provecho.

La preferencia por las tinieblas es porque ellas ocultan las malas acciones del corazón humano. El príncipe de la oscuridad gobierna el mundo donde viven los hombres caídos desde que fuera Adán expulsado del Edén. El diablo ha sido catalogado como mentiroso y asesino, como alguien que siente envidia por el poder de Dios y anhela que lo adoren. No se puede esperar nada distinto de sus siervos que están atados al pecado y por supuesto a Satanás.

Si uno mira de cerca el conjunto de enseñanzas de Jesús, puede darse cuenta de que hay un diagnóstico general acerca del alma humana. La síntesis de esa evaluación es que el hombre está  muerto en sus delitos y pecados, por lo cual se requiere del nuevo nacimiento, creer en Jesús, comer su carne y beber su sangre. Estas actividades materiales son una metáfora de lo que representan a nivel espiritual; Nicodemo le preguntó al Señor cómo podía el hombre volver a nacer, creyendo que el Señor se refería a entrar de nuevo en el vientre de la madre. De la misma forma hay quienes puedan preguntarse qué es eso de comer su carne y beber su sangre, pero no obtendrán otra respuesta que la que el Señor le diera al maestro de la ley. Estas son enseñanzas que vienen del Antiguo Testamento que, aunque sean descuidadas por los maestros de la religión, para nosotros están muy claras con la información contextual del Nuevo Testamento.

Ha llegado el tiempo en que el que oye la voz de Dios y cree en su palabra tendrá la vida eterna. Esto se hacía necesario por cuanto el hombre fue destinado a perecer eternamente por causa de su pecado y odio natural a Dios. Solamente los que creen no perecerán, fue la enseñanza del Maestro, tal como se puede leer en Juan 3:16 y otros textos. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados: porque si no creyereis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). Aquel pan de vida era necesario por cuanto el hombre vive bajo la ira de Dios: El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre Él (Juan 3:36). Y la venida del Hijo del Hombre era necesaria porque el ser humano ya había sido apartado bajo la ira divina, por lo cual el que cree no es condenado, sino salvo por él.

Dios otorga ciertas habilidades a los que envía hacia el Hijo: 1) la de ir al Hijo (Juan 6:37); 2) la de permanecer en el Hijo (Juan 6:40); la de oír su voz (Juan 8:47; Juan 10: 3-4 y 27). Si bien puede hablarse de un contexto universal de salvación, ésta ha de entenderse en un sentido particular. Es decir, Dios llama de todos los pueblos y de todas las gentes, se pregona su evangelio a toda criatura, se menciona que cualquiera que oye su voz y le sigue tendrá vida eterna. Pero esos cualquiera no hace referencia a cualquier persona en particular, sino refieren a todos los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo. Si Jesús quita el pecado del mundo, no ha de entenderse como que quitó cada pecado de cada persona, sino del conglomerado judío y gentil (mundo) que el Padre le dio. Tal fue la misión del Hijo, morir por su pueblo (Mateo 1:21) pero no por el mundo no elegido (Juan 17:9).

Cuando Jesús dijo que si él fuese levantado atraería a todos a sí mismo, no puede entenderse como una proposición universal extensiva para cada miembro de la raza humana. Si esto fuese de esa manera, nadie sería condenado. La realidad es que el lenguaje tenemos que entenderlo en su contexto, con el discurso como movimiento y de acuerdo a las proposiciones hechas por el narrador. Jesucristo dijo casi de inmediato que los que andan en tinieblas no saben adónde ir (Juan 12:32 y 35), por lo que daba a entender que solamente serían atraídos hacia él los que creyeran en su nombre (que son los mismos que andan en la luz).

Los que sienten antipatía por Dios siempre encuentran uno que otro texto aislado para intentar probar su interpretación privada. Ellos argumentan, por ejemplo, que la gracia de Dios puede ser resistida. No se niega que así parezca, en el sentido genérico en que el mundo rechaza la palabra de Dios, pero no olvidamos que la misma Escritura enseña que para eso también fueron destinados. Hay un discurso de Esteban, antes de ser apedreado, en el que menciona a Moisés dando un discurso al pueblo; en él se entiende que uno de los reclamos hechos es que eran duros de cerviz,  e incircuncisos de corazón y de oídos, que siempre resisten al Espíritu Santo, al igual que sus padres también lo resistieron (Hechos 7:51).

Fijémonos bien que hay quienes resisten al Espíritu Santo, porque le hacen oposición. Eso no implica que haya una lucha de poderes para ver quien resulta ganador; al contrario, la Escritura asegura que nadie puede resistir a su voluntad (Romanos 9:19). Esta resistencia no es directa al Espíritu de Dios sino a los ministros del evangelio, a los apóstoles (así como a uno de los diáconos que precisamente estaba hablando, Esteban el mártir). No se trata de resistir a la gracia salvadora de Dios, porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables (Romanos 11:29). En cambio, los réprobos en cuanto a fe siempre resistirán el ministerio externo de la palabra de Dios, siempre se opondrán a su justicia y debatirán en contra de la predestinación que Dios ha hecho desde antes de la fundación del mundo. Esa es la manera de oponerse al Espíritu Santo, pero no porque tuviesen un llamamiento interno y específico sino porque no toleran ni que se les prediquen las doctrinas de la gracia.

Los que recibieron a Jesús (así como los que lo reciben ahora) no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:11-13). A éstos Dios los hace sus hijos, así como los hace creer en el nombre del Señor, de tal forma que no hay resistencia alguna en la gracia salvadora. Porque dicha gracia va dirigida específicamente a los elegidos del Padre, si bien la predicación general y externa de la palabra de Dios puede ir dirigida a toda criatura. El elegido, cuando es llamado por Dios, no opone resistencia por cuanto ha nacido de nuevo por voluntad divina, por medio del Espíritu; en cambio, el que resiste a la palabra de Dios no ha sido llamado (al menos hasta ese momento) en forma particular por el Padre.

Ocurrido el llamamiento de Dios, la criatura redimida ya no es más ciega en su espíritu, ha dejado la sordera y la ignorancia espiritual. El que ha nacido de nuevo se convierte en deseoso de la voluntad de Dios, tiene un anhelo de habitar en el amor de Cristo y en su palabra. Ha pasado de muerte a vida y sigue solamente la voz del Buen Pastor, porque ha dejado de reconocer la voz del extraño. En otros términos, resulta imposible para un hombre cuyo corazón ha sido renovado confesar un evangelio diferente o anatema, más allá de que continúe pecando hasta ser librado de su cuerpo de muerte.

Su antipatía por Cristo ha quedado de lado y ahora cree cada palabra de la Escritura como cierta, sin objeción alguna, sabiendo que no hay posible contradicción en el Espíritu que la inspiró. Anhela que se cumpla cada profecía escrita en la Biblia, que Dios se glorifique como Dios justo y misericordioso, como el Dios del amor y el Dios de la ira. Asume que de no haber sido por la intervención unilateral de Dios nadie sería salvo, que está bien que haya amado a Jacob y odiado a Esaú aún antes de ser concebidos, sin miramiento a sus buenas o malas obras. Todo esto lo hace porque sigue la voz del buen pastor y rechaza la voz del extraño. Finalmente, al haber dejado la antipatía por Dios reconoce con Jesucristo que así tiene que ser todo, por cuanto al Padre le ha agradado de esta manera, escondiendo estas cosas de los sabios y entendidos pero revelándoles a los niños (Mateo 11:25).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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