Jueves, 30 de marzo de 2017

Ya es costumbre escuchar que las doctrinas de la gracia presuponen una teología muy complicada. Por su parte, los que se ufanan de tal argumento alegan que el ladrón en la cruz no tuvo ningún tipo de teología. En otros términos, mientras más se ignoren las doctrinas de la gracia más posibilidad hay de que la conversión sea más pura. Esta asunción se da en virtud de la división esgrimida entre la mente y el corazón.

Vemos que a la falacia de la teología complicada se une otra mentira, la suposición de que el corazón no tiene nada que ver con el intelecto. Sabemos que hay mentira en esa interpretación privada, por cuanto la Escritura señala que de dentro del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, las abominaciones, pero que de dentro de él también mana la vida. Recordamos la sentencia bíblica que dice que de la abundancia del corazón habla la boca. Hablar, pensar, generar vida, son actividades muy ligadas al intelecto y nada tienen que ver con la fábula de la emoción que supera la mente.

A la idea de la teología complicada se le suma la actuación simplista ante el mensaje evangélico, cuando se afirma que la iglesia está compuesta por personas sencillas que rinden su corazón a Cristo a pesar del intelecto. Con esta mentira se pretende sustentar la farsa mayor, la de la complicación  de la doctrina de la gracia. Repasemos por un momento lo que la Biblia enseña acerca de la gracia para ver si hay algún problema intelectual imposible de superar. Antes que nada vayamos al texto de Pablo que se repite con insistencia, que la salvación es por gracia y no por obras. Nada más plano en la declaración, con una gramática sencilla: un sujeto seguido por un predicado simple con una conjunción.

A esta simplicidad gramatical el apóstol añade una explicación para que despeje cualquier duda que se pretenda traer. El agrega que de otra manera la gracia no sería gracia. De nuevo el verbo ser y estar se implica en la frase del apóstol, el más común en todas las lenguas del planeta. Si la salvación es por obras, la gracia ya no es gracia; y si es por gracia, la obra ya no es obra. ¿Qué teología complicada puede haber en esta primera premisa asentada por el apóstol para los gentiles?

Si esta aseveración simple amerita hacer cursos en Seminarios Teológicos, la cristiandad entera anda extraviada en su ignorancia. Pero las doctrinas de la gracia son esenciales en el evangelio de Jesucristo, sin que sean materia de alta teología. ¿Qué complicación puede haber en declarar a Dios soberano? Eso es lo que la Biblia hace de principio a fin, al decirnos desde el Génesis que el Creador hizo los cielos y la tierra. Esa es una actividad de soberanía absoluta que muestra a Dios actuando sin consultar al hombre que pretendía hacer. Cuando aparece la revelación escrita dada a Moisés, éste escribe el siguiente texto: Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo: Yo hago morir, y yo hago vivir: Yo hiero, y yo curo: Y no hay quien pueda librar de mi mano (Deuteronomio 32:39). Aparecen otros verbos sencillos de los más comunes en todas las lenguas del mundo, el verbo hacer junto con el verbo haber. ¿Cuál dificultad existe en este texto que declara varias actividades del Dios de la revelación? Decir que Dios mata y da vida implica sostener que tiene injerencia y soberanía en el terreno de la muerte y de la existencia. Agregar que Él hiere y cura es afirmar que se inmiscuye en nuestras enfermedades y salud; asimismo, sostener que hay quien pueda librar de su mano pone de manifiesto una soberanía absoluta sobre todas las circunstancias que los seres humanos puedan imaginar.

Cuando leemos el libro de Job encontramos sus declaraciones acerca del Dios soberano, quien ordenó a Satanás para que lo metiera en el lío de la tentación y pruebas por las que pasó. Urge para aquellos que hablan de la teología complicada de la gracia acercarse a las palabras del hombre justo ante el Señor: Si Él derriba, no hay quien edifique; encerrará al hombre, y no habrá quien le abra. Si él detiene las aguas, todo se seca; si las envía, destruyen la tierra. Con él está el poder y la sabiduría; suyo es el que yerra, y el que hace errar. El hace andar despojados de consejo a los consejeros, y entontece a los jueces. El rompe las cadenas de los tiranos, y les ata una soga a sus lomos. El lleva despojados a los príncipes, y trastorna a los poderosos. Priva del habla a los que dicen verdad, y quita a los ancianos el consejo. El derrama menosprecio sobre los príncipes, y desata el cinto de los fuertes. El descubre las profundidades de las tinieblas, y saca a luz la sombra de muerte. El multiplica las naciones, y él las destruye; esparce a las naciones, y las vuelve a reunir. El quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra, y los hace vagar como por un yermo sin camino. Van a tientas, como en tinieblas y sin luz, y los hace errar como borrachos (Job 12:14-25).

Se podrían colocar centenares de textos que hablan del Dios que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad, el que de su boca hace salir lo bueno y lo malo. ¿Y quién dirá que ha acontecido algo malo en la ciudad, que el Señor no haya hecho? Eso lo dice el profeta Amós (3:6), con palabras que reflejan el carácter plano del Dios de las Escrituras. Podríamos traer a la memoria lo que el Espíritu inspiró en Pablo cuando escribió que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer; que Esaú fue escogido para condenación sin miramiento en sus obras buenas o malas, aún antes de ser concebido, aconteciéndole lo mismo a su gemelo Jacob, pero con mejor destino, porque el Señor lo amó sin mirar tampoco en sus obras buenas o malas.

Ese texto citado por Pablo en Romanos 9 nos presenta en forma muy simple la respuesta del objetor de la Biblia. Este es un sujeto que se levanta para decir que Dios es injusto por cuanto condenó en esa forma a Esaú. Sin embargo, Dios, que no tiene de quien ocultarse ni se avergüenza de sus actos, ha declarado que el objetor no es nadie para altercar con el Creador. El Dios alfarero hace un vaso de barro para honra y otro para deshonra, para traer a colación la gloria de su amor y la gloria de su poder, justicia e ira. Ese mismo apóstol también escribió en forma muy sencilla que somos salvos por gracia, por medio de la fe, pero aclaró que eso no es de nosotros sino de Dios.

El Hijo de Dios dijo que nadie vendría a él a no ser que el Padre lo enviara; aclaró que todo lo que el Padre le da vendrá a él y él no lo echará jamás afuera. Por lo tanto, uno deduce también en forma muy simple que los que nunca vendrán a él no lo harán porque el Padre no los ha enviado. Estos son los mismos sujetos que pertenecen al mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de ser crucificado (Juan 17:9); son los cabritos que pondrá a su izquierda, son aquellos cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

Acá no hay teología complicada sino palabras simples. Los que ven problemas en esas declaraciones bíblicas tienen el entendimiento entenebrecido por el dios de este mundo, para que no les resplandezca la verdad del evangelio de Cristo. Su falta de comprensión se traduce en la ignorancia mortal en la que viven, pero no porque la teología sea enrevesada. Dios controla cada evento de lo que sucede en su creación, de otra forma no podría acontecer aquello que programó desde los siglos. Aún el Cordero estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, no por un si acaso sino porque Él tenía el propósito de darle al Hijo la gloria de ser el Redentor del mundo escogido para salvación.

Los que contienden con el Creador lo hacen porque no han sido llamados por el Señor, aunque dentro de ellos puede haber personas elegidas para salvación que acudirán a Él en el momento en que oigan su voz. Por eso también se escribió que si oyereis hoy su voz no endurezcáis el corazón. Se añadió que nos acerquemos a Dios entretanto que está cercano, que nos conviene amistarnos con Él para que nos venga paz y mucho bien.

Y esta es la razón por la cual continuamos anunciando este evangelio, por causa de los escogidos y para endurecimiento de los reprobados. El Dios que determinó el fin escogió también los medios para lograrlo y ha querido que sea por medio de la locura de la predicación que venga su pueblo ante el trono de la gracia. Dios no salva a nadie sin la predicación del evangelio, por eso procuramos a tiempo y a destiempo servir en este propósito. Seguimos persuadidos de que el que empezó la buena obra en todos nosotros la terminará hasta el fin, en el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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