Martes, 28 de marzo de 2017

Para muchos que se llaman creyentes el final es destrucción, ya que su dios es el vientre. Estos son los que se glorían en su vergüenza, en sus prácticas viles que mantienen en secreto, manipulando oscuramente la palabra de Dios. Los que tuercen la Escritura arman lazos para ellos mismos, por cuanto se entrampan en su interpretación privada. El vientre está en oposición al espíritu, en especial al Espíritu de Dios; lo gástrico habla de aquello que es primitivo, lo que se obtiene por instinto y que gobierna a placer al individuo. El extremo de la advertencia del apóstol Pablo yace en el hecho de que estos simuladores de la fe han convertido su sensualidad en un dios.

Hay personas que corrompen el evangelio y generan daño a la iglesia de Cristo, a través de su falsa doctrina. Si hubo un hermano que se estaba degenerando por su conducta pública reprochable, Pablo recomendaba su disciplina a la iglesia, para castigo de la carne a fin de que su espíritu viviera. Ese hermano de la iglesia de Corinto fue devuelto a la congregación una vez que su corazón fue depurado de su gobierno sensual; pero aquellas personas que predican otro evangelio son llamadas por el mismo apóstol anatemas. El dios que los dirige es el mismo vientre como centro de sus pasiones vergonzosas; estas personas no se caracterizan siempre por la banalidad y sensualidad sino muchas veces por mostrar una enseñanza desviada.

En aquellos momentos en que Pablo escribía a las iglesias, la principal preocupación era por los que pretendían volver a la ley con sus ceremonias, en particular con el asunto de la circuncisión. Pero no faltaban los que traían doctrinas extrañas, en la ignorancia de la justicia de Dios y anteponiendo su propia justicia. Lamentablemente ese tipo de problema continúa hoy día, si bien no con lo de la circuncisión de la carne sí con la predicación de los mitos religiosos de antaño. El libre albedrío no es doctrina nueva, porque al menos conocemos que en el siglo V de nuestra era cristiana Pelagio abogó por ella. Como esa herejía iba acompañada de otra más escandalosa, la institución religiosa de entonces vio fácil castigar el engaño mayor y dejar pasar el menor. Así se fue haciendo política oficial la suposición de que el hombre tiene libertad plena para decidir su destino.

Hacer del vientre su dios implica traer a vergüenza su imaginación, como les sucedió a los profetas de Baal que fueron llamados profetas de desgracia, en la versión de la Septuaginta griega. Pensar en las cosas terrenales hasta convertirlas en el motivo de vida es volverse a los rudimentos del mundo. De esta forma, los falsos maestros se muestran diligentes en convertir a las masas en seguidores de una enseñanza mentirosa, aunque muy parecida a la verdad. Allí radica la astucia de su engaño, para que con popular aplauso la gente exhiba su atracción por las fábulas del libre albedrío y de la expiación universal.

Si el amor al dinero se convierte en la raíz de muchos males, muchos se han equivocado al andar por el camino ancho de la fe del extraño. Ellos han abierto la piel de sus almas con sus lamentos por el pecado, con sus cánticos al dios que veneran, pero siguen en la ignorancia de la justicia de Dios que es Cristo, el crucificado para redención exclusivamente de su pueblo, el mismo Jesús que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión. Porque hay un falso dios que se genera en la carne, a quien los que odian al Dios de la Biblia adoran con vehemencia, en la pretensión de tener una verdad acomodada a la mayoría.

El final de estos seres es la destrucción, no la salvación eterna, sin que importe el hecho de que se valgan de los mismos versos de la Escritura que repiten de memoria en clara alusión a un argumento demagógico. Pero esa Biblia los condena y les asegura que el Señor les envía rápidamente un espíritu de estupor para que sigan en la mentira. Ellos no viven en la referencia de la eternidad sino en las cuestiones terrenales, no colocan su mirada en las cosas de arriba sino en las ganancias y provechos que les ofrece la religión.

El dios vientre también se encarga de generar orgullo en la falsa doctrina que predican de continuo, de tal forma que los que oyen la voz del extraño se convierten en guías de otros ciegos que son conducidos hacia el mismo hoyo. Con un falso credo pervierten más sus enseñanzas en las cuales perecen, por cuanto son enemigos de la cruz de Cristo. Más allá de que hablen de esa cruz, su justificación la buscan en sus buenas conductas, en sus obras de hacer y dejar de hacer, antes que en la sola muerte de Jesucristo.

¿Cómo es que son enemigos de la cruz de Cristo y al mismo tiempo se aferran a ella? Recordemos que el Redentor murió en un madero para expiar el pecado de su pueblo, pero el mundo por el cual el Señor no rogó (Juan 17:9) quedó fuera de esa cruz y permanece extraño al evangelio. No se trata de que ellos nieguen del todo la cruz o se opongan a que Cristo haya dado su vida allí por su pueblo, sino que ellos llaman pueblo a los que no lo son. Esta gente dice paz cuando no la hay, llaman a lo bueno malo y a lo malo bueno, con lo cual se hacen enemigos de la cruz que pregonan. Ciertamente, una vida inmoral es ajena a la cruz de Cristo, como lo es también una vida con doctrinas paralelas a las de la Escritura.

Los caballos de Troya hacen mucho daño, los quinta columnas, aquellos que se meten secretamente en la iglesia para enseñar la interpretación privada de las Escrituras. Asimismo, los que intentan dañar el honor de la iglesia con su conducta desviada también mortifican a la congregación con su manera de comportarse. Sin embargo, como también Pablo enseñara, los que traen el evangelio diferente no son considerados hermanos a los cuales hay que disciplinar sino que son llamados anatemas con los cuales no hay que compartir. No les digáis bienvenidos, dijo Juan en una ocasión, porque el que tal hace participa de sus malas obras.

Ellos se glorían en su vergüenza, porque no sólo pecan sino que se jactan de lo que hacen. El pecado es la vergüenza de los pecadores, si bien para los creyentes es un amargo rato de contraste entre la gloria de Cristo en nuestras vidas y el rastro de la vieja naturaleza que vive en nosotros. A esta conducta le sobreviene destrucción por necesidad, muy a pesar de que parezca placentero el momento de la pasión desenfrenada. No olvidemos que esa pasión no siempre es la lujuria o la lascivia, ni solamente la glotonería o la borrachera, sino que también incluye la inclinación por la interpretación privada de las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:27
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