Domingo, 19 de marzo de 2017

Un texto del Nuevo Testamento asegura que conocidas son a Dios todas sus obras desde el principio, lo que nos sugiere que desde el día en que el mundo fue creado ya el Señor conocía lo que habría de acontecer. Esta cualidad del Omnipotente no puede jamás atribuirse a un acto de adivinación, mucho menos a un conocimiento alcanzado. El Dios que es Omnisciente por naturaleza no puede llegar a conocer, ya que todo le es conocido. Su creación y su providencia van de la mano, porque el que ha creado el fin ha proporcionado igualmente los medios para alcanzarlo.

La conversión de los gentiles, el contexto del texto citado, fue prefijado desde la eternidad. Si Dios sabía que esto habría de acontecer en un momento determinado, lo supo solamente porque así lo hubo dispuesto. Por esta razón lo anunció a los profetas desde períodos previos a que aconteciera el evento, por lo cual no fue nada extraño que sucediera lo que el Todopoderoso había establecido. Pero más allá del contexto -la conversión de los gentiles- podemos inferir que la obra de Dios ha sido concebida en su mente en un instante y desde el principio de todo. Eso es parte de la profundidad de sus pensamientos y de lo inasible de su mente.

Es al mismo tiempo un descanso para el espíritu del converso, del elegido cuando ha respondido al llamado del Padre. El saber que un Dios cierto y veraz que no cambia haya ordenado el nuevo nacimiento, trae sosiego para el alma que debe confrontar día a día los embates del mundo con su príncipe. El texto nos educa en cuanto a que Dios planifica y actúa en consecuencia, Nosotros somos la corroboración histórica de la planificación divina, de su conocimiento que también puede llamarse decreto. Porque lo que Dios conoce ha de acontecer de manera inevitable, lo cual en su efecto es idéntico al decreto de su majestad.

El libro de Job nos enseña que Dios es de una sola mente, determinado, que todo lo que su alma desea eso hace (Job 23: 13). En tal sentido nadie puede suponer que la Biblia da pie para decir que el mundo anda escapado de las manos del Creador. Más bien hay que afirmar que Él controla cada detalle de cada evento que acontece, que jamás permite como si alguien fuera consejero. El hecho de que Él sea soberano absoluto hace comprender que no tiene igual ni parecido a su lado, que nadie compite por su poder o autoridad, que nadie puede resistir a su voluntad.

Hay gente ordenada desde antes para la condenación (Judas 4) bajo el decreto de Dios. Y si Dios decretó que esa gente padeciera en el juicio entonces no se trata de ordenar un permiso, ni de una presciencia simple como si se hubiese dado cuenta en forma anticipada, porque en tal caso no sería un decreto u ordenamiento lo que hubiese hecho. Hizo esto en parte para dar brillo a la gloria de su justicia y de su ira, para mostrar en la historia el castigo a la maldad.

De igual forma hay gente ordenada para salvación (escogida) desde el principio (desde la eternidad), de acuerdo a lo que nos dice 2 Tesalonicenses 2:13. Es decir, ambas acciones fueron ordenadas por el mismo Dios y en el mismo tiempo, tanto la reprobación como la elección. Dado que Dios no cambia de parecer (pues inmutables son sus decretos ya que Él es un Sí y un Amén), no es posible redimir a una sola persona dispuesta para la reprobación como tampoco es posible eliminar a uno solo de los escogidos para salvación. Además, se implica que cuando Dios escogió a unos para salvación dejó a otros para condenación; y viceversa, si dejó a unos para reprobación es porque escogió a otros para redención. El término escoger implica seleccionar de un lote y dejar asimismo a otros miembros de ese lote.

Claro está que Dios pudo escoger a la totalidad de la humanidad para redención, y eso también podría llamarse elección; pero la Biblia abunda en textos señalando que Dios es el autor de la reprobación y de la elección. Esto nos permite comprender que la totalidad de personas creadas no son las que son elegidas ni todas las que son reprobadas. Los que tropiezan en la Piedra  (Cristo) fueron también ordenados para tal fin (1 Pedro 2:8).

Cierto es que hay textos de la Biblia en los que se habla figurativamente dando a entender con ello que se antropomorfiza a Dios (como si tuviese sentimientos humanos propios de la pasión nuestra). Así, se dice que Dios sufre el que las naciones caminen en su propio camino. También la Biblia menciona que el Señor nos cubre como la gallina a sus polluelos, pero esa animalización de la Divinidad no puede llevarnos a creer que Dios tiene alas de ave. El hecho de que Él sea nuestra Roca sólida no lo hace un mineral duro y de estructura compacta. Hay un sinnúmero de metáforas, de hipérboles, que no pretenden en modo alguno enseñarnos que Dios es un pedazo de madera o la rama de un árbol que da sombra, o un Ser con muchos ojos en el cuerpo.

Es por ello que hay que tener cuidado con los textos que supuestamente enuncian algo contrario al resto de la Escritura, porque en su examen minucioso uno puede comprobar que son comparaciones hechas para que la naturaleza nuestra pueda comprender mejor el mensaje que ellos traen. El Dios de la Biblia tiene parte activa en el endurecimiento de aquellos que ha destinado para la alabanza de la gloria de su ira y justicia; el crimen más horrendo de la humanidad fue el asesinato del Hijo de Dios, una persona que jamás hubo pecado. Sin embargo, ese crimen fue planificado por el Padre y anunciado a sus profetas desde antiguo. Dios reclama para Sí mismo tanto la redención como la condenación, como lo demuestra entre tantos textos la lectura de Romanos 9.

Si nadie puede resistir la voluntad de Dios, tampoco nadie puede manipular a Dios para que le permita hacer ciertas cosas. El que es soberano controla eficazmente las acciones de sus criaturas, sean tangibles o intangibles. De igual forma, el mal que la gente hace no es independiente de Dios, porque cada cosa debe seguir un rumbo particular para que se logre el fin anunciado por los profetas. Por ejemplo, no bastaba con que Dios dejara al arbitrio de Judas el que actuara libremente en su maldad; ¿qué habría sucedido si el Iscariote hubiese decidido asesinar al Hijo de Dios? ¿O qué hubiese sido del plan divino si Jesucristo hubiese sido muerto a pedradas por los que intentaban matarlo?

Dios le anunció a Abraham que el pueblo que le daría pasaría cierto tiempo en esclavitud. En tal sentido todo lo que le aconteció a Israel fue providencia divina para que se cumpliera su palabra. Pero de igual forma fue providencia el que Egipto existiera y tuviera un Faraón que sería el antagonista de Moisés. Aún los males ordenados por Dios deben acontecer en cierta forma, tiempo y lugar para que surtan el efecto deseado. Entonces, mal pudiera Dios dejar al arbitrio del hacedor del mal el que haga su maldad al margen de su estricta voluntad.

Dios conoce porque todo lo tiene bajo el control de su mente eterna, por cuanto todo lo que ha hecho ha sido forjado con un propósito. En realidad Él tiene conocimiento de las acciones humanas porque gobierna el mundo. La profundidad de la sabiduría de Dios es inconmensurable, al punto que Isaías se pregunta ¿quién fue el que le enseñó el camino del juicio o la ciencia, o la prudencia al Señor? ¿A quién le demandó consejo para ser avisado? (Isaías 40:14).

Y nosotros no podremos indagar mucho en las decisiones y actos de Dios, los cuales son producto de su sabiduría y conocimiento. Aunque el conocimiento del Señor no tenga límites (Efesios 3:8), Él no necesita averiguar nada para llegar a conocer. Él sabe todas las cosas por cuanto las ha creado con un propósito y ha provisto lo necesario para que cumplan lo que ha pensado de ellas.

Podemos descansar en el reposo del conocimiento del Señor, al saber que todo lo tiene pautado y controlado y que nada escapa de su mirada y dominio. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo por lo cual nos conviene amistarnos ahora con Él, para que nos venga paz y tengamos bien.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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