Mi?rcoles, 15 de marzo de 2017

Tal vez alguien quiera echar la culpa de sus tinieblas al Dios que predestina, pero Jesucristo vino como la luz y fue rechazado. La razón por la cual los hombres amaron más las tinieblas es porque sus obras eran malas. El temor subyacente a ser descubierto, como Adán y Eva que se escondieron en el huerto, por causa de la desobediencia, ha hecho que se prefiera vivir en la obscuridad del mundo. ¿Cómo se puede hacer el bien estando acostumbrados a hacer el mal? Ciertamente, la industria mundana genera adicción, acostumbra a la gente a la tradición, de tal forma que el cambio no se presenta como una opción.

La naturaleza humana está caída desde el Edén, atascada de pecado que se transmite por generaciones, y no hay quien busque a Dios. Se puede buscar a cualquier divinidad, a los espejismos de los demonios, pero no al Dios que es justo y que justifica al que tiene la fe de Jesús. La gente prefiere a un dios que justifica al que tiene la fe en el otro Jesús, si bien conserva los mismos nombres de la divinidad bíblica. Se prefiere a un falso Cristo, al que cede su gloria y la comparte con los pecadores, el que deja que perezcan todos aquellos que depositaron su confianza en él. ¿Y cómo es esto posible? Simplemente porque han moldeado un Cristo a su imagen y semejanza, dando rienda suelta a su imaginación, al confeccionar un dios a su medida.

La interpretación privada de las Escrituras destruye a quien así actúa y a quien se alimenta de la torcida enseñanza. Si el evangelio de Jesucristo salva lo hace en base a su rectitud y justicia, pero no puede salvar el anuncio del evangelio anatema. Se ha declarado como maldito a todo aquel que lleva otro evangelio, de manera que caen por igual en el mismo hoyo tanto el que lo predica como el que atiende a su llamado. Isaías lo ha declarado, que no tienen conocimiento de nada aquellos que oran a un dios que no puede salvar, o los que dan forma a una imagen de madera para rogar (Isaías 45:20-21).

El texto mencionado añade que no hay otro Dios sino Jehová, justo y Salvador. La relación con el Dios de la Biblia es binaria, o se está con Él o se está en su contra. No hay un término medio de espera, una zona neutra de reflexión, simplemente el que no ruega al verdadero Dios lo hace con el falso. Existe una lucha entre las dos justicias, la de Dios que es Cristo y la justicia humana y propia de cada quien. Aquellos que ignoran la justicia de Dios colocan la suya propia para justificarse a sí mismos, demostrando con ello que carecen de conocimiento.

Si Cristo es la luz del mundo, su evangelio alumbra; pero la humanidad entera se vuelca tras la mentira. Dentro de ella muchos aman el mensaje transformado, adulterado, refinado por la interpretación privada. Como aquellos sujetos que andaban con el Maestro varios días, persiguiendo sus milagros y la comida que se les obsequiaba, la falsa iglesia también se goza en la emoción que dan las palabras mentirosas de la religión. Muchos de aquellos discípulos le dieron la espalda a Jesús porque lo que él decía eran palabras duras de oír. No podían entender que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo había enviado lo llevara (a la fuerza).

La gente de aquellos tiempos de Jesús prefería que se le reconociera su buena voluntad, su esfuerzo por seguir al Señor, el acto de maravillarse por sus milagros; pero darle el total reconocimiento al Padre implicaba destacar que ellos no tenían voluntad alguna que aportar en el acto de seguir al Señor. Esa es la razón por la cual aquella palabra les pareció dura de oír, por lo que prefirieron las tinieblas a la luz. Les parecía mejor seguir en la obscuridad y no sacar su impotencia espiritual a la superficie, porque hay personas que prefieren no tratar su enfermedad por el solo hecho de no querer pensar en ella.

El tema teológico de la soberanía de Dios siempre ha parecido un hueso duro de roer. La predestinación divina hace inútil el esfuerzo de la criatura, elimina la oportunidad de la elección por manos humanas, ya que ella está en las manos del Creador. De inmediato llega el texto que habla de la condenación de Esaú, asunto que pareciera por demás injusto. La gente se pregunta que sentido tiene anunciar un evangelio que no se puede aceptar, si hay otro evangelio más humanista y que respeta el derecho a elegir que ellos tienen.

De lo que parecen no darse cuenta es que ese nuevo dios es tan mentiroso como su doctrina; esa divinidad forjada envía al infierno de fuego a todos aquellos que dice haber salvado en la cruz. Porque si Jesucristo murió por toda la humanidad, por cada uno de sus miembros sin excepción, entonces toda ella es salva. Y si toda ella ha sido salvada, ¿cómo es posible que haya gente que se condene? Porque si Jesús quitó todos los pecados del mundo también quitó el pecado de la incredulidad; por esta razón aún los que no creen ya fueron perdonados, según la lógica de la doctrina de la expiación universal.

El sentido de la expiación en la cruz implica el perdón de pecados, pero la evidencia muestra que no se puede afirmar que haya una salvación universal consumada. Entonces, la fábula crece y aparece con nuevas aristas, anunciando que Jesús hizo su parte pero ahora le toca a cada quien hacer la suya. En otros términos, se coloca la justicia propia por ante la justicia de Dios; la decisión personal, el paso al frente, el levantar la mano, la oración de fe, y todo el resto de actividades religiosas, aparecen como la ofrenda de intercambio que el hombre en su liberad puede hacer ante el dios que se ha forjado.

Aseguran que Cristo hizo posible la salvación y que le brinda a cada quien la oportunidad de ser elegido. Si la Biblia habla de los que están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, el otro evangelio predica que usted puede anotarse ahora en ese libro. Si la Biblia pregona que Dios hizo la elección en tiempos inmemoriales, el falso evangelio anuncia que lo hizo basado en el conocimiento de la voluntad de las criaturas que aceptarían al Señor. Entonces, nos preguntamos, ¿qué necesidad hay en que el Hijo de Dios muera por todo el mundo, si ya sabía que muchos no lo iban a recibir?

Ciertamente, Jesús no murió por toda la humanidad sin excepción, sino sólo por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). Pero no fue que muriera por los que le iban a aceptar, como si por voluntad propia el hombre prefiriera la luz, sino porque el Padre los había escogido en su gracia y favor eterno e inmutable.  La muerte de Cristo es la única causa de nuestra salvación, no es una oportunidad que podamos aprovechar sino una muy buena noticia de algo que ha sido consumado. Si la muerte de Cristo no es la causa eficaz de nuestra salvación, lo sería la decisión del hombre que está en tinieblas, muerto en delitos y pecados y que odia por naturaleza a Dios. De nuevo el binarismo en la Biblia, porque o es Dios soberano o lo es el hombre, o la humanidad murió en delitos y pecados o está viva en justicia.

Y no hay tal cosa en la Escritura como un Dios que se despoja de su soberanía por siquiera un momento, para darle a la criatura la oportunidad de elegir su destino en forma libre. Ese invento de los jesuitas (por medio de Luis de Molina) es una fábula artificiosa forjada en el pozo del abismo. Tal presunción equivaldría a decir que mientras el trabajo de Cristo en la cruz ofrece apenas una oportunidad de salvación, el arrepentimiento y la fe del pecador convicto en sus delitos y pecados asegura la redención. Pensar de esta manera es torcer las Escrituras para perdición, implica seguir en las tinieblas y rechazar la luz del evangelio.

Así como hay un solo Dios y no hay otro que pueda salvar como Él, tampoco hay otro evangelio. Simplemente que la humanidad prefiere andar a obscuras, ama exhibir su propia justicia, se deleita en la superstición y la fábula porque desconoce al Dios soberano que hace como quiere. Razón tuvo Isaías al decir que no saben los que oran a un dios que no puede salvar, los que moldean una imagen: Los que fabrican ídolos no valen nada; inútiles son sus obras más preciadas. Para su propia vergüenza, sus propios testigos no ven ni conocen. ¿Quién modela un dios o funde un ídolo, que no le sirve para nada? Todos sus devotos quedarán avergonzados ¡simples mortales son los artesanos! Que todos se reúnan y comparezcan; ¡aterrados y avergonzados quedarán todos de él! ... Y suplicante le dice: «Sálvame, pues tú eres mi dios». No saben nada, no entienden nada; sus ojos están velados, y no ven; su mente está cerrada, y no entienden. Les falta conocimiento y entendimiento; ... Se alimentan de cenizas, se dejan engañar por su iluso corazón, no pueden salvarse a sí mismos, ni decir: «¡Lo que tengo en mi diestra es una mentira!» (Isaías 44:9-20).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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