Domingo, 12 de marzo de 2017

Judas Iscariote estuvo muy cerca de la verdad, anduvo con el Maestro de Galilea y contemplaba sus milagros; se gozaba del poder de quien lo había reclutado para cumplir su voluntad. Sin embargo, estuvo al mismo tiempo tan lejos de la verdad como Herodes, Pilatos o los miembros del Sanedrín. ¿De qué le sirvió al hijo de perdición comer junto a los otros discípulos y junto al Señor? Mejor le hubiera sido no haber nacido, dice la Escritura. La cercanía a la verdad no salva, porque en el sistema binario que Dios ha creado están los redimidos y están los reprobados, los que son objeto de misericordia y los que son endurecidos.

O se está en la verdad o se está en la mentira, pero no hay un término intermedio como no hay un terreno neutral. Tener 90% de la verdad del evangelio con 10% de mentira en él no redime a nadie. O entendemos que Jesucristo murió solamente por su pueblo o aceptamos que murió por cada individuo de la humanidad, a expensas de la mezcla y la interpretación privada.

Los fariseos creían medias verdades, aunque conocían en grado sumo la Escritura del Antiguo Testamento. Eran doctores expertos de la ley de Moisés, pero colaban el mosquito y se tragaban el camello, ignorando la justicia de Dios y anteponiendo la suya propia. No importó nunca cuanta teología buena tuviesen, bastaba solamente que mostrasen un poco de mezcla para que el Señor los hiciera dignos del castigo eterno.

El rey Agripa por poco fue persuadido por Pablo, pero el apóstol le dijo que por poco o por mucho quisiera Dios que fuese hecho como él excepto las cadenas. Hay mucha gente que oye la verdad pero que se queda en la emoción de lo que ha escuchado, sin pretender asumir lo que ha considerado lógico. La humanidad entera en su vanidad se encuentra atada a sus ídolos, a cualquier forma de aquello que concibe como dios y no tiene fuerza para echar a andar, por lo cual necesita la voz del Señor que le ordene levantarse y andar, como lo hizo con el paralítico. Quisiera Dios echarla a andar, para que fuese libre de aquellas formas inútiles que ha concebido como la Divinidad.

Todos los ídolos son una misma sustancia ideológica y mental, manifestaciones mudas, impotentes, invenciones devaluadas hechas por el hombre caído con mentes desviadas para adorarlos. Y no hay diferencia entre un ídolo que se hace con materiales tangibles (madera, yeso, metales, etc.) y los que son solamente una confección mental. Porque la idolatría aparece cuando los que dicen seguir a Dios lo conciben erróneamente. Pero la función principal del ídolo es alejar al hombre de Dios, si bien quien se acerca a su fabricación idólatra pretende lo contrario.

¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿la estatua de fundición, que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?... ¿Podrá él enseñar? (Habacuc 2:19). No, no podrá jamás enseñar ninguna sana doctrina, mucho menos ser el referente de ella. Todo lo contrario, la Biblia prohíbe tales actividades idólatras, de manera que quien pretenda tener un ídolo para traer a la memoria al Dios de los cielos está en total desacato de la palabra divina. Al mismo tiempo, no podría jamás enseñar la doctrina del Señor que los prohíbe; pero lo que sí pueden enseñar es la doctrina de demonios. Porque el que sacrifica a los ídolos a los demonios lo hace, de acuerdo a lo que Pablo escribió (1 Corintios 10:20).

Como los antiguos israelitas que sacrificaron a los diablos y no a Dios, poco importa que se pretenda adorar al Dios de la creación si se hace un sacrificio con una doctrina errónea. El incienso que aquellos quemaban no se elevaba hasta el Dios revelado sino hacia los demonios; hoy día muchos muestran afecto a los ángeles y los invocan con la pretensión de que los protejan, porque están hinchados en su propia carne (Colosenses 2:18). Y Pablo añade la consecuencia de esta actividad bajo una advertencia: nadie os prive de vuestro premio.

La cercanía a la verdad puede ser tan mortal como su lejanía. Tal vez alguien se alegra porque su ser querido milita en una religión que considera bíblica, rindiendo culto a un Jesús que lleva el mismo nombre del Jesús de la Biblia, dedicándole cantos espirituales, observando muchos de sus mandamientos, venerándolo de muchas formas. Pero cuando examinamos su doctrina a la luz de las Escrituras uno contempla una gran distorsión y contradicción entre lo que han aprendido y lo que la Biblia dice. Esa cercanía a la verdad no les sirve de nada, por cuanto como dijo el Señor respecto de los samaritanos: adoran lo que no saben. 

Una doctrina errónea hace que el sacrificio sea a los diablos y no a Dios, en palabras del Deuteronomio 32:17. Y aunque muchos no sacrifiquen intencionalmente a los demonios sino que pretendan hacerlo ante Dios, en la creencia de que sus imágenes de madera, piedra, yeso o metal representan al Señor, en su sacrificio son instigados, influenciados y asistidos por los demonios. Ah, pero no es necesario tener un muñeco físico para que esto suceda, basta con tener una imagen en la mente, una pretensión de lo que es Dios de acuerdo a la doctrina desviada que profesan. 

Pensemos que si el apóstol Pablo deseaba que los de la iglesia de Corinto huyeran de toda forma de idolatría, su interés estaba en alejarlos del fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (demonios). Porque las prácticas supersticiosas (aunque se hagan con supuestas normas bíblicas) tienen consecuencias eternas, por lo cual hay que huir de la idolatría y de cualquier apariencia de ésta, incluso hay que abstenerse de comer lo sacrificado a los ídolos.

Ahora bien, veamos un paralelismo con la vanidad de la adoración del ídolo, el maestro de mentiras. Mucha gente religiosa se sienta alrededor de un maestro y asume ideas bíblicas erróneas. Luego se inclina ante ellas, con feroz convicción de que se está en la verdad, tan solo porque le parece conveniente y emocionante el que muchos se adhieran a la enseñanza de mentira. En ese momento han creado un dios a partir de sus propios pensamientos, escriben cosas sobre él o sobre esas ideas religiosas, hacen libros y los publican, desarrollan técnicas de evangelización que persuaden a otros. Ellos han creído que ese es el evangelio de la verdad, pero están construyendo una enseñanza de mentiras, tan solo por haberse apartado aunque sea un poco de la pública interpretación de la Biblia. Si no les gusta el Dios que predestina a Jacob y a Esaú, sin mirar en sus obras buenas o malas, entonces transforman el texto y dicen que Esaú se endureció por su cuenta y Dios solamente se lo permitió. Si les parece muy duro que Dios haya endurecido el corazón de Faraón, apenas tuercen un poco el contenido y aseguran que Faraón primero se endureció a sí mismo. Si es abundante el conjunto de textos que habla de la predestinación divina, afirman que ésta se hizo porque Dios miró en los corazones de los hombres y supo quienes eran los que le aceptarían y quienes no. En fin,  dejan la Escritura casi intacta pero solo tuercen algunos textos para suavizar su aceptación por las masas.

Esa forma de interpretación confecciona un ídolo para adorar, al que se le coloca el nombre de Jesús, utilizando la misma Escritura para hacer creer que se trata del mismo Dios. Incluso aparecen dentro de sus ministros disfrazados de luz los que asumen la doctrina de la gracia soberana, pero con pequeños deslices en cuanto a que dicen que los que tuercen las Escrituras están  maravillosamente confundidos; alegan que ellos tienen mucha más verdad que confusión, que a fin de cuentas como la salvación es por gracia y no por obras ellos serán salvados muy a pesar de la doctrina que profesan. Son maestros de la fábula que tienen el conocimiento de Dios vedado y se inventan uno propio, ya que en realidad el Señor les sigue hablando en parábolas para que no entiendan.

Pero aún dentro del mundo no cristiano nos encontramos con pensadores que rechazan la idolatría por considerarla locura. Heráclito -filósofo del siglo V a.C- dijo que los que hablaban con las imágenes eran como los que hablaban con los edificios, semejantes a los que se meten en el lodo para quitarse el lodo. Con toda esa advertencia, la Grecia que lo siguió terminó sumida en profunda idolatría, tanto que aún otro de sus filósofos connotados, Sócrates, antes de morir dejó su voluntad de sacrificar un gallo a Esculapio (el dios de la medicina).

Dios quiso enloquecer la sabiduría humana, ya que el mundo no conoció a Dios en su propia sabiduría, por eso Dios salva al hombre a través de la locura de la predicación. Los ídolos mudos solo hablan lo que el alma humana supone, asimismo la doctrina privada solo expone lo que el alma humana desea. Pero de la misma manera que los israelitas fueron educados en el monoteísmo, si bien se volvieron a la idolatría por influencia de los pueblos vecinos, los que se dicen creyentes del Dios de la Biblia se vuelven a la falsa doctrina por influencia de la vergüenza que les produce predicar al Dios soberano. Ante la interrogante del mundo acerca de por qué razón Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad, surge la hipótesis de que Dios no obliga a nadie, que es un Caballero amigable que hizo todo en la cruz y que espera por la buena pro del hombre que se quiere salvar. De esta forma pretenden escapar de la acusación de injusticia que el mundo le hace al Dios de la Biblia.

La religión espuria ha negociado una divinidad humanista, adaptable a cada circunstancia de la cultura del hombre. Ella va mutando de acuerdo a los matices de la moral relativa del hombre contemporáneo, al mismo tiempo que se persuade de que la idolatría es asunto de semántica. Más bien, ella argumenta que se trata de veneración y no de adoración, que es, antes que nada, una motivación para recordar pero no la adoración de un objeto material. Ah, pero esas sutilezas no pueden torcer lo que la Escritura dice, que quienes así actúan a los demonios sacrifican. Razón tiene el autor del Apocalipsis cuando dijo que después se muchas plagas para castigo de la maldad humana, los hombres no se arrepintieron ni dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni andar (Apocalipsis 9:20). Tal parece ser que la consigna del hombre que tuerce la Escritura es que con su ídolo no se metan, porque aunque el ídolo no es nada en sí mismo sí que es una representación mental de lo que suponen sea la divinidad. Razón de sobra tuvo Habacuc para llamar al ídolo maestro de mentiras.

César Paredes

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destino.blogcindario.com

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:54
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Publicado por violemivi
Martes, 14 de marzo de 2017 | 7:30

UN SALUDO :)