Viernes, 10 de marzo de 2017

Es natural que la gracia sea dada sin condición, pues de otra manera la gracia ya no sería gracia. Tal es el principio bíblico que enseña a la humanidad a interpretar el dictamen divino, ya que a los que han muerto en delitos y pecados no puede seguirles obra alguna que les de esperanza. En tal sentido, tampoco hubo ningún pacto de obras con Adán en el Edén pues no es posible concebir que el primer hombre hubiera obtenido inmortalidad por la obediencia, para anular al Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Por otro lado, cualquier condición a cumplir es en sí misma una obra, y la salvación es por gracia y no por obras.

Desde Adán lo que ha habido es un pacto de gracia con todos los creyentes, pacto renovado por Dios con Abraham y su simiente, confirmado por el sello de la circuncisión.  El que Dios le haya prometido a Abraham la tierra de Canaán no implica que eso sea un pacto de obras, sino una alianza nacional en virtud de que su descendencia ocuparía esa tierra. Pero dicha tierra no limita la gracia extendida al resto del planeta, ni circunscribe el pacto a la obra de obediencia.

En el pacto de gracia se estableció una administración en base a tipos que señalarían a Jesucristo como el antitipo. Al apuntar a Jesucristo como la consumación del tipo, muchos beneficios espirituales se obtenían, si bien una nube de sombras envolvía la administración de este pacto en la época del Antiguo Testamento, aunque sombras de lo que habría de venir. Vemos que Job reconocía que su Redentor vivía y que se levantaría de los muertos (Job 19:25), lo que hablaba de una referencia en cuanto al beneficio espiritual del pacto de gracia. Recordemos que Job no estuvo necesariamente bajo la ley de Moisés, por cuanto él sacrificaba ante Dios directamente sin miramiento a las normas de la ley que prohibían el ejercicio sacerdotal a gente que no perteneciera a la línea de Aarón. Por eso llama la atención que la Escritura menciona a Job como justo ante Dios, diciendo que como él no había en toda la tierra. De nuevo, vemos la gracia divina manifiesta de acuerdo a la soberanía del Todopoderoso.

Y la gracia estuvo en el Génesis, cuando Dios sacrificó animales para cubrir la desnudez que había dejado el pecado en el hombre. Ese sacrificio era un tipo de lo que haría el Cordero preparado para tal fin. De igual forma existió la promesa temprana (Génesis 3:15) cuando el Señor prometió que de la simiente de Eva se levantaría quien destruiría en la cabeza a la serpiente y a su simiente. Se refería a Jesucristo que habría de nacer de la simiente de mujer, para cumplir lo que por gracia había ordenado el Creador en relación a la salvación de su pueblo.

Una regla de oro se proponía en el pacto, el cumplimiento de la voluntad de Dios; esto no era otra cosa que caminar con Él y ser perfecto (Génesis 17:1). Lo mismo fue dicho en el Monte Horeb a Israel a través del anuncio de los Diez Mandamientos. Sin embargo, estas reglas no implican condiciones previas sino más bien un signo de pertenencia al pacto. Fijémonos en que la gracia no puede admitir ninguna clase de obras, porque dejaría de ser gracia. Este es un principio bíblico que nos hace bien tenerlo en cuenta en el análisis de la gracia. Por otro lado, los egipcios no fueron objeto del mismo favor de Dios, lo cual hace peculiar la gracia divina que se manifiesta solamente en aquellos de quienes el Señor tiene misericordia.

Pablo nos aseguró que no por pertenecer a Israel se es objeto del pacto de gracia, sino que en Isaac sería llamada descendencia. La historia de Elías nos muestra que Dios había reservado para Sí a 7000 hombres que no doblaron su rodilla ante Baal. Isaías cuenta que si los descendientes de Israel fueren como la arena del mar, solamente el remanente sería salvo (Isaías 10:22; Romanos 9:27). Con estos contextos podemos mirar dentro del pacto de gracia, que siempre ha sido el Señor quien lo establece y quien elabora los vasos de misericordia. Por esta razón, el amar a Dios y el desear sus estatutos no es una condición para la gracia sino un efecto de ella.

Cristo es el gran mediador del pacto de gracia, siempre ratificado con sangre. En Éxodo 24:8 leemos que Moisés tomó la sangre y la esparció sobre el pueblo, diciendo: He aquí la sangre del pacto, el cual el Señor hizo contigo. Y el Nuevo Pacto de Jesucristo es referido a su sangre en el relato del Nuevo Testamento, el que uno conmemora para traer a la memoria el sacrificio expiatorio hecho por el Señor en favor de su pueblo (Mateo 1:21). Así también Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos; y la segunda vez, sin pecado, será visto de los que le esperan para salud (Hebreos 9:28).

El pacto de gracia no puede ser condicionado, por lo cual tampoco puede ofrecerse como tal a los que no son objeto de él. Más allá de que el evangelio se predique a toda criatura, se hace para testimonio de la luz que vino al mundo. Pero a muchos ese testimonio los condenará, por cuanto los hombres del mundo aman más las tinieblas que la luz. Sin embargo, la Biblia dice que el que creyere será salvo; en otros términos, el que es enseñado por Dios irá hacia el Hijo como beneficiario del Nuevo Pacto (que no es sino la conclusión objetiva del Viejo). Si en el Viejo Testamento o Pacto todo era una sombra de lo que había de venir, en el Nuevo Pacto está Jesucristo mismo ofrecido por el pecado de su pueblo. Pero en ambos, él es el Mediador, el Siervo y Enviado del Padre.

No es posible decir que si Judas hubiese creído, el sacrificio de Cristo hubiese sido suficiente para él. Judas era un hijo de perdición y la Escritura tenía que cumplirse, por lo tanto nunca pudo llegar a creer. Y como nunca pudo llegar a creer la sangre de Cristo no fue derramada por él (como bien lo atestigua Juan 17:9). Aunque la sangre de Cristo valga el cielo mismo, solo alcanza para la compra de los elegidos del Padre. Esto equivale a decir que la extensión de la expiación de Jesucristo fue hecha solamente por los muchos de los cuales habla Isaías, por su pueblo referido en Mateo 1:21.

Jesucristo no redimió a los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Jesucristo no murió por los réprobos en cuanto a fe (2 Timoteo 3:8) de los cuales la condenación no se tarda (2 Pedro 2:3). Por ello, el Nuevo Pacto no es una posibilidad sino un hecho real, no es una proposición sino algo cumplido. Es la creación de un pueblo para Dios, que no se olvidará ni de Él ni de sus enseñanzas. Esto lo profetizó Jeremías, diciendo que el Señor daría su ley en las entrañas de su pueblo, y la escribiría en sus corazones (Jeremías 31: 31-33).

Con este Nuevo Pacto ya no tendremos que alejarnos de Dios, siguiendo las sugerencias destructivas del mundo, ya que tenemos en forma cierta el deseo de respetar su ley. Nuestro sacerdote no está lejano, ni pertenece a una familia específica, sino que es Jesucristo intercediendo por nosotros, como abogado para con el Padre. El pacto nacional de Dios con Israel fue muchas veces invalidado por aquella nación, como nos lo asegura Jeremías; sin embargo, este Nuevo Pacto permanece escrito en nuestra conciencia, en la esencia de nuestro ser, como producto del nuevo nacimiento.

La circuncisión del corazón anunciada en Deuteronomio 30:6 ha llegado, el Espíritu de Dios colocado en el corazón nuestro también ha llegado (Ezequiel 36:27). En tal sentido, lo que hacemos es una respuesta a la iniciativa soberana divina del pacto de gracia, el fruto del árbol bueno -como una característica de su calidad. El árbol malo dará el fruto que su naturaleza produce, por lo cual el que de la abundancia de su corazón confiesa otro evangelio indica que allí no ha amanecido Cristo. Nadie viene al Padre sino por Cristo, y nadie viene a Cristo si el Padre no lo envía;  estas palabras de Jesús ofendieron a muchos que decían ser sus discípulos, los cuales se apartaron de él porque les parecía dura palabra para oír. Resulta que Dios del que quiere tiene misericordia, pero endurece al que quiere endurecer. La gran pregunta que el Señor le hizo a aquellos que le seguían fue: ¿queréis vosotros iros también? En otros términos, Jesús no está rogando a nadie para que lo sigan, simplemente llama en forma irremisible a quienes él ha escogido como suyos. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmo 32:1).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 8:13
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