Mi?rcoles, 08 de marzo de 2017

Una profecía de Isaías viene a ser tomada por el autor de Hebreos para referir la promesa del Mesías. Como Señor, Jesucristo llega a ser un refugio para los santos, ya que los hijos le fueron dados a Cristo como su semilla espiritual por los cuales rogó la noche antes de su crucifixión. Porque el Hijo de Dios vino a expiar los pecados de su pueblo (Hebreos 2:17 y Mateo 1:21), para lo cual se hizo en todo semejante a los hermanos siendo un fiel Pontífice para con Dios. Un solo mediador entre Dios y los hombres, sin que haya obstáculo ante el Padre; no existe en la Escritura la figura del mediador ante el mediador, como si Jesucristo fuese insuficiente.

Los hijos que Dios le dio alcanzan su reposo una vez que son llamados al arrepentimiento, por cuanto con un solo sacrificio ya no hay más requerimiento que hacer por el pecado. Con una sola ofrenda el Hijo de Dios hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10:14). La Biblia presenta a Dios como el justo que ha justificado al que es injusto, pero solamente en la persona del Hijo, a quien Él considera su justicia. En la perfección de aquel Sumo Sacerdote fue destruida el acta de los decretos que nos era contraria, con el rociamiento de su sangre sobre el propiciatorio; aquella ley no nos puede acusar más por cuanto hemos sido absueltos. En ese estatus descansan los hijos que le fueron dados.

Por si fuera poco, añade la Escritura que Dios nunca más se acordará de nuestros pecados e iniquidades, pues donde hay remisión de éstos no hay más ofrenda que hacer por ellos. El Cordero que serviría para la expiación de todos los pecados del pueblo escogido estuvo pensado en el plan divino. Esa gloria no podía ser disminuida ni obstaculizada por ningún evento ni persona, por ninguna entidad espiritual. La gloria del Hijo se incrementó con los hijos que recibió de parte del Padre, que son igualmente llamados sus hermanos de quienes él no se avergüenza.

Jesucristo tiene una congregación en el mundo, una multitud de personas que son objeto de su redención, los que han alcanzado gracia en esta breve historia de la vida. Ante este cúmulo de personas, de las cuales no hay muchos nobles entre nosotros, se han declarado la naturaleza y atributos de Dios, así como su mente y voluntad. Esta iglesia espiritual es ante todo un grupo escogido de lo necio del mundo, de lo que no es para avergonzar a lo que es. De la misma manera se nos ha reiterado que la redención obtenida no es por obras, a fin de que nadie se gloríe en la presencia de Dios.

Así como aquellos humildes pescadores tuvieron la honrosa tarea de esparcir la semilla del evangelio en el mundo, también a nosotros se nos ha encomendado continuar con idéntica tarea hasta que el Señor vuelva a buscar a su iglesia. Tenemos el deseo de partir para estar con Cristo, en el entendido de que la muerte significa partir de esta vida, la manera de salir del cuerpo o casa terrenal cuando seamos removidos de este mundo.  Sabemos que la muerte no es la aniquilación del hombre, sino una separación hecha por el alma respecto al cuerpo hasta la resurrección. Sabemos que cuando seamos librados de este cuerpo mortal ya no pecaremos más y dejaremos de deshonrar al Señor con nuestras acciones. Cuando esto acontezca estaremos con Cristo, cara a cara, lo cual es mucho mejor que estar en este cuerpo afligidos por hacer lo que no queremos hacer. Porque la humanidad se divide igualmente en dos grandes partes, los que anhelamos partir para estar en la presencia del Señor y los que partirán sin ese anhelo por cuanto estarán en la presencia de diablos o demonios, y espíritus de maldición. Esto nos enseña que después de esta vida hay una continuidad inmediata hacia una realidad espiritual, sea de paz o de tormento, ya como olor de vida o como olor de muerte.

La voluntad del Padre es que el Hijo no pierda ninguno de los que le dio, así como que todos los que le ha dado vayan eficazmente hacia él (Juan 6:37). Aunque algunas veces nos sentimos miserables por hacer lo que no queremos -esto es, por el pecado cometido-, estamos ciertos que el haber sido destinados para vida nos permite el ejercicio de la fe. Pero aún el acto de someternos a la obediencia de sus mandatos también constituye un acto de misericordia de Dios.

Como nadie puede ir hacia Cristo si el Padre no lo envía, sabemos que no solo la fe nos ha sido dada sino también el arrepentimiento (de esta manera nadie puede gloriarse en sí mismo).

De igual forma nadie puede ir al Hijo a no ser que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44). Hay una declaración universal negativa, expresada con el adjetivo indefinido ninguno, que expone la imposibilidad humana para acudir hacia Jesucristo (Juan 6:44). También se escribió entre los profetas que seríamos enseñados por Dios, de tal forma que todos los que hemos aprendido por mediación directa del Padre podemos ir hacia el Hijo (Isaías 54:13; Juan 6:45). Por supuesto, se implica que ninguna persona que jamás haya sido enseñada por el Padre podrá ir hacia el Señor. Se hace necesaria la ayuda especial divina para entender que Jesucristo es el Señor, que como Dios soberano vino a poner su vida por los que le fueron dados (su pueblo). Hay una iluminación divina que le da facultades al hombre para que entienda las palabras específicas de su redención,  como lo demuestra lo acontecido a Lidia, ya que si Dios no hubiese abierto su corazón ella no habría podido creer lo que Pablo decía.

Este acto de enseñar y de aprender que se dan en la relación entre Dios y la criatura a redimir, no ha de ser confundido con la percepción intelectual que cada ser humano tiene para entender la simple lectura de la Escritura. A través de la plana percepción podemos comprender que hay una historia de Cristo, que fue un hacedor de maravillas, que fue un profeta o un ser extraordinario. Pero el ser enseñados por Dios supone la apertura del entendimiento espiritual (las cosas espirituales han de ser discernidas espiritualmente), tal como le dijo Jesús a Nicodemo: que era necesario nacer de lo alto (nacer de nuevo), pero que eso era una operación directa del Espíritu y no de voluntad humana alguna.

Acá estamos enlazados en la misma relación que se expone en el libro de Romanos, cuando se habla de Esaú que fue aborrecido por Dios sin que mediara obra alguna. El objetor se levanta asumiendo que Dios es injusto, pues inculpa sin que nadie pueda resistir a su voluntad. Este vínculo se establece por cuanto si nadie puede ir al Hijo a no ser que el Padre lo envíe, ¿por qué razón el Padre no envía a todo el mundo hacia el Hijo?

Inferimos de lo expuesto que el Padre es quien ha decidido la elección desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento a las obras humanas. Que dicha elección se hizo entre otras cosas para que nadie se gloríe en la presencia de Dios. Asimismo, cuando el Padre envía a algún elegido al Hijo es porque lo ha enseñado para que lo reconozca como Dios manifestado en la carne. Finalmente, esa persona irá al Hijo inequívocamente y tiene la garantía de que no será echado fuera jamás.

Los hijos que Dios le dio a Jesucristo constituyen su iglesia, sus amigos, su pueblo y por tanto sus hermanos. En esta acción se encierra la profundidad de la riqueza de la sabiduría de Dios, lo insondable de sus caminos y la magnificencia de su conocimiento. ¿Quién entendió la mente del Señor o quién fue su consejero? Solo resta decir que de no haber sido de esta manera nadie sería salvo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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