S?bado, 04 de marzo de 2017

Es una realidad teológica que la humanidad entera está dividida en dos grandes partes, los vasos de ira y los vasos de misericordia. Tal presunción se desprende de la lectura simple de la Carta a los Romanos, cuando en forma muy específica el capítulo nueve nos habla del alfarero que construye vasijas de honra y vasijas de deshonra. Dios, como el Alfarero Supremo, es dueño de la arcilla, y con ella hace como quiere. De quien Él desea tiene misericordia, como lo hiciera con Moisés, pero de quien su corazón dispone lo endurece. El Faraón de Egipto es un testigo universal del endurecimiento producido por el Todopoderoso, quien lo configuró para exhibir en él la gloria de la justicia de la ira divina en toda la tierra.

De la misma manera, esa carta menciona a Isaac, de donde sería llamada descendencia, aclarando que no todos los israelitas por ser tales son los redimidos. Más bien, son israelitas los escogidos de Dios, así sean gentiles. Los gemelos de Rebeca son un claro ejemplo de esta oposición; por un lado Jacob, quien fue amado por Dios desde antes de la fundación del mundo, y por el otro Esaú, odiado desde antes de nacer. Las obras de Jacob fueron dejadas de lado cuando fue escogido como objeto de la gracia divina. En virtud de haber sido elegido para salvación obtuvo la primogenitura, sin importar que hubiera mediado un interés desmedido que dejaba trasegar el engaño hacia su padre, o la manipulación con la comida frente al hambre de su hermano. Esaú, de la misma forma, fue repudiado por Dios desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento a sus obras buenas o malas. Como consecuencia de esta reprobación divina vendió su primogenitura que por derecho de primogénito tenía. Poco importó que después la haya procurado con lágrimas, por lo cual llegó a ser un ejemplo de réprobo en cuanto a fe, de vaso de ira preparado para el día de la ira.

La prueba de esta crudeza narrativa es presentada bajo la figura retórica de un objetor que levanta Pablo en la carta. Hay unas preguntas cuasi retóricas (porque al final se responden) con las que el apóstol a los gentiles expone la lógica del razonar del Espíritu: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad?  Este objetor está impactado por lo que se dijo de la relación de Dios con Esaú, que lo odió sin mirar a sus buenas o malas obras, aún antes de ser concebido. La ausencia de las obras en la reprobación es idéntica en la elección, ya que todo depende del Elector sin que haya atractivo en el objeto para causar uno u otro destino.

Imaginemos por un momento que Pablo hubiese escrito que Dios rechazó a Esaú basado en la mala decisión de la venta de su primogenitura. Si ese hubiese sido el caso la lógica de la justicia divina no hubiese sido objetada. Jacob hubiese quedado como un puro acto de misericordia divina, pero Esaú hubiese sido visto como la persona que causó su propia perdición. Sin embargo, el Espíritu reclama para Sí mismo el hecho de que tanto el que es redimido como el que es reprobado hayan sido determinados en su destino sin que cuenten sus buenas o malas acciones. Y esto es lo que enfurece al objetor bíblico, que la lógica de la justicia humana no sea hallada en la naturaleza de Dios.

¿Cómo es posible que Dios sea injusto? Porque para el objetor bíblico el parámetro de la justicia divina ha de ser evaluado bajo el criterio de la justicia humana. En definitiva, el Dios antropomórfico viene a ser una divinidad codiciada, ya que moldeado a semejanza del hombre puede ser venerado y honrado para satisfacer el ego humano. Caso contrario, un Dios excesivamente soberano lo distancia del humanismo y viene a ser objeto de la más acérrima crítica por parte del hombre. Para evitar esta situación de embarazo ante los ojos del mundo, la teología ha dado una pequeña vuelta a la página y promete dos lecturas separadas en cuanto a los gemelos de Isaac y Rebeca. Porque un asunto es la gracia inmerecida que tuvo Jacob y otra cosa es la reprobación merecida de Esaú. Con este colofón lo que queda es el lavatorio en el lavamanos de Pilatos.

Pero la Escritura no se puede cambiar sin que sufra mutilación por la vía de la interpretación privada. Tal desastre acarrea destrucción para quien así lee o hace, ya que no podemos añadir o quitar ni una jota ni una tilde a la palabra revelada. La lógica del objetor nos devuelve la lógica del planteamiento objetado, que Dios pareciera injusto por haber condenado al pobre Esaú a vender su primogenitura, ya que ¿quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19). El relato mismo nos enseña que a pesar de que Jacob fue amado desde antes de que fuese concebido tuvo que luchar por su primogenitura. Asimismo, nuestra elección exige que creamos en el Hijo de Dios, que oigamos el verdadero evangelio de salvación, que nuestro entendimiento sea transformado por el Espíritu de Dios.

No hay tal cosa como una salvación sin los medios que Dios ha dejado para su propia gloria, la predicación del evangelio de la gloria de Cristo. Y esto se deriva de la pura lógica del Logos eterno e inmutable, que quien predestinó el fin también lo hizo con los medios. La providencia divina está al servicio del propósito eterno de lo que Dios se ha propuesto, y no hay nada malo en la gloria que implica que todas las cosas estén sujetas al Hijo. Y ese Cristo no podrá ser invocado si de él no han oído, por lo cual hay que predicarlo y  enviar mensajeros para tal fin.

Es verdad que todo el que invoque el nombre del Señor será salvo, pero también es cierto que no todos obedecen el evangelio que oyen. Porque es necesario que se escuche la palabra específica de Dios, que Él abra el corazón de quien oye para que entienda y pueda arrepentirse. La invocación de un falso Cristo no reditúa en la salvación sino en la ignorancia del alma. El que predica un falso evangelio, así como el que lo escucha y lo sigue, ambos son anatemas. Lo mismo se dijo de los fariseos que recorrían la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo dos veces digno del infierno de fuego: la primera razón de merecerlo es porque estaban lejos de la verdad, la segunda razón es porque lo que aprendían era una falsa doctrina.

Por esa causa es urgente que haya predicadores del verdadero evangelio de Jesucristo, ya que del falso abunda como la mala hierba extendida. La Biblia es muy clara al respecto y dice que no debemos decir bienvenido a quien no traiga la doctrina de Cristo o a quien no habite en ella. El que desobedece esta norma se expone a las plagas de la falsa enseñanza, un signo inequívoco de que se sigue al extraño y no al buen pastor. Con esa señal muestra que todavía no le ha amanecido Cristo, que no se está dando el buen fruto de la confesión del verdadero evangelio.

Cuando la Escritura dice que el que invoque el nombre del Señor será salvo, deja claro que hay un solo Señor. Pero con la multiplicación de los falsos Cristos y falsos maestros, así como de las falsas doctrinas, hay que tener mucho cuidado a cual Señor se invoca. Y esa es la razón por la cual se dice que no todos los que invocan obedecen el evangelio, por lo cual Isaías exclama diciendo: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? (Romanos 8:16).

El que es rebelde y contradictor a la buena enseñanza de la Biblia, oye pero no entiende y cae en la trampa del hueco donde también cae el ciego que lo guía. El que coloca el supuesto libre albedrío como una dualidad ante la soberanía de Dios, o como una necesidad de compatibilidad entre responsabilidad y libertad, está objetando a Dios como justo y como quien justifica al injusto. Objetar lo que la Escritura enseña implica colocar su propia justicia al lado de la justicia de Cristo, y eso para nada ayuda. Porque el supuesto libre albedrío no es otra cosa que un ardid para robar la gloria plena de Dios en la salvación, trasladando dicha gloria al hombre que decide, que comprende por mérito propio y da un paso al frente para ayudar a Dios en el proceso de salvación. Esta actitud ya fue denunciada en Romanos 10:1-4.

Dios puede salvar al hereje, como lo hizo con Saulo el perseguidor de la iglesia. Era un hombre religioso pero cautivado con la herejía del judaísmo, ajeno al conocimiento del evangelio. El oía pero no entendía, hasta que un día el Señor se le manifestó en el camino a Damasco. Fue entonces cuando pudo comprender quien era el verdadero Cristo, el Mesías anunciado. Después que hubo creído el conocimiento de Dios estuvo sobre él, de manera que nunca más siguió al extraño ni se dio a la interpretación privada de las Escrituras. Habiendo comprendido por la lectura de los textos sagrados, así como por especial revelación divina, escribió un párrafo que es por demás esclarecedor en cuanto al conocimiento del Señor: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas.  A él sea la gloria por los siglos. Amén. (Romanos 11:33-36).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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