Mi?rcoles, 01 de marzo de 2017

El significado básico del verbo conocer tiene que ver con percibir mediante los sentidos, como la vista, el tacto, el oído, entre otros. Por ejemplo, a obscuras se hace difícil el reconocimiento como le aconteció a Rut después de reposar a los pies de Booz; ella se levantó antes de que nadie pudiese conocer a otro (Rut 3:14), o bien uno puede reconocer a las personas por sus voces. Pero también tiene a veces la acepción de prestar atención a, así como la de reconocer por la vía de la percepción del intelecto.

No obstante, hay otras acepciones que indican saber por observación o por experiencia, así como por reflexión. El verbo hebreo yada (conocer) se ha usado para indicar cuando una persona ha oído o ha visto. Recordemos el momento en que se le dijo al hombre en el Edén que no comiera del fruto del conocimiento del bien y del mal, lo que apuntaba a la experiencia con el mal que quitaría la inocencia del alma humana. Conocer a Dios va mucho más allá de verlo o escucharlo en forma audible, implica el acto de tener comunión con el Creador, el cual es Espíritu invisible. Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos (Salmo 95:10).

Cuando Dios habla a través del profeta Amós, dice que solamente ha conocido al pueblo de Israel de entre todos los habitantes de la tierra (Amós 3:2). ¿Será que el Dios Omnisciente desconocía acerca de Egipto, así como del resto de la población del planeta de entonces? Ciertamente no, ya que en su carácter de Omnisciente conoce todas las cosas y a todas las personas; sin embargo, acá se habla del conocer como del tener comunión con, una acepción muy importante así como muy usada en la Biblia. Y Jehová le dijo a Jeremías que lo conocía a él desde antes que se formase en el vientre de su madre, y que lo había santificado y dado por profeta a las gentes desde antes de salir de la matriz (Jeremías 1:5). Pero no podemos decir que Jehová no conocía a Judas Iscariote desde antes de salir de la matriz, pues ya lo había destinado como hijo de perdición. No obstante, en el discurso bíblico se prefiere usar el verbo conocer para la relación de intimidad entre Dios y su pueblo, si bien el carácter omnisciente del Creador es visto como la facultad de conocer aún a los que están llenos de iniquidad. Por eso se dice que el Señor conoce a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), ya que los distingue de los que no son de Él.

No es sino a partir de Éxodo 6:3 que Dios se dio a conocer por su nombre, lo que por supuesto no hizo ni con Abraham, Isaac y Jacob, sino sólo a partir de Moisés. Si antes era el Dios del pacto con aquellos patriarcas, ahora su nombre público es Jehová, cuya raíz en hebreo significa el que hace todo posible. El acto de conocer a Dios proviene de la revelación específica, si bien su obra hecha habla del Omnipotente Creador al que las naciones deshonraron adorando a las criaturas antes que a quien las creó. Isaías declara que la mano de Jehová para con sus siervos será conocida, y se airará contra sus enemigos (Isaías 66:14). De manera que esa es otra muy particular forma de conocer al Señor, en la protección de sus siervos y en el juicio contra sus enemigos: Jehová fue conocido en el juicio que hizo; en la obra de sus manos fue enlazado el malo (Salmo 9:16).

El que llega a conocer a Dios es porque ha alcanzado un conocimiento práctico de Él y no solamente teórico. Conocerlo es temerlo, servirlo y confiar en Él (Isaías 43:10; 1 Reyes 8:43; 1 Crónicas 28:9).

El evangelio está escondido para los que se pierden, ya que el dios de este mundo les cegó el entendimiento a los incrédulos, de manera que el brillo natural del evangelio de la gloria de Cristo no les resplandezca. Ese Cristo es la imagen del Dios invisible, manifestado al mundo pero rechazado igualmente porque allí se prefieren las tinieblas debido a las obras malas. En tal sentido, todos los seres humanos están bajo la ira de Dios hasta el momento en que Él mismo llama a su pueblo para separarlo del mundo y glorificarlo junto con la redención. De allí que cobra mucho sentido lo que Jehová le dijera a Jeremías, que el que hubiere de alabarse lo hiciera en entenderlo y en conocerlo como Jehová, el que tiene misericordia (de quien quiere) y hace justicia y juicio en la tierra (Jeremías 9:24).

El llegar a conocer a Dios es un acto sobrenatural, porque la Escritura afirma que de las tinieblas brillará la luz, y es Dios quien mandó que de esa obscuridad resplandeciese en nuestros corazones la luz, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Este texto prueba que en ese acto sobrenatural del creer Dios manifiesta su gloria sobre el redimido, porque si el mundo perdido (incrédulo) tiene el entendimiento entenebrecido, el mundo salvado (el creyente) tiene el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo, el cual le ha sido dado por el Padre. Aquella iluminación del conocimiento les da a entender de inmediato que el sacrificio de Cristo en la cruz es la única garantía de salvación, que no hay posibilidad alguna de combinar nuestro esfuerzo con el de Jesucristo. Si su trabajo en la cruz fue culminado, perfeccionado (Consumado es), entonces no hay nada que añadir, mucho menos la voluntad de un muerto en delitos y pecados.

Acá hay un punto álgido en la teología del creyente, porque el dios de este siglo ha entenebrecido el entendimiento de los incrédulos, y entre ellos hay quienes intentan reunirse como redimidos con los que permanecen en la doctrina de Cristo. Pero el apóstol Juan advirtió a la iglesia que si alguno viene a nosotros sin tener la doctrina del Señor no hemos de darle la bienvenida. Y quien así hiciere está participando en sus malas obras, o lo que es lo mismo no le ha amanecido Cristo. ¿Es que puede haber aunque sea una sola persona regenerada o redimida que ignore el precepto del evangelio de Cristo? Eso sería un oxímoron, un contrasentido bárbaro, por cuanto el texto expuesto coloca la oposición entre los incrédulos, que tienen el entendimiento entenebrecido, y los creyentes, que son alumbrados con la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

Dios es el Dios justo que justifica al injusto, solamente en virtud de la justicia de Cristo. Pero pese a lo que la Biblia enseña hay quienes todavía se dan a la tarea de añadir su justicia a la de Cristo, como si fuere posible. Ese acto hostil contra la palabra revelada es un signo inequívoco de andar perdido sin luz en el mundo, de tener todavía el entendimiento entenebrecido. Los que así actúan suponen que lo que hace la diferencia entre salvación y condenación es el acto volitivo humano de dar un paso al frente, de levantar una mano o de repetir una oración de fe. Su fórmula es muy simple pero igualmente errada, emanada del pozo del abismo, que Cristo hizo su parte y que ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra; que Jesucristo murió por toda la humanidad y perdonó todos los pecados de ella (incluyendo el pecado de incredulidad, por supuesto) pero que depende de cada quien si se aplica o no ese perdón.

Desde luego, solo pensar de esa manera implica que se deshonra la gloria de Dios, la que Él se propuso desde antes de la fundación del mundo cuando tenía preparado al Cordero inmolado por su pueblo (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21). Y quien así concibe el evangelio permanece todavía en tinieblas, bajo el principado de Satanás, torciendo la Escritura para su propia perdición. El tal no ha sido regenerado y por lo tanto habla de lo que no conoce, por cuanto su entendimiento permanece a oscuras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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