Martes, 28 de febrero de 2017

Satanás se goza en decir algo distinto de lo que ha sido afirmado por el Creador del universo. Por esta vía llamaba mentiroso a Dios, cuando en el Edén sugería que el hombre sería semejante a una divinidad sin que tuviera que morir. Pero, además, aparte de que la serpiente le dijo a la mujer que no moriría, aseguró que sus ojos serían abiertos para conocer el bien y el mal. Vemos que el acercamiento del reptil fue teológico, al proponerle a Eva un planteamiento retórico: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? (Génesis 3:1). La retórica de Satanás implicaba pensar el mandato prohibitivo, para que la curiosidad se hiciera cargo de su violación.

El padre de la mentira llamaba mentiroso a Dios, por medio de sus palabras que sugerían que la orden con su castigo podía sortearse, que lo que el Creador no quería era que la humana raza llegase a ser como dioses con el conocimiento del bien y del mal. El desafío colocaba el premio de la serpiente frente a la amenaza de muerte del Creador, porque al ser como dioses serían inmortales (lo cual equivalía a sugerir que no se cumpliría la sanción adjunta al mandato divino).

El arte de manipular la verdad nace en el Génesis, con la serpiente astuta en representación de la Serpiente antigua, la cual se llama diablo o Satanás. La oferta de ser como dioses era muy amplia, equivalente al deseo sempiterno del príncipe de este mundo de ser semejante a Dios. Desde ese plano de semejanza con lo divino la inmortalidad sería el principal trofeo, lo cual negaría con la lógica satánica el castigo de la muerte. El resultado de la manipulación fue muy simple cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y agradable a los ojos, ya que tomó del árbol y comió. El atractivo físico le atrajo su interés y pudo mirar otras características, como que el árbol le pareció codiciable para alcanzar sabiduría.

La combinación entre hermosura y conocimiento doblegó el ánimo de la mujer, quien sucumbió a la tentación de llegar a ser divina. La serpiente intuía que Adán como marido sería presa fácil al valorar el atrevimiento de su mujer, quien, con osadía por lo desconocido y con su codicia por el conocimiento del bien y del mal, le ofrecería compartir la experiencia. Después de aquel planeamiento teológico todo se hizo historia conocida. El castigo del Creador sobrevino como la consecuencia prometida, pero la promesa de la serpiente también se cumplió, que ellos conocerían el bien y el mal. Y es que el diablo siempre trabaja con medias verdades, con los lados atractivos para el ojo y para el intelecto, haciéndonos miopes en cuanto al futuro.

La serpiente contradijo el castigo divino, insinuaba también que Dios no ejecutaría su amenaza. El resultado era simple, que ellos no tenían nada que temer sino que más bien recibirían conocimiento especial y dejarían de ser tan limitados si llegaban a percibir la diferencia entre el bien y el mal. Resulta evidente por el diálogo que Eva no tenía idea de lo que era el mal, de manera que la promesa de Satanás se cumplió en parte, al llegar a conocerlo. Pero la promesa del Creador se cumplió a cabalidad con la muerte espiritual, porque conocieron que estaban desnudos y sintieron la concupiscencia de su carne junto con el pecado de su alma.

La prohibición de Dios se refería nada menos que al árbol del conocimiento del bien y del mal, algo tan atractivo como el color del fruto que la serpiente prometía no haría daño. Al no tener la mujer  discernimiento suficiente para saber que allí había algo malo, fue tentada hacia la transgresión. Para Eva Dios no sería tan rígido ni tan severo, se trataba de querer ser semejante a Él en ese conocimiento. ¿Qué de malo tenía esa pequeña desobediencia, si Dios al conocer el bien y el mal seguía siendo Dios? Ah, pero el Creador hablaba de un conocer distinto al aspecto cognoscitivo, de la experiencia con el mal. Aunque el mandato encerraba la negativa del aprendizaje de la diferencia entre el bien y el mal, se advertía acerca de la consecuencia de llegar a experimentar el mal en su cuerpo y en su alma.

La Serpiente antigua trabajó tentando a Eva con verdades a medias. El atractivo para los ojos que representaba el fruto prohibido se conjugaba con la soberbia de la vida, el hecho de llegar a conocer lo que hasta ahora ignoraba. Y todavía hay quienes aseguran que lo que Eva hizo fue tener curiosidad por la ciencia, que gracias a ella el ser humano ha llegado a dominar la tierra. Pero eso no es lo que el Génesis enseña, ya que su desobediencia sumergió a la humanidad entera en el conocimiento del mal, pero por experiencia propia. Aquel árbol invitaba a conocer un poco más, a llevar la experiencia de vida un poco más lejos; de esta manera la serpiente hizo al hombre semejante a sus demonios, participante de sus males de espíritu. El acto de la desnudez los descubrió para vergüenza, como vergonzoso fue aquel primer pecado cometido contra el Creador. Buscaron hojas de higo para ocultarla, pero Dios les proveyó un mejor abrigo con pieles de animales, en clara prefiguración de lo que significaría el sacrificio de Su Hijo, preparado de antemano para la redención de un pueblo que levantaría de su creación ya caída.

Cuando Dios sentenció la enemistad entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer, se creaba el tipo del Cristo que vendría por vía de la mujer y el antitipo -anticristo- que provendría por medio de Satanás (Génesis 3:15). Los animales sacrificados no para comida sino para el uso de su piel, son un tipo de la semilla de la mujer prometida momentos antes, dándoles la primera lección a los primeros hombres acerca del que sufriría la muerte por los pecados de ellos. Siglos después, el apóstol Pedro escribiría que el Cordero de Dios estaba preparado antes de la caída de Adán, pero que sería manifestado en el tiempo que estaban viviendo.

Adán, nuestro primer padre, fue creado del polvo de la tierra, hecho a imagen de Dios. A esta criatura ordenó el Señor para que gobernara sobre el resto de la creación con responsabilidad en el área del cultivo y cuidado de la tierra. Pero de igual forma recibió el mandato particular que hubo de desobedecer, si bien de esa forma vendría la actuación del Hijo de Dios en beneficio de su pueblo. Cuando fue cuestionado por Dios, Adán le echó la culpa al Creador, tanto como a su mujer; al Creador por habérsela dado y a ella por haberlo seducido. Demostraba con ello que su pecado era tan vergonzoso de admitir que tuvo que derivar la culpa hacia otros.

Adán tenía razón metafísica al decirle a su Creador que Él le había dado esa compañía que le resultó perniciosa, pero no tuvo razón natural, ya que era tan responsable del pecado como su mujer. Como el resto de la raza humana, los actos cometidos son de entera responsabilidad del hombre, como era aquel primer pecado de Adán, más allá de que Dios hubiese planeado la caída misma para dar paso al desarrollo de su guión con la gloria del Hijo que redimiría al pueblo escogido.

El pecado de Adán trajo la consecuencia de la pérdida de la inocencia (el conocimiento del mal), la maldición sobre la serpiente, el incremento del dolor en la preñez de la mujer, el abuso del hombre sobre la hembra, el desequilibrio ecológico, el esfuerzo incómodo del trabajo y la muerte física de los seres humanos junto a la muerte espiritual. Esta muerte del espíritu se hace eterna en algunos, mientras en los redimidos es temporal hasta el momento de ser llamados de las tinieblas a la luz.

La muerte reinó desde Adán pero Dios tenía preparado al segundo Adán, a Jesucristo. Este era el cumplimiento de la redención ofrecida a Eva en el Génesis 3:15, por lo cual la Escritura compara al primero con el segundo Adán. El que fue formado del polvo de la tierra es llamado alma viviente, mientras Jesucristo es el espíritu vivificante (1 Corintios 15:45); si en Adán todos mueren, en Cristo viven todos los elegidos del Padre; si el primer Adán introdujo la muerte el segundo trae la vida: en Jesucristo abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios (Romanos 5:15).

De lo que se ha expuesto puede deducirse que Adán no tenía el poder de cumplir el mismo cometido que Jesucristo, que él no pudo no pecar. Si Adán no hubiese pecado, el Hijo de Dios no se habría manifestado con la gloria de la redención. No hay ningún misterio en la caída del primer hombre; por más que él haya sido el responsable histórico de su tropiezo, fue Dios quien tuvo todo planificado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Los que suponen que Adán tuvo igual posibilidad de no pecar, reflejan una perversa obsesión con la posibilidad de robarle al Hijo de Dios su propia gloria. Estos son los mismos que aseguran que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que la salvación definitiva del hombre depende de levantar la mano, de dar un paso al frente o de repetir una oración de fe. Quienes así piensan discurren sobre la gloria del hombre antes que la del Creador, y llaman mentiroso a Dios al torcer aunque sea en lo más mínimo las Escrituras. Eso mismo hizo la Serpiente antigua, llamada también diablo o Satanás, cuando le sugirió a Eva que ella sería como dios, que llegaría a la cumbre del conocimiento, que a fin de cuentas valía la pena torcer las palabras de Dios porque el castigo no le vendría como se había anunciado.

El diablo es el príncipe de este mundo, y todo lo que allí hay, los deseos de los ojos, los deseos de la carne y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del propio mundo (1 Juan 2:16).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:02
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