Viernes, 24 de febrero de 2017

Si Dios sometió el mundo a vanidad, lo hizo por causa de aquél que lo sujetó a esperanza. Una sujeción lleva a la otra, de manera que la vanidad está sujeta a Adán con su caída, empero la esperanza al segundo Adán, a Jesucristo. Dado que el Dios que todo lo hace posible (Jehová) hizo lo uno, también hizo lo otro; en virtud de este hacer divino Adán jamás pudo no caer, jamás pudo permanecer por siempre en su estado de inocencia. No se trata de que el primer hombre haya tenido la mitad de las posibilidades de caer o no caer, sino de que tenía irremisiblemente que pecar.

La misma Escritura lo confiesa, cuando Pedro argumenta que el Hijo de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo por causa de nosotros. Si Jesucristo ya estaba previsto como Salvador de su pueblo, entonces Adán tenía que pecar. Imaginemos por un momento si las posibilidades hubiesen estado equilibradas; en este caso hubiese existido la ocasión de no pecar, de vencer al tentador con su atractivo. Y si así hubiese ocurrido, el Hijo de Dios no hubiese podido venir a ser Redentor de nadie, demostrando el fracaso de su preparación.

Aquellos planes eternos no hubiesen sido inmutables si Adán no hubiese pecado. Por causa de la sobriedad del primer hombre nosotros le daríamos gracias a Dios por Adán que venció la tentación. Asimismo, el deshonor de Cristo habría sido exhibido por doquier, un Salvador que se quedó con los planes frustrados por culpa de la posibilidad aprovechada del primer hombre creado.  La gloria de Adán venciendo al tentador inhabilitaría la otra gloria del Hijo que jamás la obtendría en la cruz del calvario. La humanidad agradecería a su padre Adán antes que al Hijo de Dios, quien pasaría a admirar el trabajo eficaz del primer hombre sobre la tierra.

Por estas razones Adán tenía que pecar, de manera que no se equivocó Dios al inspirar la Escritura cuando dijo que sometió la creación a vanidad por causa de aquél que la sujetó a esperanza. Visto desde nuestro paradigma de espacio-tiempo, la historia de la humanidad caída nos muestra que Dios sujetó a vanidad su creación solamente después de la caída de Adán y Eva. Claro está, en un plano metafísico (que va más allá de la naturaleza inmediata de las cosas) está la voluntad suprema del Creador, quien con sus decretos ordenó todo cuanto existe. En ese sentido podemos decir que había estipulado la caída del hombre, llevando para Sí mismo la gloria del Hijo en la cruz. El plan de redención de su pueblo escogido está en el plano que escapa de esta historia, pero nosotros comprendemos la revelación de las Escrituras y lo que nos enseña.

La salvación se encuentra exclusivamente en Jesucristo, de acuerdo al propósito eterno de Dios (1 Pedro 1:20). Dios hizo la caída de Adán y su posteridad de una manera ciertísima, en consonancia con su orden eterno e inmutable y haciendo que ello aconteciera oportunamente. Y acá no hay misterio insondable, pues bien es cierto que lo que argumenta Pedro es inspirado por el Espíritu Santo; de esta manera ni el pecado, ni Satanás, ni la caída de Adán son cosas que acontecieron por generación espontánea, como si pudiesen ocurrir fuera de la independencia del Creador. ¿No dice la misma Escritura que Dios ha hecho al malo para el día malo? Porque nada malo ha acontecido, el cual Jehová no haya hecho (Proverbios 16:4 y Amós 3:6).

Pero si las criaturas fueron sujetas a vanidad, esto se causó para que por medio del Hijo la gloria fuese llevada a Dios. Pero dirán muchos que esto no es justo, por cuanto la vanidad ha sido ocasionada en toda la humanidad, en cambio, la esperanza ha sido proporcionada solamente para el pueblo elegido de Dios. Porque en este punto nadie puede objetar que Judas Iscariote no tuvo jamás sujeción a esperanza, por cuanto como hijo de perdición tenía que cumplirse la Escritura. De la misma manera, los numerosos vasos de ira hechos por el mismo Creador de la esperanza, han sido puestos de lado de la gracia divina.

Sin embargo, Dios sigue siendo justo por cuanto hace lo que quiere con lo que le pertenece. Desde esta perspectiva, la Escritura no da pie para que se oferte abiertamente el evangelio del reino sino sólo para que se predique. Tampoco tolera que se hable de una expiación universal, como si el reprobado pudiera llegar a creer por voluntad propia. Si usted cree, entonces la sangre de Cristo será suficiente para salvación, una clara expresión de lo torcida que se manifiesta la teología de millones de personas que dicen creer. En definitiva, la universalización de la expiación hace que la salvación devenga condicional, que el hombre (muerto en delitos y pecados) sea quien decida su propio destino.

ktisis (κτίσις) es el vocablo griego usado en la Biblia para referir a creación, formación, criatura, el cual es traducido a veces como ordenación e institución. Cuando la Escritura dice que nos sujetemos a toda institución o autoridad humana, está hablando de ktisis; esto en el sentido de sujetarse a la autoridad humana como reyes, gobernadores, etc., los cuales se consideran puestos por Dios. En el texto de Romanos, el cual nos ocupa, se está hablando de las cosas creadas, de las criaturas, pero también puede ser de la creación. Esta última acepción es mucho más general y engloba a todas las anteriores, puesto que todo ha sido creado por Dios. De esta forma no conviene separar las criaturas de la creación, como diciendo que las cosas creadas gimen esperando la manifestación gloriosa de los hijos de Dios, pero separando a la humanidad como si esta no gimiera.

Ciertamente, hay que atenerse al sentido general figurativo, ya que el impío por naturaleza no gime ansioso en espera de que los hijos de Dios se manifiesten en su gloria. Pero Pablo incluye a los creyentes en el verso 23 de Romanos 8, cuando afirma que no solo ellas (las criaturas) sino también nosotros gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Como vemos por este texto, hay dos grandes grupos al decir y nosotros también, lo cual sugiere que no hablaba en principio de nosotros pero luego nos incorpora en ese gemir.

Al parecer la naturaleza compuesta por las cosas creadas y las criaturas gime en espera del momento glorioso en que todo vuelva a ser subsanado como antes del pecado de Adán. No así los malos, que son como el tamo que arrebata el viento, ellos esperan el triunfo de su padre el diablo y a él sirven. Esta es una de las razones por las cuales Dios permanece airado todos los días contra el impío, de tal forma que éstos no aguardan la manifestación de la gloria divina en nosotros. Cuánto dolor no padecen los animales por causa del pecado del hombre, en razón del maltrato que los gobierna. Dice la Escritura que el justo cuida de la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel (Proverbios 12:10).

La creación entera (la tierra y sus habitantes, animales y plantas) cayó en maldición por causa del pecado de Adán; pero esta maldición será removida cuando Cristo restaure todas las cosas y el pecado ya no sea más. Recordemos que habrá unos cielos y una tierra nueva, y las cosas viejas ya no estarán más. Dolor y desorden provoca el gemir de las criaturas, como cuando van al matadero. Cada una de ellas está en un estado de servidumbre, maltrato, vanidad y todas van a la muerte, como también lo estamos nosotros aún a pesar de nuestra redención, porque todavía no hemos sido librados de nuestro cuerpo de muerte.

Aún la iglesia de Cristo transita con imperfecciones, gobernada por este principio universal de dolor que la hace gemir. No nos hemos de sorprender que también nos acontece el lamento mientras esperamos la redención final, pero tenemos la esperanza que no avergüenza. En cambio, el reprobado, el vaso de ira creado para el día de la ira, jamás ha sido sujetado a la esperanza de los hijos de Dios. Los réprobos en cuanto a fe pueden gemir, más no por la manifestación de nuestra gloria sino por causa de la conciencia de andar sin Dios en el mundo. Y los que parecieran inconscientes intuyen que los aguarda una incertidumbre suprema cuando abandonen este mundo. Empero existen también dentro de ellos los que de manera más inconsciente persisten en su maldad, como si para ellos no hubiese jamás ningún castigo ni ningún Dios que los juzgue. De ellos habla también la Biblia cuando afirma que Dios los ha puesto en desfiladeros y los hará caer en asolamientos (Salmo 73:18).

Se nos ha garantizado la preservación hasta el final, por lo cual se nos pide perseverancia. Fue el Señor quien dijo que ninguno de los que le habían sido dados serían arrebatados ni de sus manos ni de las manos del Padre.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:29
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios