Lunes, 20 de febrero de 2017

El texto de Juan 1:12 señala que los que recibieron a Jesús son los mismos que creen en su nombre. Desde esta perspectiva podemos inferir que el que recibe a Cristo en su vida cree en él y todo el que ha creído en él lo ha recibido. Una relación simbiótica, irreversible, inexpugnable, ya que no hay disolución posible entre el recibir al Señor y el creer en él; inevitable resulta la conjunción entre estas dos acciones verbales, recibir y creer, como imposible resulta deslindar la fe que subyace en esta doble actividad.

No es de todos la fe, empero ésta es un don de Dios (2 Tesalonicenses 3:2 y Efesios 2:8).  Con estos otros versos de la Biblia, el creyente puede estar seguro de que él ha sido especialmente socorrido. Si la fe no es de todas las personas, quiere decir que quien la tenga posee un objeto de valor muy particular. Si ella es un regalo de Dios, entonces no puede jactarse nunca de poseer aquello por lo cual no ha luchado sino que le ha venido como una dádiva del cielo.

Vemos que el regalo de la fe se presenta como un elemento relacionado con el acto de recibir a Cristo. Y si el hombre por naturaleza es enemigo de Dios no puede una persona que alterca con el Creador recibir a Su Hijo. Pero uno puede preguntarse todavía acerca del motivo por el cual se nos dio como obsequio la fe, encontrando que éste subyace en la voluntad absoluta del Dios Omnipotente.

Lo que Dios da a unos no lo da a otros, de manera que no hay universalidad en los regalos divinos. Más bien hay particularidad, pero el motivo yace siempre en el Dador de toda dádiva, de todo don perfecto. A Judas Iscariote le fue negado lo que se le dio a Pedro, su compañero en el trabajo ministerial de unos pocos años. A Esaú no le dieron lo que le fue dado con creces a Jacob, su hermano menor gemelo. Lo que estuvo en juego en estas personas no es nada menos que la vida eterna, la cual comienza en esta tierra. Sin embargo, cualquiera que desconozca el mensaje del evangelio puede altercar con Dios hasta preguntarse si hay alguna injusticia en Él.

Lo que hace Dios es de su absoluta soberanía, sin que tenga que dar cuentas ante nadie. ¿Ante quién responde el Omnipotente? ¿No le es lícito hacer lo que quiera con lo que le pertenece? ¿De su boca no sale lo bueno y lo malo? ¿Quién es el que dice que ocurrió algo que el Señor no mandó? Acá está la riqueza de la sabiduría divina, la profundidad de sus inescrutables pensamientos, del que hace todo lo que quiere sin tener quien le aconseje.

Uno puede pasar por la vida rodeado de gente entrenada para la piedad, de los que ejercitándose en ella guardan la apariencia de hombres justos, pero al rodar el tiempo podría uno sorprenderse con la multiplicidad de herejías que se guardan en el cajón de sus buenas obras. Hay quienes se afanan por sacrificar a un dios que no puede salvar, por darle forma a esa construcción mental que brota del imaginario colectivo. A muchos les encanta leer la Biblia, para ver si allí encuentran la respuesta del dios que imaginan. Como no consiguen un solo texto que les dé complacencia para tal fin, se dedican a los retazos, a cortar y pegar, a ensamblar con textos fuera del contexto hasta satisfacer su ansiedad. De esta manera construyen su anhelado becerro de oro.

De este tipo de gente la Escritura anuncia que no recibieron el amor de la verdad (2 Tesalonicenses 2:10). Uno podría preguntarse la razón por la cual no recibieron este amor y no puede menos que concluir que fue porque no se lo dieron. Es cierto que la luz vino al mundo pero los hombres amaron más las tinieblas porque sus obran eran malas; es verdad que muchos son llamados pero pocos son escogidos. También es cierto que todo destino humano fue decidido desde antes de la fundación del mundo, de manera que no hay otra razón que escrutar sino el designio divino en relación con los guiones que los hombres deben seguir.

De nuevo asalta en el viejo hombre (o en la naturaleza caída) la antigua pregunta que viaja a través de los siglos, inquiriendo si hay injusticia en Dios. A Esaú no le quedó otra cosa por hacer sino vender su primogenitura (aún lo que tiene le será quitado) ante el bendecido Jacob. Poco importa que con trampa su hermano menor haya alcanzado el premio mayor, ya había estado todo escrito acerca de él (Romanos 9: 11-12). No los hijos de la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos de la promesa, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese (no por las obras sino por el que llama).

La soberanía absoluta de Dios no encaja en ninguno de los retazos formados por los hombres con apariencia de piedad. Al contrario, ella viene a ser la contrapartida, la razón por la cual aparece el evangelio extraño, el objetor que sutilmente intenta menoscabar la integridad divina. Si Dios no se hubiese presentado como absolutamente soberano, tal vez la humanidad caída hubiese dado aplausos a su mensaje. Pero como la presencia del Omnipotente implica la disminución absoluta de la criatura, el mal llamado libre albedrío (libero arbitrio) se desvanece. Para evitar semejante minimización, el ser humano reclama antropología, humanismo, la ubicación del hombre como medida de todas las cosas. Y desde esa perspectiva la locura humana ha delirado tanto que ha forzado a que su imaginación le dé forma a una divinidad con semejanza humana.

Es el dios de los griegos paganos que generaban atributos humanos en lo que ellos concebían como divino; por este camino hicieron tantos dioses como tantas pasiones aparecían. Dentro del evangelio anatema hay quienes pretenden dar forma y figura a un ser que se adapte a las pasiones de la teología, que disfrace por momentos la omnipotencia absoluta de Dios al cual cubren con el manto del humanismo.

La pasión teológica de algunos (y no de pocos) llega a aceptar la soberanía de Dios en tanto un atributo desmontable. Esto es, hay quienes sostienen que Dios en el más alto ejercicio de su soberanía se despoja de ella para dejar en el hombre la libertad suprema de decidir su destino. La pretensión de esa teología supone que Dios queda intacto en su ejercicio soberano, pero que de esta forma también queda intacto el ejercicio del libre albedrío humano. Vaya sutileza forjada en la más oscura profundidad abismal.

Pero la Escritura no puede ser silenciada a pesar de la mordaza, ella grita a voces que Dios tiene misericordia de quien quiere, que se compadece de quien desea compadecerse; pero que igualmente resalta su contrapartida, al endurecer a quien quiere endurecer. En otros términos, Dios reclama para Sí el derecho de hacer vasos de ira y el de hacer vasos de misericordia, todo realizado de la misma masa que Él ha creado. No hay otro agente externo a Él para que esto ocurra, ni siquiera las obras malas de los hombres ni mucho menos las buenas obras que hubiesen hecho.

Y esa misma Escritura resalta en que no hay injusticia en Dios, en ninguna manera. Algunas personas pueden tener afecto por ciertos relatos de la Biblia, pero rechazan simultáneamente la verdad de la soberanía de Dios. Estos son aquellos que no tienen amor por la verdad, a los cuales Dios les envía un poder engañoso para que crean la mentira (2 Tesalonicenses 2:11-12). El verdadero amor por la verdad del evangelio implica una verdadera fe en Jesucristo y su evangelio, de tal forma que allí hay salvación.

Otra característica de los que no reciben la verdad es su deleite por la injusticia. Si Jesucristo es la justicia de Dios, natural es que los que no tienen tal justicia posean solo injusticia, asunto que aman. Estos detienen injustamente la verdad, oponiéndose a ella, pregonando la mentira de un evangelio diferente, extraño, para lo cual parecen haber sido destinados. Porque a no ser que les ocurra el milagro del llamamiento eficaz, seguirán con comezón de oír pero aglutinándose en torno a quien les predique de acuerdo a las fábulas del mundo. Su fábula favorita es el cuento del libre albedrío, al que no renuncian y del cual se aferran, para justificarse a sí mismos en base a sus buenas obras, las cuales incluyen también la fe que dicen poseer.

Los que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18) son los mismos que profesan ser sabios (Romanos 1:22). En su arrogancia se llaman ellos mismos filósofos (amantes de la sabiduría), como los hubo en abundancia en la antigua Grecia. Estos hombres sabios cubrían su vanidad e iniquidad bajo preceptos morales particulares, satisfechos de haber alcanzado por cuenta propia cierto acercamiento a la doctrina del Ser. Pero no se dieron cuenta de que Dios había enloquecido su sabiduría, dejándolos en su arrogancia y su ampulosa pretensión de sapiencia.

Finalmente, los que reciben la verdad son los que pueden darse cuenta del gran amor de Dios al llamarlos hijos. Ellos saben que no tienen derecho legal alguno fundamentado en ellos mismos, sino que recibieron un llamado de pura gracia por medio de la adopción. Dios amó de tal manera al mundo que envió a su Hijo para que aquellos que le reciban (que no serán otros sino su pueblo, sus amigos, su iglesia) tengan vida eterna. Sabemos también que en principio éramos igualmente hijos de la ira, lo mismo que los demás, pero ahora somos coherederos de la vida eterna. Por esta razón el mundo no nos conoce, por cuanto no ha conocido al Hijo.

El dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio. Los naturales del mundo se ocupan solo del mundo, de sus deleites y vanidades, resistiendo con injusticia la verdad que se proclama de las páginas de la Biblia. En razón de su odio, su príncipe persiguió al Hijo que nos había sido dado, aunque lo hizo sin éxito. El nombre de aquel niño prometido es Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán término, por cuanto el celo de Jehová de los ejércitos haría esto (Isaías 9:6-7).

El que recibe la verdad viene a ser verdaderamente libre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:27
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